Nuevo Amanecer

LA BALSA DE PIEDRA (1986)


JOSÉ SARAMAGO (Azinhaga, Portugal. 1922)

Si te dicen que una novela es la historia que desarrolla una tesis, no la leas. Claro que eso mismo pensaba yo hasta leer La Balsa de Piedra. Pero es que las novelas tesis, que ya parten de una idea sociológica, filosófica, psicológica o de cualquier tipo, por lo general, aburren mucho, y la historia (el argumento y lo que le sucede a los personajes cuando los hay) no es más que una mera excusa que no sostiene la mirada del lector, porque lo que se dice en trescientas o cuatrocientas páginas se podría decir en una frase. Si Sartre o la Beauvoir levantaran la cabeza me daría con sus novelas filosóficas en la mía. Camus era otra cosa.
No creo que el Internet pueda llegar a ser el asesino de la novela. La novela ya ha sobrevivido a batallas aún peores, como la que sostuvieron en el siglo XVIII el ensayo y la novela tesis. Ya en plenos siglo XX, la crítica fundada en el Estructuralismo que aún hoy tiene su resonancia en las aulas de la Universidad, por el instrumento no del todo desechable que aporta esa corriente para el análisis de la novela, trató de herir de muerte a este género literario. No pretendía convertir esto en una crítica de la crítica, pero las letras al final van un poco por donde quieren. Y a esto sí realmente quería referirme. Es decir, que en Literatura, como en otras artes y disciplinas, debemos asumir lo imposible de enseñar o de mostrar si no es con la intuición y con el libre espíritu. Pero, ¿qué es un espíritu libre?, ¿acaso uno que ya esté ampliamente formado? Yo no tengo la menor idea.
Pero pongamos un ejemplo: El Quijote, ni más ni menos. Si a ustedes les dicen que Cervantes primeramente concibió la idea de escribir una larga historia que sirviera de diatriba contra los libros de caballería y anunciar así su fin, ah, y de paso inaugurar una nueva forma de hacer novela, no sé qué harían, pero yo por lo menos, no pasaría del primer párrafo y coincidiría con el autor en no querer acordarme de nada. ¿Se imaginan? Semejante historia para una idea tan sencilla.
Puede que un buen golpe al Estructuralismo se lo diera el mismo Umberto Eco. El autor de El Nombre de la Rosa escribió su Obra Abierta, un ensayo en el que defiende la libre interpretación y múltiple lectura de un mismo texto donde pueden caber mil formas de interpretarlo, tantas como el lector quiera deducir. La rosa del Principito para algunos era una metáfora y para él valía el amor que le había puesto. Pongo otro ejemplo que al menos a mí me sirve. Piensen en una canción, la que quieran, una de Silvio Rodríguez, por ejemplo, o sin tantas complicaciones (porque a Silvio a veces yo creo que ni él mismo se entiende) una de Michael Jackson o de Christian Castro, la que ustedes quieran. Repasen su letra, sin música. Probablemente encontrarán que la letra sin la música que le acompaña pierde mucho poder. Normalmente a las letras de las canciones les falta el ángel de la música. Ahora vuelvan a acompañarla con la música. Ahora sí. Seguro que es una canción de amor o desamor hacia alguien, hacia algo, y a ustedes, por alguna razón les recuerda ese alguien o ese algo, o le dan la interpretación que les dé la gana. Tengo una prima muy querida que es monja y que aprovecha las canciones más románticas de Chayanne para decírselas a Dios. Bueno, ahora no recuerdo si es Chayanne. El caso es que ella presta las letras y la música y bien le sirva para la expresión de su amor.
Algo así pasa con la Literatura. Duden, siempre duden, de la lectura de los críticos y de los entendidos y mucho más de la mía, que no soy ni una cosa ni la otra. Cada historia está escrita para que cada uno la redescubra. Sobre el Quijote, por volver al mismo ejemplo, unos creyeron que se trataba de una diatriba contra los libros de caballería, y otros, a los que me apunto, leyeron la historia más hermosa sobre la libertad del hombre (me remito a la historia de los encadenados, a la de la descripción de Dulcinea por Don Quijote, a la de la Segunda Parte entera, y a tantas otras).
La novela no puede existir sin una buena historia. De lo contrario fracasa. Porque si sólo fuera la explicación de una idea, mejor sería decir en dos líneas la idea y no aburrir al lector con una historia insufrible. Precisamente, como he dicho alguna vez, la novela, como la Literatura, está para contar aquello que no se puede decir de otra manera. Y antes de que no me quede página, vuelvo a invitarles a leer la Balsa de Piedra, no sin antes defender la presencia de Saramago en estas páginas, que aún no siendo un autor ni latinoamericano ni español, no dudo de que tanto en Latinoamérica como en España se le considera propio. Él escribe en portugués y su esposa, una andaluza, le traduce al español, pero ya escribe para un mundo de lectores de ambas lenguas en ambas orillas. Además, vive en Lanzarote, una isla de las Canarias que, precisamente, le sirve muy bien de ambiente para esta novela: La Balsa de Piedra.
Desde el inicio, si es que acaso uno lee la contraportada o alguna crítica, sabemos que la historia nos lleva a la fantasía en la que la península ibérica y sus dos países, España y Portugal, sufren una rotura en la parte de los Pirineos, la delgada frontera con Europa, y se separan a través de un movimiento telúrico descomunal. A partir de ahí, ese trozo inmenso del mapa comienza a irse por el mar, lentamente, en dirección suroeste, es decir, en dirección hacia algún lugar entre América y África. La idea implícita es clara: apuntar la relación estrecha que la península tiene con el continente americano y la corrección geográfica más adaptada a los tiempos. La historia fue escrita en unos años en los que precisamente la península ibérica se empezaba a integrar en la Unión Europea y daba la espalda a sus relaciones con América, y el autor quiso así volver la vista para otro lado, al lado que reniega del olvido.
Explicado así, no haría falta leer la novela, como pensé en un momento, de hecho, si no fuera, porque desde el comienzo uno asiste a esa manera de contar de Saramago, esos personajes a los que les envuelve algo misterioso y a los que nunca deja de acompañar el autor, y con los que mira un mundo que está cambiando. Unos personajes singulares y sencillos, y además solitarios, que se encuentran ante un suceso extraño, que se unen ante un suceso extraño. Sin duda, la mejor novela de Saramago sigue siendo Ensayo sobre la Ceguera, que si la han leído verán que se parece mucho a este punto de partida. Después Levanto del Suelo y Todos los Nombres (la definitiva novela por la que convenció al jurado del Nobel), pero ésta de la Balsa de Piedra vale la pena en sí misma por su historia, y no sólo por su idea, que no hace falta decir que defiendo, esta misma columna es lo que defiende, que la historia de nuestra Literatura, nuestra historia, siempre ha sido un viaje de Ida y Vuelta, en este mar que nos une.
Perdonen los analizadores, diseccionadores, críticos y estructuralistas. Comprendo y he sufrido muy bien esa tarea que facilita revisar un texto literario en estructuras sintácticas, semánticas, etc., en busca del común denominador. Pero aplicar reglas científicas a un texto, en algunos casos, puede ser lo mismo que matarlo ante los ojos de un lector, que deben ser, y que son, los mismos de un niño. Al menos yo, cuando abro las primeras páginas, siempre espero encontrar una historia que me sorprenda, como las primeras historias de Jack London que leí en los Mares del Sur. Pero otro día les hablaré de él.

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