Nuevo Amanecer

EL TESTIGO


(Anagrama 2004)
Juan Villoro (Méjico DF..........)

franciscosancho@hotmail.com

Julio Valdivieso se encuentra ante uno de los momentos cumbres en la vida de una persona: volver a su lugar de origen. Está en Francia, con un destino previsible, y un amor incierto. El escenario cobra dimensiones mayores por el lugar donde Julio Valdivieso vuelve: Méjico.

Juan Villoro terminó de escribir esta novela fuera de Méjico. Y ya de por sí es curiosa la paradoja: tener que salir de un sitio para volver a entrar en él.

Julio Valdivieso y Méjico son dos personajes, o quizá dos caras del mismo. El otro es el histórico poeta López Velarde, cuya obra poética aún se discute, pues un selecto grupo de admiradores y considerados a veces, mejores escritores que él, lo tenían por un genio. Sin embargo su obra escapa al consenso general que suelen compartir las piezas geniales. Sus poemas quizá no tienen la altura de la gran poesía, pero tenía la suficiente ambigüedad como para despertar opiniones contradictorias.

El Testigo logró sacar a la luz uno de los episodios más oscuros de la historia de Méjico y menos novelado por cierto, el de la guerra cristera. Un dilema que nos trae a la memoria que en, realidad, no estamos tan lejos de los conflictos sangrientos por motivos religiosos, mezclados con los políticos y sociales. No estamos a salvo del integrismo, y en el panorama actual, conviene tenerlo en cuenta pues no hay más que ver el proselitismo de las iglesias de toda índole a nuestro alrededor, cada una de ellas, creyéndose dueña de una verdad que no es de nadie. Nunca ha dejado de existir gente dispuesta a ser un mártir, ni gente que convierta a otros en mártir, matándolos. El terreno actual está abonado para el radicalismo, para las interpretaciones literales. Hemos pasado años muy duros por culpa de la interpretación literal de las ideologías y los sistemas (léase comunismo, capitalismo, etc). Ahora parece tocarle el turno a las religiones, a falta de otro pan.

En el caso de Méjico, El Testigo motiva a los mejicanos a hacer una revisión de su propia historia, muy lejos de la leyenda con la que se ha leído habitualmente. El Testigo, huyendo precisamente de lo legendario, nos refugia pacientemente en los pequeños detalles, en los giros de las conversaciones, en las entonaciones de voz, y en eso es una maravilla. Juan Villoro, por su ritmo de escritura (reportajes, novelas, crónicas, cuentos) no parece que pueda escribir con tantos detalles, como labrados en la lentitud, y sin embargo lo hace.

Leyendo El Testigo se me venían los recuerdos de otra gran novela del retorno: Los Gozos y las Sombras del escritor gallego Gonzalo Torrente Ballester (con la diferencia que el protagonista de Ballester vuelve a un pueblo). Y al mismo tiempo se me venía el recuerdo de una gran novela épica sobre la mirada hacia un país, Conversación en la Catedral, de Vargas Llosa.

Uno de los mejores momentos de la novela son las conversaciones de Julio Valdivieso con amigos y familiares en estancias vetustas de las casas del Méjico colonial reconstruyendo la vida del poeta de culto López Velarde. El aire de la conspiración está presente en todo momento. La novela peca de dejar en espera al lector durante muchas páginas, y también de algo de afectación en los finales de cada capítulo que pretende ser sentencioso. Pero es que Villoro es un torrente de palabras. Le gusta la palabra o frase totalizadora, con vocación de permanecer para siempre en el libro de citas célebres. Se le ve mucho esa intención tan mejicana de la frase aguda.

Con esta novela con la que Juan Villoro ganó el premio Herralde 2004 se reivindica como gran escritor, pero sin perder, y en la novela lo demuestra, su otra faceta como cronista del siglo XX. A Villoro no se le escapa nada, ni el fútbol ni el rock and roll. Lástima, para mí, que fui un seguidor de la música de Supertramp, que dejé tan mal a este grupo, acusándolo de hacer música comercial. Está metido de lleno en la vida, y en El Testigo, se confiesa como algo inevitable. El protagonista no puede rehuir sus orígenes, la forma en que se preñan sus recuerdos, lo que siempre estuvo. El protagonista no puede rehuir la vida.

La otra maestría, para mí la preferida, de Juan Villoro está en el cuento. De su volumen La Casa Pierde, del que se destaca el cuento que se titula de la misma manera, es quizá su mejor libro. De paso, les recomiendo ese cuento también. Villoro una vez me contó como se le ocurrió la idea. Era la escena de un hombre jugando naipes con una mujer apoyada en su hombro y dormido. Entonces pensó en qué tendría que suceder para que el hombre apostara lo que su mujer estuviera soñando. De ahí salía un cuento que también narra una historia de Méjico en miniatura.

Tanto El Testigo como La Casa Pierde, creo que son dos excusas preciosas para acercarse a este escritor mejicanísimo que traspira vida por los cuatro costados.

Los buenos novelistas suelen ser buenos cuentistas y buenos cronistas: a los vivos ejemplos me remito. Con los poetas es otra cosa.

Dicen también que los buenos novelistas empiezan escribiendo poesía y que, luego, cuando escriben novelas, tienen que leer poesía mientras lo hacen. Cada cual tiene sus manías, pero es curioso cómo éstas se repiten en muchos casos.

La literatura latinoamericana no ha dejado de estar viva. Lo lamentable es que donde menos se conoce es precisamente en Latinoamérica. Editoriales, distribuidadoras, libreros, y medios de comunicación tienen mucho que decir en todo esto. Villoro, Paz Soldán, Alberto Fuguet, Roberto Bolaño, Rey Rosa son las letras de nuestra Latinoamérica de los últimos años.