Nuevo Amanecer

48 - LA RECONCILIACIÓN DE VARGAS LLOSA Y GARCÍA MÁRQUEZ


(Motivación a las obras de la Literatura Latinoamericana y Española SS.XIX y XX)

Bueno, algunos de ustedes lo saben, estos dos invitados a nuestro barco de Ida y Vuelta (García Márquez y Vargas Llosa) un día de hace muchos años se dieron un puñetazo y nunca más se han vuelto a dirigir la palabra. Fueron muy amigos, y se han hecho enemigos. Lo curioso, y esto mismo se convierte en la razón de que por primera vez en esta sección se dedique un viaje a dos obras, es que ambos han vuelto al mismo lugar, al origen de sí mismos como escritores, con dos historias, dos novelas, con tan sólo dos años de diferencia que tratan un tema similar. Son viejas historias de amor, sensualidad y erotismo. Dos viejos que recuerdan a qué sabía la pasión, a qué sabía el sexo. Las formas son distintas, pero el tema es el mismo.
En cuanto a sus últimas novelas (Memoria de mis Putas Tristes, de G. García Márquez, y Travesuras de la Niña Mala, de Vargas Llosa), pues no serán recordadas como las mejores, ni siquiera como una de sus mejores.
Ambas están elaboradas con las viejas armas de un hacedor de historias que sabe cómo atrapar al lector y llevarlo hasta el final. Pero ahí termina todo.
Entonces, ¿por qué leerlas?
Primero, porque son divertidas. En el caso de Gabo, un viejo de 90 años se enfrenta a un reto: pasar una noche de amor con una muchacha adolescente y virgen. En el caso de Vargas Llosa, el protagonista, un traductor (él también lo fue) va y viene por el mundo y por la vida zarandeado por las apariciones y desapariciones de un viejo amor, una chilenita con capacidad camaleónica para ser y no ser al mismo tiempo, pero que encuentra con el traductor un placer sexual muy íntimo y repetido, una auténtica novela para leer en tiempo de carnaval, y no recomendada en Cuaresma, por aquello de evitar las tentaciones.
Segundo, porque ambas obras dan una idea del arsenal literario que hay detrás de estos autores, y a quienes aún, los más jóvenes, no se han acercado les gustará comprobar que en ellos están las brasas aún encendidas de un fuego legendario. En Gabo hay que volver al Amor en los Tiempos del Cólera, su mejor novela (para mí y para él), a Crónica de una muerte anunciada; y la catedral de la literatura latinoamericana del siglo XX: Cien Años de Soledad. En Vargas Llosa, sin duda alguna, a Conversación en la Catedral.
Tercero, porque ellos son las dos columnas literarias y comerciales que han sustentado el éxito de la literatura latinoamericana, y de hecho la preeminencia de la literatura escrita en español. Los que vienen detrás les deben mucho. Igualmente porque ellos representan la dicotomía del continente latinoamericano que hasta en el nivel artístico e intelectual se enfrenta siempre a una elección visceral: o la izquierda de la utopía y la revolución con el rastro de muchas sombras, o la derecha del neoliberalismo pseudo democrático al amparo de Estados Unidos.
Y si esas no fueran suficientes razones, están las de orden estético y literario. No son dos viejos que se aferran a sus recuerdos del sexo. En realidad, son dos viejos niños que empiezan a llorar porque se sienten solos, porque añoran la pasión en la que han consumido y vivido sus vidas: la de los contadores de historias. Añoran la búsqueda siempre insatisfecha del todo del ideal literario, de la obra de arte completa, es la misma persecución que Thomas Mann escribió en Muerte en Venecia. Es la vocación que se cruza en una vida y nunca la sosiega. Es el recuerdo del regusto literario, de cuando escribir una frase hermosa era devolverle la belleza al mundo, y en palabras de otro escritor “que las palabras recuperasen la vieja música, la de la madre hacia un niño en sus primeros meses de vida”. Al fin y al cabo, eso es la vuelta al erotismo de estos dos viejos, a los que sus lectores les agradecerían una reconciliación que no se ha dado, pero sin duda sería estupendo contemplar la foto de un abrazo esperado.
En los últimos años, muchos detalles han dejado patente su división. Un artículo publicado por Vargas Llosa en contra del régimen de Cuba, con el nada inocente título de “Las Putas Tristes de Fidel Castro”, en clara alusión a Gabo, o la reivindicación del nuevo Manual del Perfecto Idiota Latinoamericano en el que Vargas Llosa defiende la pluma demoledora de su propio hijo contra los hábitos comunes de un sector de la izquierda en Latinoamérica, además de las declaraciones de Gabo en alguna entrevista en la que no se digna a dedicar una sola palabra a su altercado con Vargas Llosa, no ayudan ni mucho menos a pensar en una reconciliación. Pero ellos son mayorcitos y ellos sabrán si las llamas del odio se pueden mantener por tanto tiempo.
Lo cierto es que ambos están volviendo a sus orígenes, buscándose a sí mismos, halando del hilo de Ariadna, y es posible que se encuentren a la salida.
Vargas Llosa le dedicó a García Márquez un ensayo muy difícil de encontrar que no ha vuelto a reeditarse, Historia de un Deicidio. En él expresa una interesante teoría:
- Escribir novelas, dice, es un acto de rebelión contra la realidad, contra Dios, contra la creación de Dios que es la realidad.
Es una tentativa de corrección, cambio o abolición de la realidad real... Éste es un disidente: crea mundos verbales porque no acepta la vida y el mundo tal como son (o como cree que son). La raíz de su vocación es un sentimiento de insatisfacción contra la vida; cada novela es un deicidio secreto, un asesinato simbólico de la realidad.
Las causas de esta rebelión, origen de la vocación del novelista, son múltiples, pero todas pueden definirse como una relación viciada con el mundo. Porque sus padres fueron demasiado complacientes o severos con él, porque descubrió el sexo muy temprano o muy tarde o porque no lo descubrió, porque la realidad lo trató demasiado bien o demasiado mal, por exceso de debilidad o de fuerza, de generosidad o de egoísmo, este hombre, esta mujer, en un momento dado se encontraron incapacitados para admitir la vida tal como la entendían su tiempo, su sociedad, su clase o su familia, y se descubrieron en discrepancia con el mundo.
Su reacción fue suprimir la realidad, desintegrándola para rehacerla convertida en otra, hecha de palabras, que la reflejaría y negaría a la vez.”
Estos dos creadores de mundos nos han dado mucho, se han dado mutuamente (y hasta llegar a los puños). En nuestras manos y antes nuestros ojos ya están reconciliados.