Nuevo Amanecer

Tras los pasos de E. G. Squier


Acaeció, como refieren las notas de Luciano Cuadra (1970), en los tiempos del “Destino Manifiesto”. Pero también quiso el destino hacer su propia jugada, al margen de determinismos políticos. Si realmente existe el amor a primera vista, ése tendría necesariamente que haber sido el caso de Ephraim George Squier, nacido en Bethlem, estado de Nueva York, en junio de 1821, apenas tres meses antes de que Nicaragua conquistara su independencia de la corona española junto a las demás repúblicas de Centroamérica.
No fue Squier un trotamundos, tampoco un aventurero. Fue esencialmente un sempiterno enamorado de Nicaragua que recorrió embelesado sus ríos, lagos, valles, volcanes, pueblos, ciudades; exploró a profundidad la historia, el alma, las tradiciones, el habla y las costumbres de los nicaragüenses en tiempos en los que las fieras campeaban por los caminos y los lagartos daban cuenta de más de algún cristiano en las riberas de ríos y lagos caudalosos.
Volver a vivir esas experiencias, agudizar los sentidos, atiborrar el cerebro con imágenes coloridas y maravillosos escenarios naturales que parecen encriptados en el tiempo, es a lo que nos invita Fundación UNO con la reciente publicación en DVD, bajo la dirección de Carlos Mántica Cuadra y el guión de Jaime Incer Barquero, del magnífico documental producido por Producciones VideoArte titulado “Tras los pasos de E. G. Squier”.
Irrumpe el documental de 22 minutos y 36 segundos de duración con la precisa narrativa de Jaime Incer en el mismísimo sitio donde por primera vez puso Squier sus pies en territorio nicaragüense, lugar donde merodeaban y aún hoy en día lo hacen las fieras marinas en busca de una incauta víctima, en la barra y bahía del antiguo Greytown, San Juan del Norte o San Juan de Nicaragua.
Un raudal de imágenes va mostrando luego los infructuosos intentos por construir un canal interoceánico por Nicaragua y que habría sido una de las motivaciones principales que trajo a Squier a nuestro país. La histórica draga de vapor y el cementerio del otrora floreciente puerto caribeño, puerta de entrada para los viajeros que, poseídos por la Fiebre del Oro, de repente se aventuraban a remontar el salvaje río San Juan, para reembarcarse luego en el apacible San Juan del Sur, rumbo a las prometedoras minas auríferas de California.
Desfila ante el videonauta, como diríamos en estos tecnocráticos años del siglo XXI, el engañoso chocolate del San Juan, flanqueado por hirsutas selvas, la vorágine de lo que indistintamente podría ser un paraíso o un interminable infierno verde. Rompen la monotonía extasiante de la pluvioselva, las tonalidades multicolor de las inflorescencias silvestres, el blanco níveo de las garzas reales, el rojo intenso de las diminutas ranitas de sangre y el chapoteo de algún lagarto que, sorprendido por la presencia de los visitantes, no sabe si responder como presa o como depredador.
Abandonando las aguas del bajo San Juan, navegando contracorriente, en un flaco y luengo bongo, Squier llegó seis días después a la imponente mole rocosa que cierra el paso a quienes no están autorizados para transitar por ese punto: el magnífico Castillo de la Inmaculada Concepción, escenario de las mil y una batallas por la reafirmación de la nacionalidad nicaragüense, desde cuyas atalayas Squier se deleitara contemplando el inmenso y abigarrado bosque lluvioso.
San Carlos, el Cocibolca, Solentiname, Ometepe, Zapatera van pasando revista en los escritos y los espléndidos grabados que grafican delicada y detalladamente los paisajes de Nicaragua. No escapan en el documental la rigurosa experiencia de los delincuentes sometidos a juicios sumarios, los cuales iniciando a la una de la tarde, emitían sentencia condenatoria a las dos; fusilaban a los condenados a las tres, y a las cuatro ya los estaban sepultando.
La magnífica ciudad colonial de Granada, el imponente volcán Mombacho, explorado durante el segundo viaje de Squier, la estatuaria y los petroglifos de zapatera, nada escapa a la observación acuciosa del diplomático, historiador, geógrafo, arqueólogo, etnólogo, periodista y naturalista Ephraim Squier. Tampoco escapa a la apretada pero vasta relación lograda en la muy difícil pero igualmente muy bien lograda síntesis del documental “Tras los pasos de E. S. Squier”.
Las aguadoras del “lindo Nindirí” o “pueblecito hijo de la fantasía”, como delicadamente le denomina Squier a este otrora importante poblado indígena precolombino y su relación con las anotaciones de Oviedo y el cercano volcán Masaya, denotan la sensibilidad del escritor y la acuciosidad del historiador.
La provinciana Managua, antes de ser elevada a la categoría de ciudad --ya no se diga de capital de la República--, el histórico genízaro de Nagarote, gráficamente registrado en un bello dibujo; el Momotombo y el Momotombito; la Cordillera de Los Maribios; la Catedral de León y la planicie de Occidente; el recién nacido volcán Cerro Negro, del cual Squier quiso ser padrino, en fin, ¿qué escapó de sus minuciosos ojos y a su acuciosa pluma?
Sin lugar a dudas, el así considerado “Primer Centroamericanista de los Estados Unidos” más que cumplir con el mandato político del “Destino Manifiesto” nos dejó un valiosísimo legado del cual estaría obligado a apropiarse todo aquel que se digne proclamarse nicaragüense. Squier ha preservado para la posteridad mucho de lo más valioso del patrimonio cultural tangible e intangible de Nicaragua.
“Tras los Pasos de E. S. Squier” es una magnífica obra didáctica, llena de amenidad, profundo contenido histórico, geográfico y cultural, a través del cual todo nicaragüense, habida cuenta las dificultades que representa aún hoy en día recorrer lo largo y ancho la geografía y la historia nacional, tiene ante sí el medio ideal para comenzar a dar sus primeros pasos.
Managua, 1° de marzo de 2007.