Nuevo Amanecer

Análisis de dos pomeas de José Coronel Urtecho


La obra de José Coronel Urtecho ha sido publicada de manera dispersa y amerita, para una valoración completa de la misma, uno o dos tomos, por lo menos, que abarquen prosa y verso, sin omitir sus traducciones de autores de habla inglesa y francesa. Rescatar sus con­versaciones será imposible, a menos que una buena parte haya sido grabada, pues todos sabemos y lo disfrutamos que Coronel como con­versador fue inigualable: magistral, copioso en datos y acertado en sus apreciaciones. Casi todos los escritores de la época que le to­có vivir /1906‑1994) le conocieron, lo trataron y disfrutaron de su amistad, él mismo facilitaba y buscaba estos encuentros. Recuerdo uno de ellos en la ciudad de León, en el Paraninfo de la Universi­dad Nacional Autónoma de Nicaragua /UNAN) siendo Rector Magnífico el Dr. Mariano Fiallos Gil. José Coronel viajaba con frecuencia desde su hacienda “Las Brisas” en las márgenes del río San Juan al inge­nio de azúcar San Antonio, en Chichigalpa, donde trabajaban dos de sus hijos. Naturalmente que detenerse en la ciudad de León signi­ficaba una gran oportunidad animada por la amplitud y acogida del Dr. Fiallos, que hacían inolvidables estos acontecimientos. Entre esos asis­tentes recuerdo al Dr. y catedrático Edgardo Buitrago, al Ing. y poeta Raúl Elvir, Sergio Ramírez, Fernando Gordillo, Mariana San­són y muchas señoras que gustaban de las buenas lecturas. Para Co­ronel, León era la ciudad de los intelectuales, más que Granada, dedicada al ir y venir del comercio. Naturalmente que con grandes excepciones.
Con José Coronel, propiamente, no había diálogos, se iniciaban saludos, presentaciones, alguna información de actualidad, para después, él mismo iniciar una exposición sobre temas literarios que po­dían volverse interminables si no los limitaba el tiempo o los compromisos de trabajo. De su obra no hablaba ni le gustaba comentarla, pero conocía a profundidad la de cuanto autor le citara alguno de sus oyentes, como decir Ezra Pound, a quien él admiraba mucho y con quien hasta en cierta forma se identificaba; igual suce­día con poetas chinos o japoneses de todos los tiempos. No hay nin­guna exageración en decir que estaba compenetrado de todas las literaturas y nada le era ajeno ni de lo nacional ni de lo extranjero. Su magisterio fue muy bien aprovechado por las generaciones con las que logró establecer contactos. Era afectuoso y solamente fue implacable contra la mediocridad. Su arma más eficaz fue la ironía y la burla, pero manejadas con mucha sutileza. Nada de insultos ni de grosería.
Deseo comentar dos poemas suyos escogidos a mi criterio: el soneto “La Cazadora” y el “Retrato de la mujer de tu prójimo” y lo hago así como una manera de sopesar, de resaltar el equilibrio del poeta entre una forma perfectamente clásica que viene del Siglo de Oro español hasta acercarse al surrealismo. Son dos poemas con gran disimilitud en sus formas y estructuras, pero a mi juicio, son dos poemas de amor. El primero, “La Cazadora”, limpio, impecable, construido con endecasílabos clásicos, rigurosos y a la vez joviales. Su argumento rural no presenta ningún obstáculo para el lector que solamente conozca lo urbano y cerebral, porque el soneto es un ejemplo detallado de la vida que se lleva en una finca apartada, todo esto logrado por la magia de la poesía. Está dedicado a su esposa María Kautz, describiendo lo que ella hacía desde muy temprano en la mañana, ocupaciones que posteriormente fueron pormenorizadas en otros poemas, espe­cialmente en “Pequeña biografía de mi mujer” en donde también hay una alusión directa a este soneto. Empieza con una descripción del quehacer cotidiano. Ella sale de cama, con tan buen suceso que lo­gra atrapar el venado apetecido, entre suspensos de la bella cazadora y del marido que la espera para compartir el suculento desayuno, y que se declara poeta por oficio y beneficio.
