Nuevo Amanecer

Danilo Torres in memoriam

Su familia y Estelí han perdido a un ser excepcional, Nicaragua a uno de sus mejores poetas.

Una tarde de inicios de los 80 me entrevisté en Estelí con el poeta Torres --entonces Secretario Político del Comité Municipal del FSLN-- para conocer mi ubicación en las estructuras partidarias de la Tres Veces Heroica. El poeta tendría 25 años. Había estudiado leyes en León y combatido en la guerrilla del Frente Norte. Lo que más llamó mi atención en ese personaje de verde olivo no fue su pelo afro, mirada directa, nariz alargada o labios pronunciados, sino su locución torrencial, las constantes gesticulaciones de sus manos y su pasión por la poesía. Sucedió que entre el papelero de su escritorio entreví una vieja edición de Las flores del mal, de Baudelaire, y entonces la poesía desplazó a los temas políticos, y sobre ella hablamos con la espontaneidad de viejos amigos. Así conocí al poeta.
Con el tiempo supe de la intensidad --y hasta obsesión-- con que asumía su trabajo; la velocidad de su pensamiento; su oratoria inflamable y la innata capacidad de comunicación que lo caracterizaban. Lo vimos entenderse con campesinos y gente de los barrios: albañiles, zapateros, verduleras, lustradores, vende-periódicos, barberos, meseros, maestros, enfermeras y profesionales; o desde las tribunas agitar enardecido a las multitudes, instándolos a salir airosos de las movilizaciones militares en defensa de la Revolución, de los cortes de café, de la Operación Berta y de cualquier tarea de entonces.
Entre los avatares de la Revolución construimos una sólida amistad, que también me acercó a hermanos entrañables como Ernesto Pereyra, Miguelón Díaz, Rafael y Bayardo Gámez, Ciro Molina, Uriel Sotomayor, Gonzalo Castillo, Nacho Juárez, Alberto Espinoza, Lucas Tórrez, Nayo Pérez, Hugo Pereyra, Elías Noguera, J. R. Vílchez, Ramón Montiel; los finados Gustavo Argüello, Ulises Lanuza, Efrén Ortez y a tantos más que murieron en la guerra defendiendo una revolución a la que se sumó una impresionante cantidad de compañeras, todos y todas gente de runga y solidaria, capaz de dar sus vidas por sus amigos y por sus ideales.
A veces, en uno de los corredores de la casa de Uriel nos juntábamos con Ciro, Rafael y Bayardo, a beber ron y cervezas, a leer nuestros poemas --los nuevos, los viejos o los ajenos--, a oír música de la vieja roconola que Uriel compró en San Juan del Río Coco --con la que de ipegüe le dieron un cachipil de discos de 45 rpm-- o simplemente a hablar. Hablábamos intensamente, quizá porque en esa época los días no siempre tenían mañanas, como no los tuvo para decenas que anochecían con vos y caían en combate a la mañana siguiente. Más de una vez nos fuimos “clandestinos” a la casa de Chepe Ortiz, quien hacía un mojito delicioso, con hierbabuena, azúcar y hielo, pero que en vez de ron le ponía una cususa especial que a Elías o a Chico Rivera le enviaban viejos guerrilleros de La Montañita.
En plena guerra, pero sin abandonar nuestras tareas, con la sabiduría de Pinedita, Ulises González, Alejandro Floripe, Braulio Lanuza y Ramonmanuel Parrales; el entusiasmo de Francis Terán y Carolina Acuña, la oportuna asesoría de Bayardo y Rafael, y un montón de gente, organizamos con el poeta un equipo de trabajo cuya dirección la asumió Ulises. El objetivo consistía en conmemorar el centenario de Estelí, lo que se convirtió en un acto monumental presidido póstumamente por Leonel Rugama y el Dr. Alejandro Dávila Bolaños, que aún recuerda la generosa gente esteliana.
Danilo fue un sempiterno enamorado de Estelí. Adoraba su terruño y no es casualidad que su libro en prosa lo titulara Ojos sobre el valle, pensando y refiriéndose a ese valle, su valle, y a esa gente, su gente, que tanto amó desde su niñez. El poeta Torres se reinventaba constantemente, porque --como lo describiera en un poema Miguelón-- poseía un “irredento espíritu de libre albedrío”.
Una mañana me llamó para invitarme a su nueva exposición de pinturas en una galería de Managua. El poeta pintor había incursionado en abstracciones pobladas por personajes monstruosos, porque monstruosa es la pobreza y todas las plagas con que el imperialismo agobia a la humanidad, me dijo. Esas imágenes eran reiterativas. Lo asaltaron desde su juventud, como lo señaló en su Autorretrato de pintor: “Empezaron entonces los faunos y sátiros a amargarme la vida y a merodear mi paz de colofón y cortinas de humo, y poblaron mi imaginación diablos y demonios y feroces rostros de personajes sin tregua y severas facciones de monjes verdes, metidos en hábitos medievales, guiñando los ojos sobre monociclos con paraguas, hasta expulsar atronadoras manchas rojas, negras, azules, amarillas y sepias tintas chinas, en texturas planas chillantes y soberbias y trazos rápidos irrazonables...”
Hace pocos días asistimos al III Festival Internacional de Poesía. Allí compartió su verbo y sus versos con la gente de Granada y más de 100 poetas llegados de 40 países del mundo. Estaba contento y pletórico. En la Plaza de los Leones departimos con viejos amigos, como viejos amigos. Habló a borbotones, recordamos anécdotas y gentes de otras épocas y nos reímos de situaciones de las que, gracias a Dios, salimos con vida. Andaba numerosos proyectos en su cabeza de poeta, que siempre estaba creando, inventando, reinventándose.
Antes del mediodía del domingo 18 me llamó Bayardo: Asesinaron a Danilo, dijo y no hubo necesidad de preguntar a cuál Danilo, pues la imagen del poeta estaba instalada en mi pensamiento. Minutos antes había llamado Georgina, Juan Ramón, Elena, Pancho y tantos más, avisándonos, condoliéndonos, convocándonos frente a la aciaga noticia. Después cada uno llamó a otro y a otro, hasta ser una multitud que nos juntamos en Estelí, en un funeral donde una vez más comprobamos que la hermandad cultivada en Las Segovias durante los difíciles tiempos de la Revolución sigue viva, firme, fresca, intacta, persistente a pesar de tantos años, distancias y desamores.
Hay noticias que uno nunca deseara recibir, porque el dolor que provoca su impacto te estruja el alma y te sumerge en una gris y espesa tristeza. El asesinato de un amigo es de esas. Y esas noticias inaceptables se convierten en laberintos indescifrables, en callejones sin salidas, en los que sólo nos quedan los recuerdos, los lamentos y esta rabia sorda contra sus despiadados asesinos.
¡Hasta la victoria siempre poeta hermano, y que Jesucristo conceda el eterno descanso a tu alma!

A Danilo Torres Rodríguez
Miguel Ángel Díaz Rodríguez.
Vuela, vuela, Poeta,
hermano, amigo,
como estela de luz
hacia los confines de la Eternidad.
Hombre de fe, corazón generoso,
irredento espíritu de libre albedrío,
seguros de que el gran Creador
tu sitio designó en el sempiterno Universo.
Creador incansable, talento fructífero,
perdurarás para siempre
en este valle y montañas tuyas,
cantadas en tu obra esteliana,
y signadas por el orgullo y altivez
del Tomabú y del Moropotente.
Amigo, hermano,
en el corazón y la memoria nuestra,
¡ciertamente siempre estarás!
Estelí, Nicaragua.