Nuevo Amanecer

LA OFENSA (Seix Barral, 2006)


Ricardo Menéndez Salmón (Gijón, España, 1971)

Acabo de leer una de las mejores novelas que me he encontrado en los últimos tiempos. Es de un autor desconocido, del que les costará encontrar otro libro. Hacía tiempo que no disfrutaba tanto de una historia, a la que aún sacándole los defectos, resulta cercana, entretenida, misteriosa y con final inesperado. En ese final, tal vez, tímidamente estemos asistiendo a una nueva forma de literatura, o por no ser tan pretencioso a un nuevo estilo, una variación. Los próximos años veremos si lo confirman. Pero después hablaremos de ello. Primero, el personaje.
La crítica siempre trata de que el lector imagine la novela que va a leer, ponerlo cerca del personaje. Pero el personaje se tiene que defender por sí solo, y acercarse a nosotros hasta que para bien o para mal sea uno de nosotros, nosotros mismos. Digo para mal, porque se puede dar el caso, como ocurre en las buenas novelas que de pronto, simpaticemos con el personaje maligno del libro, en una especie de síndrome de Estocolmo, donde al final terminamos congeniando afectivamente con quien nos tiene atrapados.
Se llama Kurt y es un sastre, casi aprendiz de sastre, en la Alemania de antes de la Segunda Guerra Mundial. Poco antes. Evidentemente, con este dato al comienzo se anticipa que su vida se verá alterada por la historia que está a punto de suceder y que cambió el mundo. Bueno, a partir de aquí empieza la trama. Yo quisiera no desgranarles el argumento, pero como la novela acaba de ser publicada por Seix Barral, y quizá algunos tarden todavía algún tiempo en conocer a este escritor y saborear esta novelita breve, no me resisto a contarles algo más. Después olvídenlo, y si pueden, renuncien a su memoria, entre en sus páginas con la inocencia del lector desprevenido. Hablemos pues del argumento.
Kurt es llamado a filas. Es demasiado joven. Antes de que ocurra empiezan a esbozarse en algunas páginas el borrador de sus posibles ilusiones, y se llega a insinuar un amor con una joven judía, dato éste que después será crucial en su separación. Pero nada llega a consolidarse, por el arrebato invencible de una guerra que devoró la vida de tantos.
Kurt va al frente francés. El 10 de mayo de 1940, cincuenta divisiones del ejército alemán con carros de combate acorazados se preparan para cruzar las Ardenas, un territorio que los franceses consideraban inexpugnable, y que sólo la terquedad de un militar alemán convenció a Hitler de lo contrario. Ese mismo día, se toman Holanda y Bélgica. El destino es París. Kurt, nuestro Kurt avanza en medio de la tropa. Kurt es chofer del Huptsturmführer Löwitsch (capitán Löwitsch). En uno de los frentes, aparecen una mañana cuatro soldados alemanes degollados. Löwitsch monta en cólera y ordena que un tanque Panzer y veinte hombres le acompañen, Kurt entre ellos. Se dirigen al pueblecito francés de Mieux. Allí, el cruel Löwitsch comienza a ajusticiar como venganza una tras otra a todas las personas del pueblo, y termina resumiendo su extremo, mandándolas a todas a encerrar en la Iglesia y prendiéndole fuego. Allí se aposta un fotógrafo alemán con una cámara de cine además para rodar la escena. Este detalle será muy importante al final.
La reacción de Kurt ante el horror es el centro de esta historia. Su cuerpo “se olvidó de sí mismo” y perdió la sensibilidad. Kurt se desmayó, pero después no pudo sentir nada en mucho tiempo, como si su capacidad de sentir se hubiera muerto, y la vida fuera sólo una cápsula atrapada en la memoria.
Su destino posterior fue un sanatorio. Allí pasó algún tiempo y llegó a conocer a una enfermera, de la que parece que se llegó a enamorar, con la precariedad que puede llegar a enamorarse un hombre que apenas siente nada. Es decir, ella se enamoró de él. Varios meses después llegó al sanatorio un grupo de la Resistencia dispuesto a matar a todos aquellos soldados alemanes que no habían resistido el horror. El director del centro Jean-Jacques Lasalle pidió compasión por Kurt, y le fue concedida.
Kurt pudo escapar en un barco, un viaje literario junto a la enfermera hasta Inglaterra, donde se hizo pasar precisamente por Jean-Jacques Lasalle, que no sólo le había salvado, sino que le había prestado la nueva vida. Se reinventó. En Inglaterra Kurt trabaja en un cementerio. No podía haber lugar más apropiado para él. La enfermera un día le llama y le comunica que va a ser padre. Él sale del cementerio, pero la figura de unos hombres y una mujer le hipnotizan. Los sigue por toda la ciudad hasta que encuentra una casa. Y aquí la novela se vuelve onírica, entramos en una especie de visión. Cuando Kurt sigue a los hombres y entra en esa casa con la puerta abierta para él, abandonamos el plano de una realidad confusa, y entramos en un sitio inesperado, en la frontera del sueño.
El final de la historia es soberbio. Uno de los mejores que he leído en mi vida. Pero lo siento, esto sí que no lo puedo contar. Sería demasiado para una pobre crítica y una mala invitación a su lectura. Déjenme pues comentar su estilo.
Menéndez Salmón, el autor, gusta de frases largas, compuestas, un tanto ampulosas. Le encantan las metáforas míticas, una especie de ironía de batalla, condensado en capítulos breves, que para nada se hacen aburridos. Pone siempre el anticipo de un misterio, y eso se agradece. No gasta tiempo en la descripción física de los personajes, no hace falta. Quizá no aprehendemos sus rostros, pero les ponemos el nuestro. En la portado del libro, aparece una foto magnífica de un prisionero alemán que se cubre el rostro de perfil y no quiere ser fotografiado. La foto cuenta en sí misma esta historia no verídica, pero verosímil. El final trae lo imposible, la fantasía, el sueño a un terreno de realidad inesperadamente. Es un recurso que utilizaba muy bien Chesterton, con la diferencia de que Menéndez Salmón lo hace sólo al final de una historia que parece perfectamente real. Es decir, no se trata de lo real maravilloso, ni por supuesto de realismo mágico, es terminar la historia como se termina la vida: en un sueño. Sólo les puedo decir que al final, hay una lágrima que contiene un mundo. Yo lo cerré con un escalofrío. Después, algo más repuesto, les escribí este artículo.
No más.