Nuevo Amanecer

Danilo Torres o la fuente bajo las piedras


Para los prosistas que han surgido en este tránsito del siglo XX al XXI en la literatura nicaragüense, la historia tanto remota como inmediata --la historia: fuente oculta o manando debajo de las piedras--, ha sido la materia prima, primordial, como vía de exploración, revelación e inventario de la realidad y de la identidad nacional.
Acaso esto se explica porque en la década de los 80 del pasado siglo la sociedad toda se propuso y se enfrentó por transformar la realidad y darle un nuevo curso a la historia del país. Por mantener la historia y por revertir la historia. Voluntad de ponernos al día con la historia, que no es más que tomarle el pulso al tiempo, casi siempre a destiempo o de hacernos por fin de nuestra propia historia. Necesidad de definirse entre la globalización, tal vez, para no diluirse. Afirmarse ante la negación de nuestros pueblos.
Danilo Torres, nacido en 1954, se ubica cronológica, escritural y hasta ideológicamente entre estos autores que se dieron a la empresa transformadora y que, por tanto, fueron actores y autores sociales, políticos, héroes y antihéroes, protagonistas y coprotagonistas de aquellos sucesos decisorios, principio y fin de una utopía que ha dejado su constancia en el testimonio colectivo o personal y en la ficción de Sergio Ramírez, Omar Cabezas, Gioconda Belli, Mónica Zalaquet, Erick Blandón, Donaldo Altamirano, Ricardo Pasos y otros.
Si la década de los 80 fue la década épica, la década de transición de un siglo a otro, de la revolución a la posrevolución, ha sido la de las memorias nostálgicas, con los Mejía Godoy, los Guaraguas o la Nueva Trova cubana como música de fondo (incluso, el tango “Adiós muchachos…”), la de la confesión y la autocrítica, la de la contemplación y de la autorreflexión, de aquí tal vez el ascenso de los libros autobiográficos.
Se pasó, pues, del nosotros al yo oculto, privado, íntimo, firme, culpable, convicto, cierto, que yace o fluye como fuente bajo las piedras, que no se sabe si son de los escombros o ruinas ilustres o de las bases de alguna futura construcción.
El discurso narratológico de Torres está más cerca de la ficción que del testimonio, toma distancia por la intuición y la razón; en este caso, el narrador necesariamente es un narrador omnisciente, todo lo sabe, todo lo ve, lo oye o ha oído, lo ha tocado o lo toca y todo lo puede y se impone decirlo todo.
Su discurso parte de una palabra que por ello mismo se torna paradigmática y que puede leerse en el mismo título de su obra: Ojos sobre el valle, es decir, ojos que son mucho más que ojos, para constituir una visión, es decir, una transfiguración, es decir, recreación e interpretación, no sólo del Valle de Estelí de Nicaragua, el poblado o la provincia que logra crear, a veces semi rural, a veces urbana, a veces remota, a veces inmediata, sino de la vida, de las familias, de las parentelas que se desgarran o se abrazan en su contradicción, de sus tramas.
Desde el primer párrafo el narrador advierte al lector de la importancia que tiene para él Estelí y su polisemia:

