Nuevo Amanecer

Poemas de Manolo Cuadra


Elegía Simplista

Sesenta universitarios fueron
asesinados en Caracas.

‑A Gonzalo Carnevali‑ En el destierro.

Con los huesos que blanquean en la noche,
con los huesos de los muchachos muertos por la conquista;
con los huesos que blanquean eternamente bajo la luna
cuando la tierra es cal y calma violentamente fría,
alcemos una selva de lanzas primitivas.

Será la ofrenda póstuma de los muchachos muertos.

Eran ellos más o menos sesenta,
sesenta en carne y hueso adolescentes confiados,
y después de la pelea que duró treinta horas,
sólo volvieron a sus casas
cinco docenas de recuerdos transparentes.

Sus huesos blanquearán en la noche enlutada;
pero nosotros tendremos valor para vengarlos...

Pelearon contra un regimiento entero y mejor armado,
contra ametralladoras y fusiles de tiro rápido,
contra prodigiosas bestias de la tierra y del aire
manejadas por hombres perfectamente fríos.

Flotaban en la luz de una nueva conciencia.
Todavía la leche les blanqueaba en los labios,
así que alegres, jubilosos y fuertes
dijeron adiós a sus primas y a sus amigas...

Ellos eran sesenta hazañosos muchachos
‑luego que no creyeran en la muerte­-
y volvieron del campo a sus hogares
cinco docenas de sombras solamente.

En el corazón sin piedad de las más altas montañas
‑niños sin nombres, yacen en el olvido‑

Enigmas de la Historia, no los oteó la Crónica.
Pero sabemos que por acervos étnicos
rotos sus espinazos y sus tibias,
ensarrados los huesos de sus pies ligeros
-ensarrados por el paludismo-
y tembloroso el cuerpo por la quinina,
siempre hicieron gala de una moral muy alta.

Siempre juntos, siempre coléricos o alegres
cantaban las chacotas más obscenas
haciendo chistes las intimidades de sus amigas,
o entonando los antiguos himnos del colegio
según el enemigo hiciera frente o retrocediera.
Porque les alegraba la plenitud del pleito;
el instinto que desborda, sin diques, en el hombre,
la animalidad piafante y soberana.

Pedro, Octavio, Juan y Luis Alberto
‑sus nombres no importen y sean lo de menos-
­pues la Historia es prostituta y la crónica proxeneta.

Podremos conocerlos y seleccionarlos
para la justicia de mejores tiempos futuros,
yendo donde las madres que ya no tienen hijos;
donde todas las muchachas que no abrazarán más a sus
[mozos robustos.

Ellos eran sesenta hazañosos muchachos
‑luego que no creyeran en la muerte­-
y volvieron del campo a sus hogares,
cinco docenas de sombras solamente...

(Las Maderas, octubre de 1930)

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Miguel Ángel Ortez

No porque en Las Segovias el clima fuera frío,
tuvo este Miguel Ángel, en las venas horchata.
Cierto que cuando niño, supersticioso y pío,
sonaba en las purísimas su pito de hojalata.

Pero ya crecidito, cuando el funesto trío,
permitió que a la patria hollara gente gata,
en nombre de la selva, de la ciudad y el río,
protestó Miguel Ángel, la cutacha, la reata.

Murió en Palacagüina peleando mano a mano.
bajó desde las nubes más de un aeroplano
y tuvo en la cruzada homéricos arranques.

Usaba desde niño pantalones de hombre,
y aun hecho ya polvo, al recordar su nombre,
se meaban de pánico los yanques.

(Quilalí, Guerra de Las Segovias, 1932)

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Solo en la compañía

En las montañas más altas de Quilalí de Las Segovias,
y en las zonas mortales de estas tierras heroicas,
entre diecisiete compañeros estrechamente unidos por la
aventura,
yo, Manolo Cuadra, raso número 4395,
iba
solo.

Hablan los compañeros de las coplas canallas
surgidas en la hora como una flor de alivio:
cantinas, copas rotas, meretrices...

(Pero no me tienta la mochila,
menos la inútil precisión de mi rifle.)

Yo voy como un tornillo fuera de mecanismo
diciendo a sotto vocce mis estupendas misas:
la tragedia de esta raza aborigen,
su pasado lleno de plumas y caciques,
el futuro elevado de su destino insigne.

