Nuevo Amanecer

Poesía de Pablo Antonio Cuadra


Un rostro nicaragüense y otro rostro y otro rostro forman y configuran una multitud de rostros nicaragüenses que asoman en la poesía de Pablo Antonio Cuadra.
Leyendo en su poesía se descubren, se van descubriendo, una infinidad de rostros de hombres y mujeres que rebosan y colman la geografía del alma del poeta, que canta y celebra estos rostros, que sufre y se regocija en estos rostros, que se esperanza con estos rostros, que teme por el futuro de estos rostros que conforman el inmenso, doloroso y jubiloso, oscuro y luminoso rostro de la historia patria, de la historia matria, que es el rostro de Nicaragua.
El alma del poeta acompaña y es acompañada a lo largo de toda su vida por ese rostro del campista, del obrero, del albañil, del carpintero, del caminante o peregrinante o romerante que va por todos los caminos a los santuarios nicaragüenses: la Virgen del Viejo, el Cristo de Esquipulas, la Virgen de Cuapa.
Estos rostros que vemos es el rostro de José Muñoz, de Martín Cepeda, de Pedro Canisal, de Juan “El Chato”. Rostros de ayer, de hoy, de siempre.
Rostros de hombres y mujeres que viven, mueren y resucitan en las aguas del Gran Lago, que nacieron de las aguas del Gran Lago y vuelven a las aguas del Gran Lago.
Es el rostro Cifar y de la madre de Cifar, de Lucía, la doncella y de Mirna, la prostituta, es el rostro de Pascasio y de Eufemia, el rostro de Angelina en el acantilado, el de Inés, el de Fidelia, el rostro de Eladio, el rostro de la bella mujer vestida de rojo, que va entre los cocoteros.
Rostros de pescadores, navegantes, comerciantes y marineros, rostros inolvidables, que en cierto modo y de todos los modos, se reflejan y se encarnan en cada uno de nosotros, en los rostros de todos nosotros.
Hombres que se llaman Telón Rodríguez, Víctor, el de Tisma, y los rostros de las mujeres: el de Lalita, Ubaldina, Carmen, el rostro de esa mujer desconocida que invita al poeta a tocarla, tocarla para conocer la noche.
Y el rostro del maestro de Tarca, antiguo, venerable, justo, que no envejece, siempre joven, que no cesa de aconsejar a los marineros que van mar adentro y a los marineros en tierra. Maestro de Tarca que no termina y no se cansa nunca de aconsejar a los nicaragüenses.
Rostros que fueron sacrificados por el poder. El de Tomasito, el cuque, que ya no habla, que ya no hablará más, Tomás, eso pensamos, pero que nos continúa hablando de una historia de “rostro adusto”, de las desaparecidas y de los desaparecidos, y de los crímenes del poder. El rostro de Catalino Flores, para quien se pide un Habeas Corpus, y los rostros de las tres mujeres que buscan el cuerpo de Catalino Flores, que lo siguen buscando.
Y entra el rostro de la abuela, que es entrar la historia que vive en ese rostro de la abuela, rostro que encierran y abren todos los rostros de la historia nicaragüense, una historia que le duele al poeta, un poeta, Pablo Antonio Cuadra, que siempre intenta crear “con el lodo de la historia”, un nicaragüense nuevo, una historia nueva, un poeta, Pablo Antonio Cuadra, siempre en lucha para trasformar la utopía en realidad: darnos un rostro nicaragüense “esbelto y sin zozobra”, sin miedo ni temores.
Pablo Antonio Cuadra, siempre combativo y combatiente para que todos los rostros nicaragüenses entren en la tierra prometida. Pero la historia de Nicaragua, que no deja de ser adversa y traicionera, nunca ha permitido que el nicaragüense entre en la tierra de la promesa, y se ha quedado en la orilla, viendo en la lejanía una tierra que se le escapa de las manos. Pablo Antonio Cuadra dibujando constantemente, trazando infatigablemente, ese rostro que no sea el ayer, sino el mañana.
Y están los rostros del Apocalipsis, apocalípticos, destruidos, o mejor, rescatados de la muerte por la misma muerte, esos rostros atrapados en los ascensores, sepultados bajo las paredes. Una ciudad que vio su fin de mundo, el fin del mundo, en ese diciembre del año 1972.
El rostro de ese velador del banco “con la toalla envolviéndole la cabeza campesina”; el rostro de Venancio sosteniendo, desolado, el rostro de su hija; el rostro de la profesora de piano; y el del joven administrador de empresas, rescatado de su vida de usura, arrancando de la usura, mientras trataba de salvar el rostro de su madre en medio de las ruinas.
Y todos nosotros lloramos sobre el rostro de Juana Fonseca, todos nosotros nos congregamos alrededor del rostro de Juana Fonseca, nos congregamos con sus hijos y con sus hijas: Emérita, Fidelina, Juan Ramón, Justo Pastor, Camila y Pedro. Lloramos y oramos:
Libra Señor el alma de tu sierva
Juana Fonseca
Dale el eterno descanso
la luz perpetua brille para ella
Y vemos el rostro de Pablo Antonio Cuadra, ascético y profético, que se asoma, visionario, desde todas las islas nicaragüenses: Ometepe, Zapatera, la isla del Encanto. Un rostro que no envejece nunca, joven, noble, generoso, como yo lo conozco, abundante de vida, dando vida con la poesía de la belleza y con la belleza de su poesía.
Y vemos el rostro de Pablo Antonio Cuadra, que se levanta de las aguas de su Gran Lago y nos invita, una y otra vez, nos invita, una vez más, a convertir la utopía en realidad, nos invita a que unamos todos los rostros nicaragüenses, que es el rostro de la historia patria, de la historia matria, que es el rostro de Nicaragua, en un solo haz de rostros luminosos que entran, por fin, a la tierra prometida, donde ya los espera Pablo Antonio Cuadra, y se juntan con el rostro del poeta, para la celebración del gran misterio del amor, que es el amarnos los unos a los otros.
(Trabajo leído en la ciudad de Granada el jueves 8 de febrero de 2007 durante la mesa redonda en homenaje al poeta Pablo Antonio Cuadra, en el Tercer Festival Internacional de la Poesía).