Nuevo Amanecer

De El Arcángel y la realidad

Guillermo Cortés logró promocionar muy bien su primera novela, El Arcángel. Él, un comunicador profesional, periodista de larga trayectoria, sabe cómo moverse en el ámbito de la comunicación, y logró una presentación de lujo para su libro con dos valores intelectuales: el filósofo, escritor y doctor Alejandro Serrano Caldera y el poeta, novelista y pintor Julio Valle-Castillo. Esto fue otro factor para su éxito promocional; pero el valor literario de la novela, Guillermo no se lo debe a nadie.

Para mí, Guillermo no es un debutante en este campo de la literatura, aunque sea su primera novela; sus dotes literarias las ensayó en su obra anterior, De León al Bunker (2004). En este libro, Guillermo “noveló” el testimonio de los protagonistas de la epopeya popular insurreccional de 1979 en León, no porque les haya dado un tratamiento narrativo de ficción, sino por haberles hecho una descripción, al mismo tiempo que fiel y realista, de auténtica factura literaria, haciendo sentir al lector la emoción, el miedo y el coraje como si él mismo hubiera sido el autor de las hazañas de los combatientes. Y eso no se logra por el simple deseo de hacerlo, sino por saber usar el instrumento de la palabra escrita aprendido durante su de-sempeño como periodista profesional. (Por ser ya un lugar común, y guardar la distancia, casi no digo que se trata del mismo caso de Gabriel García Márquez, pero ya lo dije, escondido detrás de estos paréntesis).
Guillermo me dio a leer el original de su libro De León al Bunker; fue en esa lectura cuando descubrí cuánto él había madurado como escritor. Y no es un hecho casual, porque, además de haber ejercido el periodismo cotidiano por muchos años, se de-sempeñó como corresponsal de guerra todo el tiempo que ésta duró, en donde al esfuerzo intelectual para hacer este trabajo, debió unir cuerpo, alma, corazón al drama humano de la guerra con sus dosis de temores, emotividades, incertidumbres, heroísmos y miserias, más el sentimiento cierto de poder morir o ser herido en cualquier momento.
Y bien que Guillermo aprendió de tanta lección de vida y muerte. Positivo para la novela histórica nicaragüense, pues lo vivido en aquellos días se le convirtió en su fuente, no de mera inspiración, sino de información confiable y veraz, a la cual pudo recurrir en su labor de novelista, para ahora, después de quince años de estarlo intentando, presentárnosla plasmada en El Arcángel.
No me detengo a imaginar la razón por la cual le dio este título, porque otros lo han hecho; y por un motivo muy personal: no me gusta la literatura llena de las alegorías bíblicas. Aparte de este asunto del título, la ambientación de la novela dentro del paisaje social, geográfico, histórico, de sus personajes, y la idiosincrasia de lo jinotegano que contiene la novela, es buena; pero dejo que lo descubran y disfruten por su cuenta los lectores que ya la leen o la leerán.
Tampoco voy a insistir mucho en algo que fue dicho durante las dos magníficas presentaciones de esta novela --20 de febrero pasado--, además de las propias confesiones de Guillermo: su novela no es una historia de la revolución, sino una novela con varias historias dentro de la revolución. Esto significa que no es una recopilación de biografías ni tiene ribetes biográficos de nadie en particular. Pero las “vidas” y las situaciones en que se mueven los personajes de la novela podrían ser las propias vidas de muchas personas reales que todos conocimos durante los días de la revolución, por demás, días aciagos y dichosos, mezquinos y titánicos, de valor y cobardía, de honestidad y bribonada, a la vez; en fin, de todo lo que cobija el ser humano bajo su piel, más las circunstancias históricas en las cuales le toca desempeñarse; y en donde se hace responsable o no de sí mismo, de su familia y ante la sociedad en la que vive.
En la novela, está la Nazarena Celeste, prototipo de la secretaria soñadora, dotada del sentido de justicia y solidaridad, que sabe distinguir entre el deber ante su jefe y el compromiso de clase con sus compañeros de trabajo. Ella era secretaria del ministro del Trabajo, Balbino Sacasa; éste, un revolucionario con su conciencia aprisionada entre su origen de clase burguesa, y quien, mientras disfruta de los privilegios del poder, cumple en su ministerio con los planes de ahorro requeridos por la revolución para hacer frente a los costos de la guerra, pero lo hace sacrificando los derechos laborales de los empleados.
Está la doña María de cualquier barrio, cuyo marido había sido asesinado por esbirros de la dictadura, y de ahí le nace el deber moral de seguir su lucha, y se incorpora al Comité de Defensa de la Revolución (CDS). Su decisión de defender la causa por la cual murió su marido es sincera, pero su ingenuidad la lleva a cometer una injusticia: vio un grave peligro para la revolución una carta para su inquilino Calixto Porras, porque procedía de Miami; Calixto, un músico sandinista incorporado al SMP, cae bajo la sospecha de doña María, quien expone el “caso” al colectivo. El CDS discute el asunto y acuerda que se leyera la carta, violando el derecho privado de Calixto; ahí se descubre que Stradivarius --el amigo de Calixto-- le expresa su deseo de que no se muera, no cumpla el servicio militar y viaje a Miami. El caso llega a las altas esferas del Ministerio del Interior, que le dedica a doña María un homenaje en un acto público por haber descubierto la nueva táctica del CIA aplicada entre la juventud para desestabilizar a la revolución.