Ahora pasemos a lo que yo llamo equilibrio perfecto, quiero decir que después de alcanzar la cima de lo clásico, el poeta se atreve, con sensibilidad inconfundible, a abordar un tema, como ya dije, de amor, pero por su forma y estilo totalmente distinto al anterior.
“Retrato de la mujer de tu prójimo” es un poco ambiguo. Leámoslo por partes:
“Cuando yo los pronuncio
/tus ojos lloran”
¿Qué pronuncia? ¿Requiebros? ¿Reclamos? ¿Recónditos propósitos? El poeta no lo dice ni lo ha mencionado, en cambio afirma con plena seguridad que “tus ojos lloran”. ¿Por qué causa? Porque en estos versos algo anda escondido, algo está soterrado y el poeta no lo dice, a pesar de su aparente exteriorización.
“Mina es tu nombre y cabe
/en tu sonrisa”
Es evidente que nos encontramos ante una mujer corriente, carente de pretensiones o que las oculta muy bien; bien cabe en una sonrisa y hasta pudiera suceder que en un bostezo. Termina el primer terceto con un reconocimiento del poeta consciente de lo que hace:
“Yo por ti cedo y casi con sentido”
Continuando el segundo terceto, empieza:
“¿Oyes esa mirada que entre
/tus rizos trina?
En esta sinestesia de indudable valor poético también hay algo de irónico porque el poeta en el fondo se siente incomprendido, como lo confirma el siguiente verso:
“Yo estoy más hondo pero
/tú estás afuera”
El tercer verso es de gran delicadeza:
“Tuya es la forma y la piel
/de la poma”.
Continúa:
“No porque ceda tengo
/menos sueño”
Frase que afirma claramente su posición de enamorado siguiendo con una alusión a la “espesura” y al “ciervo que huye”, positiva alusión cristiana, aunque el terceto termina bastante despiadado, como alu­diendo a su vacío intelectual:
“Tú te escribes con
/lápiz‑pero cerca”
Aquí hay evidencia de que no es lo mismo lo soñado a lo que tenemos cerca, a mano, de inmediato. Finalizando estos primeros tercetos con una protesta y una aparente contradicción:
“Cárcel es esto, si no fuera lecho
de leche y sal porque río lo siento.
Sácame con el ojo, mírame
/con el dedo.”
Después de los tercetos le oiremos expresarse con otros tonos, y empezando con:
“Vamos por partes:
dije que el mármol”
Dando en esta ocasión un sentido clásico a la palabra mármol.
Seguidamente continúan otros versos que pudiéramos catalogar co­mo oníricos, empezando con uno de gran ternura:
“El pelo era la hierba,
/el pie descalzo”
Donde es inconfundible establecer un trasfondo cristiano cuando afirma:
“el pie era mucho donde
/estaba el ciervo
el pie de fuego, el pelo estiércol.
Alusión a la vida y a la destrucción total por la muerte. Entonces se vuelve inasible y regresa a una realidad inevitable para darnos una estampa del ahora, lo presente, lo que sucede en el minuto, lo que su ojo ve con lente de cámara fotográfica y /en ese momento)
“suena el teléfono
ya estoy despierto.”
Comienza una prosa de hechos sucesivos hasta culminar en un soneto de perfecta vigilia, en donde logra una descripción muy original de la mujer del prójimo y afirma que podría continuar “Una infinita se­cuencia de sonetos”, pero su verdadero interés no está en lo exteriorizable, sino en decirnos lo que sólo él quiere decírselo a la mujer que todos amamos aunque sea fugazmente. Empieza otro soneto clásico con este cuarteto:
“Te sientas a la mesa, sola y miras
las cinco rosas rojas del florero;
las arreglas mejor, con pulcro
/esmero,
Y dulcemente su perfume aspiras.”
Es totalmente exteriorista, dando así origen a la poesía conocida posteriormente con ese mismo nombre y en donde apreciamos que den­tro de una forma reconocida por clásica, se adelanta en varios de­cenios a lo que posteriormente se clasificó como un movimiento li­terario. Pero vayamos más adelante, al punto en donde confiesa ha­cer un esfuerzo para dar:
“cifras exactas/ datos concretos”
y nos despista con un
“supongamos que estamos
/despiertos”
