Nuevo Amanecer

Poemas de Guantánamo


No tiene como protagonista a Harry Potter, pero el libro que acaba de llegar a mis manos encierra más magia que aquella que imaginó J. K. Rowling, y también terrores más profundos que Voldemort, y bien valdría que todo el mundo hiciera cola para leerlo. Aunque dudo de que así sea, ya que se trata de un volumen parco, casi nimio, que desembarca por estos días subrepticiamente en las librerías norteamericanas, y contiene tan sólo veintidós modestos poemas de artífices enteramente desconocidos. Son poemas, sin embargo, que, por su origen insólito, constituyen una llamada de alerta y de auxilio, y quizás de acción para la humanidad contemporánea (ver “Poema de la muerte”, página doce).
Fueron escritos por prisioneros del campo de detención de Guantánamo, aquel sitio de oprobio que opera el Gobierno de Bush desde la invasión de Afganistán. Como se sabe, estos detenidos han sido calificados por Washington como “combatientes enemigos”, lo que significa que pueden permanecer presos durante una eternidad sin ser llevados a juicio, sin que se les acuse ni se puedan defender y sin que gocen, por cierto, de las garantías prometidas por aquellas convenciones internacionales, como la de Ginebra, que ha firmado el Estado norteamericano, ni menos de los derechos humanos que poseen por el mero hecho de haber nacido.
No pueden escapar del infierno y, no obstante, escriben versos.
Mark Falcoff, uno de los abogados norteamericanos que defiende a los cautivos y el editor responsable del volumen, cuenta las condiciones penosas de la producción de estos poemas: se transcribieron semiclandestinamente, a veces grabados con piedras en una taza de plástico, a veces con pasta dentífrica en un trozo de basura, a veces pergeñados en tenues pedazos de papel, y siempre consignados a la memoria, y siempre transmitidos de boca en boca. Para que el mundo pudiera leerlos, Falcoff tuvo que vencer no sólo el recelo de los detenidos, sino también la censura y suspicacia del Pentágono, que autorizó meramente la publicación de estas estrofas entre miles de otras que fueron confiscadas o destruidas, aduciendo absurdamente que podrían incluir instrucciones a los terroristas de Al Qaeda que, como es de común conocimiento, no pueden proceder a sembrar la muerte sin recibir --¡qué duda cabe!-- las directivas de prisioneros que hace cinco años viven completamente aislados del mundo.
Algunos de estos poemas resultan de enorme calidad y eficacia literaria y otros lo son menos, pero como anoto en un prólogo que contribuí para esta edición que publica la pequeña University of Iowa Press, todos terminan siendo increíblemente, turbulentamente, conmovedores. Aquellos cuyos autores son fanáticos y proclaman la lucha a muerte contra los infieles y aquellos que no proclaman otra cosa que su deseo de tocar al hijo que no vieron nacer o a la madre que se muere lejos, su deseo de que se les conceda la gracia de vislumbrar una vez más algo tan habitual como una luna que crece en un cielo crepuscular. Los que hablan de la misericordia infinita de Alá y los que hablan del mar que oyen cerca y que no pueden siquiera ver. Todos, conmovedores. Porque, como tantos presos a lo largo de la historia humana, como los que yo conocí durante los años pertinaces de la dictadura de Pinochet y tantas tiranías en nuestra América Latina, también estos hombres sin expectativas de libertad o de justicia recurrieron, casi instintivamente, en los peores momentos de su existencia, a la poesía para expresarse. Todos, los que confían en su Dios para liberarlos y los que confían en algún impreciso amanecer y los que han perdido toda confianza en la posibilidad de ver la luz del día, todos comprendieron que exteriorizar su angustia en palabras escritas viene a ser una apuesta en contra de la desesperanza, la única manera que tienen de afirmar su herida humanidad.
La única manera de darse aliento.
Aliento, ánimo, ánima, alma, espíritu, inspiración, respiración.
Porque el origen de la vida y el origen del lenguaje y el origen de la poesía se encuentran justamente en la aritmética primigenia de la respiración; lo que aspiramos, exhalamos, inhalamos, minuto tras minuto, lo que nos mantiene vivos en un universo hostil desde el instante del nacimiento hasta el segundo anterior a nuestra extinción.
Y la palabra escrita no es otra cosa que el intento de volver permanente y seguro ese aliento, marcarlo en una roca o estamparlo en un pedazo de papel o trazar su significado en una pantalla, de manera que la cadencia pueda perpetuarse más allá de nosotros, sobrevivir a lo que respiramos, romper las cadenas precarias de la soledad, trascender nuestro cuerpo transitorio y tocar a alguien con el agua de su búsqueda.

Respirando.
Lo que esos presos comparten con sus carceleros, lo que comparten con esos soldados que los enjaulan y les temen y los ven exclusivamente como enemigos.
La poesía convoca a quienes respiran el mismo aire a que también respiren los mismos versos, a sobrepasar el abismo que persiste entre cuerpos y culturas y guerreros.
Y puede que ése sea el sentido más profundo, y también más paradójico, de la aparición de estos poemas en los Estados Unidos, rescatados por abogados norteamericanos, impresos por una prensa norteamericana, corregidos por ojos norteamericanos y publicados nada menos que en Iowa, el Estado que se halla en el centro, geográfico y simbólico, del país que maltrata de una forma tan perversa a esos cautivos.
Porque ahora están al alcance de todo el pueblo norteamericano esas palabras que aquellos prisioneros respiraron un día o quizás una noche, ahora todos los ciudadanos de los Estados Unidos pueden acceder a esos poemas de fuego y desolación. Y si esos ciudadanos y ese pueblo de veras lo desean, pueden lograr que algún día no sean tan sólo los poemas que circulan libremente por el mundo, sino también las manos los labios y los pulmones que supieron componerlos.
Hasta que arribe ese día, el verdadero hogar de esos detenidos van a ser, más que el infame campo de detenidos de la Bahía de Guantánamo, esos versos amargos que escribieron contra el desamparo y la muerte.

Ariel Dorfman es escritor chileno. Su último libro es Otros septiembres.
EL PAÍS 30/07/2007