Este capítulo I es clave, llave para abrir el tema, la trama, la estilística y su diversidad. Hay en esta especie de prólogo un ensayista y un poeta en prosa en su segundo apartado que aspira a una visión prehistórica, a una visión cósmica y a su vez teogónica, no exenta de lirismo. Un tono épico, de canto general. Introducción que es prosema enumerativo, exaltativo, prosema que nos deja al borde de la novela, porque la novela empieza realmente en el capítulo II, “Buenaventura Atalaya”.
Sus otros diez capítulos son representación e interpretación: un gran panorama o una panorámica telúrica o terrenal, una gran contienda histórica o proceso revolucionario, que se describe a ojo de pájaro y a vuelo de pájaro, ojo de indígena, de mestizo y a vuelo de Boeing, que le permite a uno de los protagonistas escapar por el aire del conflicto o de la realidad.
Por tanto y en tanto visión, representación e interpretación, Torres requiere de una diversidad de tiempos y movilidad o traslape de espacios, exhibe una serie de recurrencias y pone a interactuar un repertorio de personajes con historias entrelazadas. Heterogeneidad formal, mezcla de géneros, corrientes y formas, fuentes, en verdad, bajo las piedras de la literatura nacional. De aquí que reconozcamos múltiples tendencias y recursos, entre ellas, cierto costumbrismo, a algún regionalismo, que podrían significar riesgos para un escritor y para una formulación escritural, tal este caso, decididamente contemporáneas. Sin embargo, del habla cotidiana o vulgar, popular inmediata como este párrafo:
De esta oralidad o habla popular se puede pasar a una narración o descripción en un español general; de un paisaje regionalista o una escena costumbrista podemos saltar o se nos puede abrir el realismo mágico, conocido asimismo como lo real maravilloso, por su inverosimilitud: Buenaventura Atalaya aparece leyendo y a la luz de un candil en una pequeña casa de adobe en el centro de Estelí.
¿Y a quiénes lee, cabe preguntarse? Nada menos que a los fundadores del pensamiento y de las instituciones que hicieron el mundo moderno desde el siglo XIX: Descartes, Kant, Diderot o Rousseau.
José Coronel Urtecho reveló la maldad de la inocencia, los falsos próceres y el refinamiento burgués y plasmó Managua, Estados Unidos en los alegres 20, los viajeros; José Román fundó Chinandega y sus bananeras; Manolo Cuadra inventó los tiempos de la intervención norteamericana; Fernando Silva recreó con mano infantil El Castillo y también el río San Juan; Juan Aburto trazó una Managua en la memoria; Mario Cajina Vega se recreó en la Masaya rural y provinciana; Carlos Bravo narró el llano de Chontales y sus campistos; Lizandro Chávez escribió el otro costado nacional, negro, anglófono, fluvial, marítimo y caribeño, Bluefields; Sergio Ramírez, inventa y reinventa León de Nicaragua y Chuno Blandón, San Rafael del Norte.
Danilo Torres funda Estelí.
En verdad sus Ojos sobre el valle es la novela fundacional de Estelí. Con ella, Estelí se incorpora a la narrativa nacional, más bien, es el marco donde cabe la verdad y la mentira, la fábula y la realidad, autobiografía enmascarada de topografía, de paisaje y fisonomía…

Estelí es un nombre excepcional, ya se entienda en sentido particular
o con intenciones de generalizar. Estelí es como substantivo propio el
nombre de varias cosas. Un departamento, un municipio, un valle,
montañas, una ciudad, una catedral, un muro derruido, una casa
hacienda, un río, un cine. Pero es además un significado global
que une radicalmente esos diferentes elementos, y los trasciende.
Los estudiosos, los inspirados, los sabios que departamentalmente
hemos tenido nos han legado unas traslaciones etimológicas
…Río de Piedras Rojas, Río de Sangre.

(…)Porque Estelí es en primer lugar la gente de Estelí.
Los estelianos que hemos conocido, junto a quienes hemos convivido,
con quienes hemos compartido experiencias cruciales…
Una manera de entender la vida.

(Cap I).

—Bueno pues, ya reventó— concedió Alejandro
—¿Y qué podemos hacer nosotros? — Preguntó Augusto.
—¡Pues volar verga!— remachó Emilio exaltado. ¿Qué otra cosa puede ser?
Benjamín de momento no quiso preguntar nada. Se sintió preocupado, las perspectivas inmediatas de la guerra no le parecía que fueran motivo de tanto júbilo. Pensó en sus familiares. Éstos los pueden hacer mierda —pensó. La voz de Augusto lo sacó de sus reflexiones.
—Estamos esperando— dijo Augusto, como para ganar tiempo, mientras se hacían una idea de lo que tenían ante sí.

(P 56) Cap. IV