Nuevo Amanecer

Comedor “La perla del sur”

He visitado San Juan del Sur: un pueblo infestado de turistas en el cual los nicas parecieran inmigrantes indocumentados

¡Mi también uno buen turista…! – Y la nativa sirviéndole el almuerzo, con el nalgatorio protuberante pujando por salir del pantaloncito ralo, – …it´s a great black fucking ass – piensa él; y la mujer pasándole el refresco de pitahaya, posándole el sobaco afeitado frente a su nariz enrojecida de chele advenedizo. La gran panza, empaquetada en camisa floreada de Miami, topa la orilla humilde del mantel plástico. Los ojillos azules resbalándose ávidos entre la juntura inicial del generoso pecho aborigen. Ríe ella: los dientes blaquísimos, tropicales, exóticos cual carne de coco. Ojos negros fijos en el vello amarillo del pecho gringo. – (I´ll fuck her tonight) tú ser bueno cocinera– sonríe el mister mientras ella se contonea de regreso al fogón de leña, brillante de sudor la espalda desnuda. Se sabe observada y, en rutinario gesto de coquetería, respinga más el culo mientras camina.
Cansada, despierta desde las cuatro de la mañana todos los días. Harta del desperdicio, truncados sus sueños de niña por la sordidez de las paredes ahumadas y los trastes tiznados – ¡…mmm, tú tener uno bueno Picture de New York, mí vivir cerca…! – Y mientras lo dice no le quita la mirada del sur de la pélvis, del monte de Venus dibujado claramente por lo ceñido de la prenda. – Debe ser bonito don, me gustaría conocer- responde ella con timidez. El chele ya se la imagina desnuda: su rubia carne genital henchida de sangre invadiendo las estrecheces húmedas de la costeña. – (¡ Wow… mí pagar dollars por eso…) – piensa él en una excitada mezcolanza de inglés y español rudimentario. Ella sabe lo que tiene, sí que lo sabe, ya lo ha vendido antes, pero no deja de esperar por un príncipe forrado en billetes verdes que quiera desposarla: tarjeta fija de residente en gringolandia, american dream a punta de coño. Observa la nuca del sujeto: blanca testuz erizada de tallos blancos, salpicada de lunares rojizos; una gruesa cadena de oro soporta el sudor que escurre desde la coronilla. – Debe pesar este viejo panzón– piensa ella, mientras se suelta el cabello, dejando caer la cascada azabache que desemboca en la cima de los pezones tiernos.
–¿Se le ofrece algo más doncito o le traigo la cuenta?

* Escritor nicaragüense. Este cuento pertenece a su reciente libro “Asuntos del Barrio”, editado en Lippstadt, Alemania, en octubre de 2007.