Nuevo Amanecer

El mal


Se suele considerar que el bien no existe sin el mal, hecho verificable en las religiones maniqueas, como las actuales tres grandes monoteístas, pero no así en las demás religiones, como vemos al revisar las mitologías antiguas (Bernard Teyssèdre, Naissance du Diable de Babylone aux grottes de la mer Morte, París, Albin Michel, 1985; Gérald Messadié, Histoire générale du Diable, París, Laffont, 1993).
Así en las leyendas grecorromanas, como en el viaje de Ulises, el héroe sufre los ataques de envidia de cada dios específico, el cual nunca representa al mal absoluto, sino al mal relativo, en proceso de hacerse o crearse en la mente celosa del ser divino. Similar en ello a los mitos es la historia de Job, referida implícitamente al inicio del Fausto de Goethe por ese mismo valor de pacto entre dos entidades opuestas pero complementarias que serían Dios y el diablo. En A puerta cerrada es la ausencia de un mal absoluto y la presencia de un mal relativo, psicológico, que perturba a los tres protagonistas.
Así podemos aducir que no es el bien que necesita del mal como contraparte para expresarse, sino el mal que se evoca a través del bien. Sin medida de lo bueno es probable que lo malo a su vez carezca de medida. Los planteamientos sociales previos que limitan el campo de lo prohibido y lo permitido (comer cerdo, copular durante la menstruación, torturar para conocer la verdad y castigar, quemar para redimir, escarificar o estigmatizar para elevar, comer a su enemigo y/o hasta a su tótem como de alguna forma es también el caso en la eucaristía) son los que validan o anulan el valor de maldad de los hechos (pecados o actos prohibidos) en sí. Es conocida la paradoja que hace crimen matar a su prójimo en tiempo de paz, mientras matarlo en tiempo de guerra se vuelve heroico.
Entender el mal como lo malo implica entender el bien como lo bueno, conforme nuestro trabajo anterior. Entender el mal (absoluto por definición) como lo malo (limitado al campo de la experiencia del disgusto y el sufrimiento individual) significa representárselo desde el ámbito de la experimentación. Ahí donde parece que lo malo, como el dolor de la quemadura, se experimenta fuera de cualquier relación a lo bueno, nos damos cuenta que en realidad es por experiencia de lo bueno que puede reconocerse lo malo: la evolución humana se basa teóricamente en la aversión para el sufrimiento y la búsqueda del placer máximo. Así en una sociedad donde el valor de la niñez no se percibe es improbable que se plantee la maldad del trabajo de los niños. Tenemos que habernos apropiado del conocimiento de lo valioso de la época de niñez para nosotros mismos para poder asumir lo intolerable de la situación de los niños trabajadores. Tiene que haber niños no trabajadores para que se dé a entender el sufrimiento de los que sí trabajan.
Si la reacción común al ver un accidente es el mirar, si puede existir El Mercurio y si las noticias rojas son el fondo monetario de los noticieros, es que no hay identidad absoluta entre el conocimiento del sufrir propio y el reconocimiento del sufrir ajeno. Por lo cual es en la experimentación de acercamiento a la alteridad que se principia todo bien. Mientras el mal actúa desde el conocimiento del bien (hasta el propio dolor repetido adormece el cuerpo y lo vuelve insensible), el bien, aunque en pocas ocasiones (como en la experiencia innata de mamar el pecho materno), no precisa de experiencia previa para encontrarse.
A nivel narratológico, vemos cómo se expresa la vivencia de lo malo, tanto en la literatura como en las películas fantásticas y de horror: es, como planteó Roger Caillois, dentro de una situación ordinaria que de repente surge lo insospechado, el espanto. De la misma manera, es desde la axiología burguesa que el romanticismo baudelairiano y decadente propició su respuesta de contravalores a las normas preestablecidas.
Por lo cual podemos inducir que si bien tanto lo bueno (mamar) como lo malo (quemarse) son sentimientos que a lo mejor no necesitan de comparación para implementarse, bueno y malo conociéndose innatamente (sé que me gusta el olor a rosa porque al percibirlo me agrada, sé que me disgusta lo amargo porque sabe feo), en el campo cultural el bien en cuanto bueno (no en cuanto construcción social) nos aparece como definiéndose desde y por sí mismo, mientras el mal en cuanto malo (pero también en cuanto objeto social) se expresa siempre referido al bien. Ejemplos de ello son: el sentimiento placentero que me produce el estar con mi amada. Lo puedo reconocer sin haber sentido anteriormente su ausencia. A la inversa, para poder sufrir su ausencia, tengo que haberla conocido previamente. Es el conocido ejemplo del árbol que cae en la selva sin que nadie supiera de su existencia: no cae para nadie, es decir, a nadie le hará falta. Eso quiere decir también que no hay bien que sea indispensable, pero sí hay males que son constitutivos a la experiencia del bien, conforme el dicho popular: “No hay mal que por bien no venga”.
El mal no se puede desprender sino de valores positivos que nos proveen de su comprensión comparativa: no hay mal que en la mitología antigua haya venido de los dioses mientras éstos no sintieron efectos del celo y la envidia. El pretender conocer el bien desde sus contravalores (como en el caso citado en nuestro anterior trabajo de los desviantes encontrados en citas a ciegas en las películas románticas estadounidenses) es producto de una sociedad maniquea que define sus valores rodeándolas del alto muro de sus prohibiciones previas (el mal enmarcando y resaltando los valores previos establecidos por una sociedad: el judío como representante de la falsa religión, Saddam Hussein símbolo de Satanás en Hot Shots! Part Deux, 1993, de Jim Abrahams, y South Park). Por eso tanto los artistas rococó como los ilustrados, en particular el Marqués de Sade, se dedicaron a quebrar este modelo y abrir la vía al reconocimiento no dual, no ambiguo, no pecaminoso, del simple disfrute.