Nuevo Amanecer

Pabellón 2 del Hospital Psiquiátrico


¿Quiénes son esas mujeres que esperan la muerte sentadas y solas?

O en celdas, como Maribel con su triste figura macabra,
bella de cicatrices que son la voz del tiempo congelada en su piel,
la voz cantando la misma canción de ayer escrita en su piel.

¿Quiénes son? ¿Quién las nombra en la sombra sin nombre,
quién las llama sin boca, sin lengua?

Violeta, con una rosa de agua en las manos.
Ya no volverá a ver el lago de Nicaragua, los barcos, sus alumnos
ni sus hijas ‑las gemelas‑.

En los basureros del manicomio recoge sus tesoros:
papeles, jeringas, tiras que elegantemente exhibe como las joyas que a costa de
sudor y sangre los mineros sacan de las obscuras entrañas,
donde muchos quedan sepultados.
Lindas prendas que con sonrisa estúpida exhibes sin saber lo asquerosas que son.
Pero Violeta extrae sus tesoros del basurero y con elegancia los exhibe.

Berthilda: las úlceras desnudaron sus huesos, blancura bañada en pus.
¿Cómo se llaman las llagas de Berthilda?, pregunté a Violeta.
‑Son las llagas de Cristo.
La esquizofrénica miró lo que yo no miraba,
la divinidad oculta en la miseria y el asco.

Berthilda, con una copa llena camina ya sin llagas.

Daysi: es la sirvienta de las enfermeras,
lleva las pastillas a otra enferma que no abre la boca porque acaba de morir
Murió como vivió, sentada y sola.
Sus ojos azules aún están abiertos.
El trozo azul que vio Alfonso Cortés en este manicomio es como esos ojos.

“Un trozo azul tiene mayor intensidad que todo el cielo”.

Esos ojos azules intensos y muertos nunca vieron llegar el rostro de la hija que
esperaban.
Esos ojos, ventanas cerradas para siempre donde no me asomé a ver mi anhelo.

Doña Liliam, con alas blancas ve volar su soledad.

Daysi, empleada sin salario, lleva en sus manos las pastillas a las mujeres del
pabellón 2.

Nora fue bella y reina de belleza,
ahora camina torcida por los medicamentos y la escoliosis.
Su pasarela es el pasillo del pabellón 2, donde se belleza actual aterra.
Siempre en silencio, sólo habla con voz lastimosa para decir: “Dame un pesito”.

Nora, con un cetro en las manos y los dientes cariados, nos sonríe.

Sol y Luna. Así se llama otra de las mujeres. Así dice ella que se llama.

¿Sol y Luna de qué cielo?

En las noches de gritos del manicomio con su nombre en las manos, ilumina.

Estas mujeres son mujeres símbolos.
Sus cuerpos dóciles simbolizan nuestra mezquindad,
nuestro pequeño egoísmo devorador.

Hemos separado sus cuerpos de los nuestros
como cirujanos que separan el cáncer de la carne buena.

Ahí están en el pabellón 2, extirpadas y tristes
para que yo y vos no nos sintamos locos.

Mientras nos disolvemos en la luz tenebrosa de la televisión y la realidad que nos
inventa,
mientras colgamos los ojos en las vitrinas frías de los centros comerciales,
mientras llenamos y volvemos a llenar nuestro cuerpo de placer;
sentadas nos esperan, en sus fijas sillas, en su espacio quieto.

Yo he visto esos rostros abrumadores todos los días y con ellos la copa de mi
angustia se rebosa.
En ellas miro mi presente y mi futuro.

Desprovistas de Dios,
en un cielo que no se distingue la realidad.
Desprovistas de sus familias, felices porque al fin las dejaron en el manicomio para
siempre.
Desprovistas de mí.

Les toca seguir esperando.
Pero ya se acercan las manos que les quitarán los grilletes.

Entonces volverán a reír y cantar
como cuando eran niñas y alegres jugaban en los parques,
ajenas al terror y a esas sillas que ya las estaban esperando cuando eran niñas.

Javier Alonzo, septiembre de 2006.