Nuevo Amanecer

Rezando el Romero Crucis de Miguel Ángel Chinchilla


Cuando en Nicaragua rememoramos la vida y el martirio de Monseñor Antonio Valdivieso, Primer Obispo Mártir de América Latina, mi referente inmediato y actual es Monseñor Oscar Arnulfo Romero de El Salvador.
Hace poco en mis oraciones matutinas reflexionaba sobre las veces que con tanta seguridad le he dicho al Señor que a través de mi compromiso social, estoy haciendo su voluntad y yo me preguntaba ¿cómo sé que lo que estoy haciendo es su voluntad? ¿Cómo hago para saber que estoy en el camino correcto de la salvación? Entonces en la lectura del Evangelio del día me salió aquel pasaje que dice: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. Me di cuenta que no había dónde perderse. La vida de Jesús y su ejemplo están allí, y es a la luz de esa convicción que la vida y entrega de un santo contemporáneo como lo es Monseñor Oscar Arnulfo Romero nos prueban la vigencia del Cristo encarnado en la historia humana. Lo que sucede es que aunque lo sepamos y comprendamos a plenitud, no es un camino fácil de seguir. En el camino de la resistencia al mundo de mezquindad que nos rodea, el ejemplo de Jesús seguirá siendo el de la “locura de la cruz”, que sólo personas superiores como Monseñor Oscar Arnulfo Romero son capaces de asumir de principio a fin.
Por eso entiendo perfectamente que el escritor salvadoreño y amigo Miguel Ángel Chinchilla haya encontrado en la preciosa vida y martirio de Monseñor Romero la materia prima, el contenido idóneo para escribir su Romero Crucis.
Lo he leído y más bien rezado, a la par del disco compacto en el que grabó las catorce estaciones, a distintas voces y con efectos musicales adecuados, en la víspera del XXVII aniversario del martirio de San Romero de América, me he conmovido profundamente como las veces que desde mi niñez, llevada de la mano por mis devotas tías abuelas, y más tarde, adulta, atorozonada he repetido: “Por tus sangrientos pasos, Señor seguirte quiero, y si contigo muero, dichosa moriré”, consternada por la crueldad de quienes torturaron y asesinaron a un ser que era el amor mismo.
En su Romero Crucis, Chinchilla resalta con justicia el acompañamiento que a Monseñor Romero dieron mujeres pobres de los barrios y religiosas, quienes a su vez fueron las primeras en acudir a sostener su cuerpo cuando se desmoronó ensangrentado al pie del altar. Efectivamente fueron sus verónicas que con manos generosas quisieron aminorar el sufrimiento de este santo pastor y rescatarlo con vida del atentado.
El Romero Crucis debería adoptarse en todas las parroquias para tiempo de Cuaresma. Es el valioso aporte de un cristiano laico que nos ayuda a profundizar nuestra fe, a iluminar nuestro compromiso actual, a exigirnos coherencia a la luz de una vida ejemplar, como fue la de Monseñor Oscar Arnulfo Romero, quien efectivamente, como dice su autor, “nos amó hasta el martirio”.