Hoy por hoy voy de caza contra el indio furtivo
‑extranjero en sus propias selvas americanas­-
el que sembró cereales de esperanza
y cosechó vientos de pasión ciudadana;
el que enterró la esteva
en el abono de su campiña rica,
y vio truncarse el tallo de oro de su espiga
cuando dijo su augurio la boca de la Esfinge.

¿Y mañana?

Soplarán de los puntos cardinales
vahos vigorizantes de enviones proletarios:
algo que no sospechan las democracias:
espíritu de Rusia, cultura americana,
pues, en la misma gleba donde la bota hercúlea
tornó la arcilla estéril,
han de surgir, violentos, los estandartes nuevos.

Otra vez:
Cantinas, copas rotas, meretrices.

(Pero no me tienta la mochila,
menos la inútil precisión de mi rifle.)

En las montañas más altas de Quilalí de Las (Segovias
y en las zonas mortales de estas tierras (heroicas,
entre diecisiete compañeros estrechamente.
unidos por la aventura,
yo, Manolo Cuadra, indio, hijo de indios,
de pies electrizados por un amor de gleba
y ojos en los que asoma el orto de un sol nuevo,
repito que iba
solo.

(Patrullas de la montaña,
Guerra de Las Segovias, 1933)

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Romance burlesco de don Pedro Altamirano

Noble señor hidalgo, don Pedro Altamirano,
de piel retinta y rudo bigote, ¡General!
¡Sacad, don Pedro, el vuestro acero segoviano
que voy con vos, a muerte, el mi acero a cruzar!

A la luz de esta luna, mi señor castellano,
veremos quién de entrambos consíguese matar.
¡Cielos! que a poco me toca vuestra mano.
¡En guardia, que os ataco, mi señor General!

Fuimos en tiempos añejos, General, adversarios,
cuando vos tremolabais un pabellón corsario
y yo, por doña Elvira, hilaba un madrigal.

¡Ay, mi señor don Pedro! ¡Si con ese pretexto
evocáis el lejano siglo decimosexto
veredes presto agora cómo os voy a matar!

(Teotecacinte, Guerra de Las Segovias, 1934)

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Único poema del mar

En Coconut Island,
cuando el sol se mece en las hamacas de lasw palmas,
miss Chiristine Brauthigam,
hija de una puta negra
y de un viejo pirata de Holanda,
se da un baño de mar en la inmensidad de las aguas.

Su piel, de un raro color de cinamomo,
cocida a la alta presión del trópico
muchas veces, en los hornos de julio y agosto.

Su cuerpo alegre y esbelto, como el de un junco ahumado
se irisa en las aguas de plata
entre peces de esmalte y pulpos pequeños.

Envuelta en su maillot de fuego
Christine Brauthigam se sumerge en las aguas,
¡y entonces es una brasa que se apaga!

Desde sus frescos observatorios de cocoteros
una mancha de pájaros isleños
lanza su S.O.S. de sorpresa
porque pudiera una ola traicionera
de blanca gola con jubón celeste
-verde- llevarse a la perla de canela.

En la isla donde los cocoteros se mueven pausadamente
esmaltando el cielo de pensamientos alegres,
Christine busca la caricia del mar afuera.
¡Quién colmara las urgencias de su sangre negra!

Desazón de los rubios y pequeños grumetes
que al maniobrar en las aguas de su vientre
despegaban de aquel muelle negro y celeste,
tristes, tristes, tristes...
¡Ay, tristes para siempre!

Fuera del agua ella es como un violinista,
sin violín y sin arco, ante el público.
Las rocas lloran lágrimas saladas,
se varan las algas en las arenas lisas
y se dicen “siento mucho” los peces lúbricos.

Fuera del agua miss Brauthigam es incompleta
porque su elemento es este solo mar de Coconut Island.
Miss Brauthigam se acuna en las aguas.
Duerme a la música maternal de las palmas.

Es Coconut Island
cuando el sol se mece en sus hamacas verdes,
miss Christine Brauthigam,
hija de una puta negra
y de un viejo pirata de Holanda,
entra a sus verdes potreros atlánticos
a pastorear su rebaño de pulpos y de peces.

Coconut Island,
donde aburro mi destierro frente al mar Atlántico
mientras arden dátiles y bananos,
y cantan los negros sus canciones esclavas,
indiferentes,
entre los cañaverales vibrantes
y el sordo rumor de las aguas.

(Exiled Ranch, Corn Island, mayo de 1937)