Nuevo Amanecer

El último gol


Con ese sugerente título --que más que a un deporte pertenece a una pasión-- el escritor hondureño Galel Hernández nos entrega quizá la primera novela centroamericana cuya trama se teje, entreteje, despabila y culmina teniendo al fútbol y a sus aficionados como referentes omnipresentes desde la primera hasta la última página. El argumento es sencillo: la afición nacional se prepara para presenciar el esperado encuentro internacional que pondrá al vencedor en las puertas del Campeonato Mundial, expectativa que no sólo moviliza a los aficionados, sino que altera y agita la vida nacional en su conjunto, tanto que el jefe de las Fuerzas Armadas declara tener todo bajo control, y el presidente de la nación insta a sus conciudadanos a confiar en el coraje de sus paisanos, como si de una guerra se tratara.
Y no exagero al afirmar lo bélico, pues esta pasión ha sido tan arrolladora que fue señalada como causa de la guerra entre Honduras y El Salvador (14-18 de julio de 1969) y conocida en nuestra historia contemporánea, precisamente como “la guerra del fútbol”. El pretexto para iniciar esta guerrita fueron los incidentes derivados de un partido de fútbol que enfrentó a las selecciones nacionales de ambos países, en las eliminatorias del Mundial de Fútbol de México 70. La verdad era otra: la situación social en esos países era explosiva y los militares gobernantes buscaban salidas convenientes para los grupos del poder político de cada país.
Regresemos a la novela: Joel, Héctor y Chepe Chú --compañeros de trabajo y 1000% fanáticos del fútbol-- se van al estadio y participan del ritual que en nuestros países precede a cada juego, más apasionado si es internacional, pues la multitud llega convencida por la influencia mediática que en el rectángulo estará en juego el orgullo de la raza, la identidad nacional, los valores patrios, la religión católica y hasta la honra de una hermana. En esos momentos el fútbol es un dios, que relega cualquier cosa a planos inferiores. Cuando a mitad del primer tiempo el marcador va en contra, Joel avizora que se perderá el juego. Desconsolado saca un revólver y se mete un balazo en la cabeza, suicidio que afectará para siempre a los amigos, a la viuda y generará un nuevo culto al fútbol en su país.
Eso tampoco es raro, ni exagerado. En 1950 era muy probable que Brasil ganara su primer trofeo mundial en el estadio Maracaná ante 200,000 personas frente a Uruguay. Después de ir ganando los del “jogo” bonito, los uruguayos revirtieron el marcador y ganaron 2-1. Para Brasil y los brasileños esa derrota es aún su peor tragedia nacional. Se cancelaron los festejos; mucha gente se suicidó y desde entonces, hasta en el idioma la voz maracanazo, quedó establecida como expresión de derrota o desastre imprevisto.
Las pasiones del fútbol también las vimos y las vivimos en Diriamba, en aquellas tardes de oro cuando el pueblo quedaba vacío, pues su gente, convertida en barra brava, se había instalado en el engramado del Instituto Pedagógico, y se enardecía cuando los uniformes blanquinegros del Diriangén y los rojoamarillos del Santa Cecilia salían a la cancha, ambos clubes del mismo pueblo, integrados por sus mismos hijos: Omar y Peché Jirón, Catarrito, Chico Mambo, Julio Rocha, Davichini, Camarón Gutiérrez, Bazooka Huete, Carita Barrera, Joaquín, René y Maly Rivas, Gerardo Barrios --El Vochi-- y tantos consagrados.
Y cuando el Diriangén era campeón desfilábamos por las calles como si fuera septiembre, bailando con las zarabandas de los chicheros, y mostrándole al pueblo el trofeo, que más tarde los jugadores pondrían a los pies de San Sebastián, patrono de la ciudad, reeditando las fiestas de enero sin importar tampoco el mes en que estuviéramos, porque para eso éramos campeones.
Con seguridad, esta novela tendrá excelente aceptación en Honduras y en cualquier país centroamericano, cuya gente ama, vive y sufre la pasión del fútbol.

Managua, abril 24, 2007
Urtecho2002@yahoo.com