Nuevo Amanecer

Confuso itinerario del crucifijo de Rubén Darío


Debo confesar que me ha surgido una duda que se convierte en la confusión del crucifijo de Darío que le obsequió con todo cariño el prestigiado poeta Amado Nervo. En verdad en mi biblioteca, con varias obras clasificadas de estudios darianos, inclusive los escritos por nuestro admirado y singular Rubén Darío, no he podido precisar con exactitud el tránsito del referido crucifijo. Esto me obliga con respeto a determinar si tal crucifijo es el que se conserva en León en el Museo Archivo “Rubén Darío”.
En la vida de Darío son visibles aspectos interesantes expuestos en su Autobiografía, así como en los variados y diversos comentarios de intelectuales valiosos a los que la temática dariana les ha resultado atractiva, sugestiva y muy suficiente.
En primer lugar, ligeramente recordemos que apenas alcanzando los 14 años lo deslumbra, le hace palpitar su corazón y le provoca muchos ensueños su primer amor o primera novia, su prima Inés, la bella rubia, la paloma blanca y “el primer ensueño espiritual y alucinado del poeta”, y así fue el primer arranque pasional. Otro enamoramiento de Rubén se dio cuando conoció a la niña norteamericana Hortensia Buislay, quien trabajaba en un circo que por varios días hizo presentaciones en León. Al respecto, escribió Rubén sobre Hortensia: “En León de mi Nicaragua con mis 14 años encendidos quise irme en seguimiento de Hortensia Buislay, la niña ágil, errante, silfo del salto…” No se puede ni debe ignorar o dejar pasar que Darío tuvo en sus años de vida reconocimientos, aplausos, homenajes y también graves sinsabores.
Vale recordar aquí la brutal agonía que padeció hasta que la muerte le produjo terminar con sus sufrimientos en la tormentosa enfermedad que padecía; en una ocasión le visita Gómez Carrillo, quien tuvo noticias de los malestares que aquejaban a Rubén Darío, y después de los saludos le hace conocer Rubén de sus quebrantos en su salud y le dice: “Amigo mío, me siento muy mal, siempre muy mal… apenas trato de hacer un esfuerzo, la neuralgia me atormenta. Mucho dolor en la nuca y tengo ataques misteriosos que nadie me explica y que hacen mi vida imposible”.
Una grave pesadilla que le despertó todo muy nervioso, con mucha sudoración y fuertes palpitaciones en el corazón, pues fue un sueño bochornoso donde pudo “ver” que tres o cuatro sujetos querían desprenderle la cabeza con violencia y graves ofensas entre ellos mismos.
Y esta pesadilla tiene que pasar como una premonición de lo que le vino ante la fracasada operación al hígado del poeta por el doctor Luis II Debayle, que al extraer el cerebro, Debayle y Andrés Murillo se disputaban la tenencia del mismo, el cual se asegura y garantiza rodó por el suelo y luego instalado en una vasija de vidrio fue llevado para tenerlo a buen recaudo en las oficinas de la Policía.
Son legiones de escritores que a estas alturas siguen escribiendo con deleite, respeto y sinceridad sobre este célebre maestro.
Guillermo Díaz Plaja en su obra sobre Rubén Darío hace una cita que me permito transcribir: Rubén Darío tuvo muchos y encarnizados enemigos. En cierta ocasión, como se corriera la noticia de la muerte del poeta, un periódico centroamericano, “La Estrella de Panamá”, publicó este comentario: “Gracias a Dios que ya desapareció esta plaga de literatura española… con esta muerte no se pierde absolutamente nada”.
Y llega el momento de ampliar con la buena fe que el documento que me sirve para revelar y resolver el camino incierto del crucifijo que obsequió con mucho sentimiento y delicadeza Amado Nervo a Darío en París, copió textualmente lo que escribió en el exilio el jurista y fino escritor doctor Manuel Fernando Zurita en el libro EXPERIENCIAS, que narra varias etapas de su vida como prisionero político del FSLN y su vida en el exilio, primero en El Salvador y después en Guatemala, y aquí Zurita escribió muy dolido cuando catearon su casa para luego encarcelarlo junto con su esposa Estrellita, y así leamos:
“De libros y cartas, libros, centenares de libros cuyo destino ignoro y eso que yo los ofrecí en donación al padre Ernesto Cardenal para el Instituto Tecnológico de Granada. Cartas, cartas de puño y letra de monseñor Lezcano y Ortega para mí, del doctor Carlos Cuadra Pasos, del general Somoza García. Entre los libros había una edición príncipe de ‘Azul’ de Darío y más de dos incunables.
Las 14 cartas que Rubén Darío, ‘el cantor errante’, escribió a su esposa nicaragüense, doña Rosario Murillo viuda de Darío, me las dejó ella como legado en su testamento, lo mismo que los 30 tomos de la Biblia que Rubén leyó y anotó el crucifijo que le diera en París Amado Nervo al Bardo Rey. 14 cartas escritas en incontables años de ausencia”.
Masaya, Nicaragua