Nuevo Amanecer

LA VIDA BREVE (1950)

Juan Carlos Onetti (Montevideo, Uruguay 1909- Madrid 1995)

(El médico Díaz Grey) “se sentó en el escritorio y abrió la libreta; la oyó acercarse, vio la mano que se apoyaba en la pila de libros, sujetando un guante.
-Voy a pedirle perdón. –Estaba vestida, los ojos miraban atentos cuando él alzó la cabeza.- Usted estará pensando… Vi que tiene mucho trabajo.
-No, no mucho. - -. Por lo menos no mucho trabajo interesante. ¿Qué le pasó?
-Nada. Tuve vergüenza. Pero no de que me viera desnuda. –Sonreía con una naturalidad más irritante que el cinismo. . -Era un farsa; no sé cómo se me ocurrió ésta, tan estúpida, tan grosera, tan increíble. Pensé en el ridículo de que usted creyera que quise seducirlo desnudándome”.
Es parte de la primera conversación que mantienen un médico, Díaz Grey, y su paciente, la mujer Elena Sala. Ambos no existen, son inventados por Juan María Brause, el personaje narrador de la novela, que tiene que escribir el guión de una película y lo utiliza para explicarse a sí mismo algunas cosas que le ocurren. Claro que Juan María Brause tampoco existe. A su vez es inventado por Juan Carlos Onetti, el gran Onetti. Es decir estoy hablando de una gran mentira, una mentira doble que nos acerca poco a poco a ciertas verdades que en 1950 eran difíciles de encontrar en forma escrita.
Qué es lo que trata de explicarse Juan María Brause. Primero el cambio repentino al que llega la relación con su compañera, a la que le acaban de extirpar un pecho. Y aquí empieza el despliegue de símbolos y metáforas de las que se encuentra llena esta novela, tal vez de las mejores novelas de su tiempo. Vargas Llosa ha reconocido recientemente en Onetti al mejor autor del boom. Yo me había despegado de Onetti después de leer el Astillero, porque por esas razones privadas del gusto, me aburrió. Pero en la Vida Breve, me encontré otro escritor, fundando su propio territorio imaginario de Santa María, el propio territorio de la Mancha donde todo puede suceder, incluso que un hombre, un médico, descubra que lo daría todo por una mujer que acaba de entrar a su consulta, y admite ese sentimiento con cierto grado de tristeza, como si conllevara algo fatal.
Algo parecido le está sucediendo a quien imagina al médico, y que a su vez es imaginado por Onetti (ustedes disculpen la dificultad, pero Onetti nunca nos lo pone fácil). Brause tiene que enfrentar algo tan básico y tan natural como la transformación de su deseo sexual por la mujer amada a quien le han cortado un pecho, y con la sinceridad única de la literatura aparece esta reflexión que nos cuestiona muchas cosas de lo de adentro de nosotros mismos. Nunca es lo que ocurre sino lo que se quiere decir con lo que ocurre. Sólo una voz de mentira podría hablar con tanta franqueza. Él la está esperando, haciéndose mil preguntas. ¿Será capaz de superar el rechazo de un pecho cortado, y de volverla a desear? ¿Tiene el amor algo que ver con esto? ¿Se puede seguir amando a una mujer relativamente joven sin deseo sexual? Mientras espera a que ella vuelva después de la operación, se dice a sí mismo:
“Ablación de mama. Una cicatriz puede ser imaginada como un corte irregular practicado en una copa de goma, de parecer gruesa, que contenga una materia inmóvil, sonrosada, con burbujas en la superficie y que dé la impresión de ser líquida si hacemos oscilar la lámpara que la ilumina. También puede pensarse cómo será quince días, un mes después de la intervención, con una sombra de piel que se le estira encima, traslúcida, tan delgada que nadie se atrevería a detener mucho tiempo sus ojos en ella. Más adelante las arrugas comienzan a insinuarse, se forma y se alteran; ahora sí es posible mirar la cicatriz a escondidas, sorprenderla desnuda alguna noche y pronosticar cuál rugosidad, cuáles dibujos, qué tonos sonrosados y blancos prevalecerán y se harán definitivos. Además, algún día Gertrudis volvería a reírse sin motivo bajo el aire de primavera o de verano del balcón y me miraría con los ojos brillantes, con fijeza, un momento. Escondería en seguida los ojos, dejaría una sonrisa junto con un trazo retador en los extremos de la boca.
Habría llegado entonces el momento de mi mano derecha, la hora de la farsa de palpar en el aire, exactamente, una forma y una resistencia que no estaban y que no habían sido olvidadas aún por mis dedos. Mi palma tendrá miedo de ahuecarse exageradamente, mis yemas tendrán que rozar la superficie áspera o resbaladiza, desconocida y sin promesa de intimidad de la cicatriz redonda.”
El terreno de la literatura es el de la libertad, y por eso uno no podría escuchar a un hombre que dijera eso de una mujer que acaba de sufrir una ablación de mama, y no horrorizarse por lo que escucha. Pero al leerlo, es diferente, todo cambia, y uno se reconoce en su propio sentimiento primario. Lo que este hombre está haciendo es intentar redescubrir el amor en la ausencia de cosas que no volverán. Y lo hace con la imaginación, inventando una historia y el principio de un amor.
Díaz Grey conoce a Elena Sala y cuenta:
“Abrí la puerta para dejarla entrar y me volví a tiempo para descubrir su sonrisa, la burla anticipada que estaba descargando en los muebles y en la luz del mediodía de las ventanas”.
Como ustedes habrán podido comprobar, de esta novela no se sale así nomás, como de cualquier cosa. Tampoco se entra en ella así de fácil. Cosas que a veces no nos atrevemos a preguntarnos y mucho menos a respondernos. Cosas que eran nuestras, y no lo sabíamos. Yo también caí rendido y la novela me venció. Aquí se las presento en mi derrota.
franciscosancho@hotmail.com