para entrar de lleno al mundo de los símbolos y de lo onírico, donde un verso claro /y clave) llama poderosamente la atención:
“forma otra vez que fruta grita.”
Termina lo visual, lo palpable. Hay un silencio. Una pausa. No en­cuentra palabras, mucho menos la palabra precisa; entonces logra darse cuenta que:
pero era música,
afirmando con esto otra dimensión de la que el mismo poeta no sos­pechaba anteriormente. El eterno secreto femenino se va abriendo poco a poco:
“como escalera”
y otra vez los sonidos:
“¿Oyes los ojos de tus dos pasos?”
Súbense temblando
donde muge el pelo.”
Aquí los sentidos se están volviendo desquiciados: tacto, vista, oído, olfato, lengua, son una mezcolanza en donde apenas logramos captar chispazos de poesía con alusiones eróticas y peligrosas:
“De veneno a polen
no de canto a llanto”
Aquí viene otra pausa para decirle:
“Tú estás afuera”
como afirmamos que ella no conoce, ni conocerá nunca, sus interio­ridades; sin embargo, el poeta está locamente enamorado y viene un incontenible:
“raudal de ramo y brisa
/de colochos”
él es el único que la descubre entera porque:
“nadie se apunta sino de tus
/pechos”
y solamente él sabe que hay otra, idealizada, deseada y bella:
“¿Quién te recuerda como
/palmavera?”
Y palmavera no existe, es una palabra inventada por el poeta y que no logrará nunca clasificar ningún botánico. /Cuentan que Coronel recogió oralmente en Granada de boca del padre Simón Gómez, un ino­cente cura de pueblo que en su sencillez, al pronunciar sermones parroquiales, solía inventar palabras de gran acierto popular). Siguen versos de sentido embrujado, pero es claro que la herida de amor continúa sangrando y volvemos a encontrarnos dos palabras claves en el siguiente verso:
“¿Qué va de ciervo a zarpa
/de pantera?”
Ciervo: la humildad; el herido por la flecha divina del amor místico. “Zarpa de pantera”, la ferocidad femenina, el arañazo, el rasguño, el mordisco, la fiera del paraíso con una manzana. Entonces confiesa su rendición:
“Quedo de miedo hocico
/de gacela”
lamiendo la mano cruel para de nuevo enredarse en la telaraña del amor; las palabras, aunque fecundas, brotan como soñadas: “como el niño”, porque la realidad es que:
son otras lenguas que los pulsos
/trenzan.
El amor ya se va acercando a lo mitológico hasta llegar a la mención de Circe, la Maga, la Hechicera, la que es capaz de convertir al hom­bre en el animal de su capricho: le6n, cerdo, liebre, toro, porque del lecho al hecho... pero detengámonos:
“No tocaré tus manos con
/recuerdos
ya de tus pechos no soporto
/el viento
busco descanso fuera de tu
/sueño.”
En verdad el camino ha sido fatigoso y más cuando se ha intentado traspasar el cercado ajeno, entonces lo asalta un complejo de culpa­bilidad, hay arrepentimiento en esta encrucijada, ahora las palabras claves se refieren al matrimonio: “casa”, “ancla”, “metro y balanza” y la única posibilidad de huir de las tentaciones del Demonio es: “mar de agua bendita”.
Ha existido el sufrimiento pero no ha caído en pecado:
“Quedan palabras rojas flotando
/como boyas
que a cada lado son el santo y seña
somos de abismo entre cuatro
/sueños.
Porque todo esfuerzo hecho por el hombre, todo trabajo, todo lo que pasa bajo el sol /conceptos vertidos por Coronel en otros poemas) ¿De qué nos sirven? si:
“Gana el gusano
la batalla de la mano”
Y toda hermosura termina en osamenta, en polvo, en nada…
Só1o la poesía nos purifica y salva.

La cazadora

Mi señora tan luego se levanta
va a cazar un venado matutino,
sin miedo a los colmillos del zahino
ni al mortal topetazo de la danta.

Entra con ojo alerta y firme planta
por la espesura donde no hay
/camino
y de los matorrales, repentino,
salta un venado que su paso
/espanta.

Ella rápida apresta la escopeta,
veloz le apunta, le dispara y mata
Y después el marido que es poeta

cuando regresa la mujer que adora
en un soneto clásico relata
la bella hazaña de la cazadora.