Nuevo Amanecer

«Nulla aesthetica sine ethica. Ergo, apaga y vámonos»


La famosa frase con que inicio esta reseña, se le atribuye a Valverde, quien la escribió en la pizarra a modo de despedida, cuando en 1965 su compromiso político lo llevó a renunciar a su cátedra universitaria, en solidaridad con los profesores Tierno Galván, Aranguren y García Calvo, expulsados de la universidad de Madrid. Su traducción sería “No hay estética sin ética. Luego apaga y vámonos”
Familiares, amigos, compañeros de viaje, alumnos aventajados, seguidores incondicionales, muchos son los que se unieron para honrar al poeta y maestro en el décimo aniversario de su muerte. Lo hicieron con una exposición, la cual plasmaron en esta obra donde se muestra su gran aporte a la literatura y su faceta más humana. NAC el 3 de junio del 2006 dedicó sendas páginas a José María Valverde y hoy seguimos rindiendo homenaje a este insigne poeta, maestros de maestros.
En ‘Palabras para una exposición’ de Francisco Muñoz Ramírez, Consejero de Cultura de la Junta de Extremadura nos comenta: “Es verdad que, como tantos extremeños, Valverde no vivió mucho tiempo en su tierra natal. No fue el suyo, sin embargo, un típico caso de emigración. Sabemos que por ser días transcurridos en la infancia, siempre permanecieron en su memoria. Esto, que a cualquier persona le puede marcar la existencia, en su caso la señala aún más pues no en vano él se consideraba, ante todo, poeta y para cualquier poeta, como para cualquier escritor o artis­ta, la infancia es un periodo decisivo.
Extremadura ha apostado decididamente por la lectura como modelo de desarrollo socioeconómico y cultural, algo que nos va a permitir, a la vuelta de unos años, contar con una ciudadanía más culta, más crítica y, sobre todo, más feliz y democrática. A José María Valverde, uno de los referentes intelectuales de la nueva Extremadura, le hubiera gustado, a buen seguro, conocer esa realidad más a fondo. Es cierto que llegó a atisbarla en sus últimas visitas, pocos años antes de su inesperada muerte.
Él representa lo mejor del extremeño: su universalidad. No fue Valverde (como no solemos seda los nacidos en Extremadura) alguien demasiado preocupado por contemplar su propio ombligo (el de su tierra natal o el de su tierra adoptiva, a la que tanto quiso) sino, al revés, gente emprendedora que no renuncia a conquistar, si es preciso, el mundo”.
Luis Izquierdo hablando ‘De un amigo otro’ afirma que: “En la poesía de J. M. Valverde se sucede y acentúa en tono de un discurso que se sincera, dando paso a voces alternativas desde la tensión personal conflictiva. El poeta asiste a su propio tea­tro mental. La conciencia de que sincerarse es pretenderlo -pues las palabras todavía, y hasta cuándo, no son hechos- marcha pa­ralela a unas luces cuyo progreso ofusca o recrudece las sombras del devastado anfiteatro que el periódico o la televisión transmi­ten. De la común desventura humana, sólo llegan fragmentos. Y los poderes que la infligen imponen su reducción al solo lengua­je de sus economías”.
álvaro Valverde expresa: “Que José María Valverde Pacheco naciera en una localidad de Extremadura fronteriza con Portugal, Valencia de Alcántara, es un asunto azaroso -nadie elige su pueblo natal-, pero también insoslayable. Sin querer entrar en detalles, se da por hecho que la relación del profesor, traductor y poeta con su región de origen no fue fácil ni fluida. Salvo los dos meses largos que pasó allí en 1935 (que evoca con alegría en una larga conversación con Efi Cu­bero) sus visitas fueron breves y esporádicas. Eso cambió radical­mente en los últimos años de su vida cuando regresó allí y, a buen seguro, comprobó que nada era igual que muchos años an­tes. Tras la llegada de la democracia, una vez aprobada la Consti­tución de 1978, y, más adelante, en 1983, con la aprobación del Estatuto de Autonomía, Extremadura iniciaba una andadura que, entre otras muchas cosas, suponía una apuesta decidida por su resurgimiento y normalización cultural. Y ahí, en ese contexto, cuando una nueva generación de escritores extremeños aportaba inéditos aires de rigor y modernidad a una literatura que se que­ría y se sabía sólo parte -pero parte- de la escrita en español, no podía faltar la figura de José María Valverde, un extremeño que, como tantos, había vivido fuera de su tierra. Desde ese momento se hace explícito un vínculo que ya existía para muchos lectores y escritores extremeños que habían frecuentado sus poemas, sus traducciones y sus ensayos y que le admiraban”.
Dawn Smith, Profesora emérita de Filología Hispánica en Trent University, Peterborough: “José María llegó con su familia a vivir en la remota ciudad de Peterborough en un momento difícil de su vida. Se instalaron “en la última casa de la última calle del último pueblo, frente al polo norte” (tal como lo recuerda en un poema suyo). Afrontó esos du­ros años de exilio con dignidad y se integró a su nueva vida de profesor en una pequeña universidad canadiense con estoicismo, impartiendo cursos de literatura española a estudiantes de escasa formación en la cultura hispánica. Para algunos, sin duda, el en­cuentro con José María fue inolvidable y también lo fue para los colegas que tuvieron el privilegio de colaborar con él a lo largo de los seis años que se quedó en Peterborough.
Además de ser un colega dedicado y comprensivo, José María fue ante todo un buen amigo. Con su exquisita sensibilidad, su generosa inteligencia, su fina ironía, su compromiso intelectual, nos iluminaba a todos y nos ha dejado una huella imborrable.
Fue un privilegio conocerle y acompañarle, a él y a su familia, durante esos años que formaron parte de su estancia en Canadá”.
Lletra Petita, la revista literaria, se sumó también a este homenaje y recogió en sus páginas testimonios de quienes lo conocieron de cerca, como José Manuel Bermuda, Rafael Aguilar, David Medina, Luis Izquierdo, Francisco Fernández.