Está una familia que recibe el ataúd de su muchacho muerto por la Contra mientras cumplía su servicio militar, y cuyos hermanos, airados, se incorporan al ejército enemigo después de que descubren en el ataúd llevado a su casa por el soldado Calixto Porras, no el cadáver de su hermano, sino un montón de matas de chagüite. Paradójico: el engaño irresponsable y cruel causado de un cuadro militar “cuadrado” genera más enemigos, pues los familiares del caído engrosan las filas del mismo ejército que mató a su pariente.
Está el honesto trabajador Raymundo Estrada, miembro del Frente, pero un machista que no acepta que su mujer salga de su casa a trabajar en las tareas para la defensa de la revolución. Desde su Comité de Base y como dirigente del sindicato, Raymundo investiga y descubre la doble moral del ministro Sacasa; lo acusa personalmente en reunión del Comité de Base, pero éste lo niega todo, y después busca apoyo en su amigo, el comandante Ernesto; en este comandante, el poder le había despertado el lado dormido del conquistador apasionado por el sexo, lo que demuestra con la esposa burguesa del ministro Sacasa; ignorando éste que el favor del comandante de dejarlo libre de toda sospecha se lo cobra con el favor sexual de su esposa, se queda feliz en su doble juego como ministro y revolucionario. Pero después, cuando se entera de su hermosa cornamenta, se va del país, haciendo de su caso un eje de propaganda antirrevolucionaria en el exterior. Por su lado, Raymundo no sólo es desmentido por el ministro, queda como un irresponsable y, por una orden superior “misteriosa”, es enviado a combatir a la montaña en un Batallón de Reserva.
No son estas todas ni mucho menos, las historias dentro de la novela de Guillermo, pero dan una idea de cuánto de lo vivido durante la revolución lo refleja en su novela, sin encasillarlos entre los conceptos de lo bueno y lo mano, sino exponiéndolos simplemente como lo que fueron: conflictos esencialmente humanos dentro del drama político nacional más extraordinario de su historia. Se podría pensar que Guillermo se solaza en exponer sólo lo negativo, pero no es así; esta novela viene a ser como la otra cara de la revolución, porque su lado heroico lo dejó plasmado en De León al Bunker.
Aparte de los intríngulis de la novela, muy familiares para quienes vivimos el proceso revolucionario, y tal vez inverosímiles para quienes sólo los han conocido por referencias, debo referirme a otros aspectos del trabajo de Cortés. Uno de ellos es el notable esfuerzo por explicar la belleza de la música, los datos biográficos de algunos de los compositores clásicos, los tecnicismos del funcionamiento de la trompeta, instrumento musical que ejecutan dos de los personajes, Calixto Porras y Martiniano Florián, colegas y amigos, uno cumplidor del SMP y el otro dispensado del mismo por influencias. Sin duda que Guillermo tomó el ejemplo de Sergio Ramírez de investigar sobre lo que se escribe, como él investigó sobre química y repasó sus estudios de Derecho para escribir “Castigo Divino” y sobre el juicio de Oliverio Castañeda.
Para mí, es inevitable relacionar al autor con uno de los personajes, Rufino Lucas. Aun sin ser el reflejo biográfico del autor, en el periodista Rufino Lucas, Guillermo Cortés, tal vez sin querer queriéndolo, o queriéndolo sin decirlo, refleja algunas de sus propias características. Me refiero a su criterio independiente, su apego por la verdad y a decirla sin tapujos; su empeño en la defensa del derecho a informar, el hecho de haber sido periodista destacado y hasta corresponsal de guerra del “Diario Oficial” (en la novela, Barricada en la realidad), sin haber sido militante del partido dueño del periódico.
La formación revolucionaria de Rufino es forjada en otra organización política de izquierda, y decide mantener su independencia política y personal durante los años --que no fueron pocos-- laborados en el “Diario Oficial” de la revolución, sin desatender en ningún aspecto su trabajo profesional, son partes de las características personales de Guillermo. Si por un imaginario acto mágico yo pudiera sacar de las páginas de la novela a Rufino Lucas, durante ese acto se me transformaría en Guillermo Cortés. Tuve más de una experiencia personal con el trabajo de Guillermo, siendo yo editor de la página de Opinión del “Diario Oficial”, como para no darme por enterado de que no todos los personajes de su novela son totalmente ficticios.
En la novela El Arcángel, se hacen obvios dos detalles que intrigan, y no les encuentro explicación: una, la insistencia del autor de referirse a 1966 como la fecha en la que ocurrió el terremoto de Managua; la otra es que reduce a siete “los nueve comandantes de la revolución”. ¿Por qué? Sólo Guillermo lo sabe, pero lo que se espera de él es su insistencia en el carácter ficticio de la novela, pese a las abundantes menciones, más que directas, a situaciones reales.