Nuevo Amanecer

Sencillamente humano


José Argüello Lacayo
El 1 de enero de 2007 nos arrebató la muerte a un entrañable amigo que durante 14 años sembró con ahínco su vida en medio del campesinado de San Nicolás de Oriente, municipio limítrofe entre León y Estelí, donde fuera párroco, pastor, guía y hermano de los más pobres. Nacido en República Dominicana el 2 de junio de 1949, José Álvarez radicó en Nicaragua de 1981 a 1994. Fue sacerdote y miembro de la congregación de Hermanos del Evangelio. Asentado en las rocosas y frescas cimas del cerro Tisey, en la comunidad de La Garnacha, promovió en su municipio proyectos agrícolas, de producción, educación y salud; fue misionero y evangelizador, y a hurtadillas, poeta. Tras regresar a su tierra, publicó en octubre de 2002 su poemario Sencillamente humano, en el que vuelca sus más profundos sentimientos de amor, fe y solidaridad. En gesto de gratitud a su vida compartida entre nosotros, difundimos estos poemas.

Poemas del hermano José Álvarez

A Nicaragua con Amor
Aquí,
y en este lugar donde estoy
desde la altura pequeña
de mi ser,
desde abajo de las entrañas de este
pueblo;
yo soy historia, alumbramiento
y fuerza.
Desde lo poco que soy
y que he vivido,
he comenzado a sentirme trigo,
semilla que se pudre, que se pierde,
que explota en grano, en luz, en sombra.
Semilla de luz y de vergüenza.
Aquí nací en 500 años antes,
negro, cimarrón, fiesta y bravura,
flecha, pan y casabe,
sangre de labios rotos
Cristo y miseria.
Aquí soy,
como el yugo al buey, como el tronco al árbol, como Jesús a la cruz
a la Esperanza.

Ofertorio
Señor, más que lo que tengo,
he intentado dar lo que soy,
mucho o poco,
lo dejo en tus manos... ¡y ya!
Sé que junto a lo que soy
envuelto en un manto de pobreza,
está también lo que pido
y hasta lo que sin pudor
he apropiado.
También está,
lo que entre uno y otro
forcejea en una desesperada
razón
y salvaje existencia.
Sin miedo y sin angustias,
lo dejo volar libremente
hasta tus manos.
Y más que nada,
desnuda dejo en tu presencia,
la profunda alegría de saber
que he vivido,
que mis sentidos
abrieron sus antenas.
Y es tanto tanto
el plantar,
el recoger,
el dar y recibir;
y más que nada,
tanto admirar y agradecer,
que se agolpan
y un gozo con sabor a vida
en mi conciencia
me deja:
infatigablemente pequeño,
indefectiblemente pobre,
feliz y poco en tu presencia.