Nuevo Amanecer

SARAMAGO Y SUS PEQUEÑAS MEMORIAS

“Déjate llevar por el niño que fuiste”. Libro de los Consejos.

De los escritores vivos galardonados con el Nobel de Literatura, entre los que se cuenta el dramaturgo británico Harold Pinter (Nobel 2005), el novelista alemán Günter Grass (Nobel 1999), el otro dramaturgo italiano de un afilado humor, Darío Fo (Nobel 1997), y el único sobreviviente de nuestra lengua que cumple 80 años de edad, el colombiano Gabriel García Márquez (Nobel 1982), maestro de los “Cien años de soledad” en el Macondo en donde se guardan todos los recuerdos y florecen las mariposas amarillas, guardo, además de a él, un especial aprecio a la obra del portugués José Saramago (1922), quien en sus lúcidos y frondosos 84 años, continúa deleitándonos con nuevas obras de una sorprendente y sensitiva creatividad, en medio de sus atinentes comentarios de quien se evidencia aún lleno de inquietudes.
Su último libro recoge sus recuerdos, como en su momento también escribieron los propios, en un escrito voluminoso y tan esperado García Márquez (“Vivir para contarla”, 2002) y en uno muy poético, Pablo Neruda (“Confieso que he vivido”, 1972), ha sido titulado “Las pequeñas memorias” (2006), después de haber pensado nombrarlo “El libro de las tentaciones”, a partir de “los monstruos de la mente y las sublimidades que produce, la lujuria y las pesadillas, todos los deseos ocultos y todos los pecados manifiestos”, de las que tanto se asusta San Antonio, aquellas que comenzaron pequeñas y fueron creciendo con el tiempo, por eso finalmente pensó que era apropiado llamarlas “las memorias pequeñas de cuando fui pequeño.”
Vino al mundo, dice, en una aldea pobre y rústica que le dicen Azinhaga (del árabe as-zinaik: calle estrecha) de la que no queda nada de su veteranía (siglo XIII), sólo el río Almonda que lleva sus aguas al Tajo. Reconoce que el paisaje de hoy, que no es más que “un estado del alma”, no es el suyo, se fueron los viejos olivos,…: “El niño que fui no vio el paisaje tal como el adulto en que se convirtió estaría tentado en imaginarlo desde su altura de hombre”. En la casa pobrísima de sus abuelos maternos, que eran analfabetos, “se generaron la metamorfosis decisivas de niño a adolescente”. Del abuelo, escribe: “arrastra consigo setenta años de vida difícil, de privaciones e ignorancia. Y no obstante es un hombre sabio, callado, que sólo abre la boca para decir lo indispensable”. Más adelante afirma: “Es un hombre como tantos otros en esta tierra, en este mundo, tal vez un Einstein aplastado bajo una montaña de imposibles, un filosofo, un gran escritor analfabeta”. De su abuela, en la serenidad de sus noventa recuerda la frase que dijo: “El mundo es tan bonito y yo tengo tanta pena en morir”.
Reconoce su temor a los perros, aunque siempre en todas sus novelas hay un perro que ronda entre los personajes de la ficción, desde aquel pánico desatado a los siete años donde tuvo que correr de un animal que lo perseguía; después siempre pensó lo estaría esperando para lanzarse contra él.
Saramago, su apellido no es de origen paterno, es el apodo con que fue conocida la familia en la aldea. Su origen, fue Silvino, funcionario del registro civil, que el día que el padre lo fue a inscribir estaba borracho y decidió añadir por su cuenta y riesgo, al nombre de José de Sousa, el de Saramago. De este hecho sólo se dieron cuenta siete años después cuando fue necesario el certificado para la matricula de primaria, debido a las complicaciones que ello conllevaba, finalmente el padre terminó de asumir el nombre del hijo.
Fue registrado su nacimiento el 18 de noviembre de 1922, dos días después de su fecha real, para evitar el pago de la multa al inscribirlo retrasadamente, ya que su padre, quien era agente de policía, estaba fuera de la aldea, así que sospecha que: “moriré dos días más viejo, pero espero que la diferencia no se note mucho”.
Reconoce haber tenido pocos estudios, fue destacado en los primeros años de primaria, aprendió a leer con avidez aunque tuvo acceso a muy pocos libros. Pudo leer en esa escasez a Emile Richebourg con historias de la literatura francesa, a Moliére, una guía de conversaciones portugués-francés, los periódicos y suplementos que su padre recogía por allí porque no cree haya tenido dinero para comprarlo ya que su madre empeñaba hasta las frazadas una vez terminado el invierno. Fue matriculado en la Escuela Industrial donde aprendió mecánica. Cuando iba por los dieciocho años, escribió su primera composición poética para ser pintada en un plato pequeño con forma de corazón para una muchacha que comenzaba a pretender: “Cautela, que nadie te oiga / el secreto que te digo: / te doy un corazón de loza / porque el mío va contigo”.
Recuerda a Francisco su hermano mayor quien murió cuando apenas cumplía cuatro años, sus vecinos y amigos, sus parientes, compañeros y noviazgos curiosos y traviesos. En la búsqueda de los registros sobre la muerte de su hermano, se inspiró para escribir “Todos los nombres” (1997), en ese laberinto de registros civiles imposibles donde nunca pudo encontrar nada, hasta que unos amigos le consiguieron el documento que buscaba. Cuenta sobre sus temores, inquietudes, decepciones, esperanzas y fantasmas. A su padre, quien pasó de ser un “vulgar labrador” a agente de policía y le gustaba la “intimidad de la taberna”, y su madre sufriendo “los malos tratos frecuentes de un marido que había perdido el norte con las alegrías eróticas de la metrópolis lisboeta”.
En una excursión a Mafra conoció el lugar donde cincuenta años después se decidiría su futuro como escritor cuando escribió “Memorial del convento” (1982). En mi visita a Portugal(2002), no dudé en tomar un bus de Lisboa - Mafra, un recorrido de unos 45 minutos, caminar y sentarme enfrente de la plaza para contemplar al que fuera un majestuoso convento, que aloja hoy oficinas municipales, museo, oficinas del ejército portugués y al lado, una iglesia con su ahora reducido monasterio, jardines y un zoológico. Ver aquello y recordar la ficción que reconstruyó Saramago es impresionante, me parece ver y escuchar a los miles de obreros cayendo, levantando y acarreando piedras para cumplir la promesa del rey de construir el más majestuoso de los monasterio (más de 300 habitaciones), a costa de lo que fuera, para los frailes franciscanos, a fin de que la reina le diera un heredero.
“pienso que las llamadas falsas memorias no existen, que la diferencia entre estas y las que consideramos ciertas y seguras se limita a una simple cuestión de confianza, la confianza que en cada situación tengamos en esa incorregible vaguedad de lo que llamamos certeza”.