Nuevo Amanecer

Meditación para los días iniciales del año


El cielo proclama la gloria de Dios y el universo pregona la obra de tus manos. Aquí en mi capilla, entre cielo y tierra abro mis manos hacia ti, Señor, para pedirte el descanso eterno de mi amigo, el Padre José Álvarez, dominicano, a quien conocí en la comunidad de hermanos de Jesús en San Nicolás de Oriente. Era un hombre fuerte y alto, pero un cáncer de huesos lo fue consumiendo por más de diez años hasta que ayer Chepito, el que vive en La Garnacha, me envió un e-mail para anunciarme su muerte. El cielo proclama la gloria de Dios. Yo siento que el Señor me llama a esa gloria y que no habrá llantos ni lágrimas, ni obscuridad, porque todo estará iluminado por la gloria del Señor, hacia el cual nos vamos transformando en su imagen con resplandor creciente (2 Cor). En la monotonía gris de los treinta años de vida oculta resalta la revelación de Jesús, con apenas 12 años, manifestándose a sus padres como el que «debe hacer las cosas de su padre». Qué dolor para aquella madre que aún no había comprendido que tenía que pasar por el dolor de tener un hijo marcado por otro camino del Padre. Mis caminos no son tus caminos. El señor escogió para su Hijo a una madre virgen y a un padre custodio. Cuando el niño era chiquito, los dolores de sus padres sabían de exilio, pero todavía él estaba allí con ellos. Ahora, ya mayorcito, se les separaba por su voluntad, buscando su propio camino. Recuerdo que yo comenzaba a buscar mi camino y me iba sin permiso a las iglesias solitarias de San José en escombros y a Molagüina y a la capilla de catedral, en donde encontraba la paz y la respuesta. Me diste por vocación, Señor, el ocuparme de unas imprecisables cosas del Padre (Lc 2,49). Aquí inicia el dolor de María y el de todos los que nos entregamos a una vida diversa, no comprendida por los demás. El camino con que Dios somete al alma a una prueba dolorosa que se ha diluido en un martirio prolongado de varios años. Ningún obstáculo, ni siquiera la inocencia virginal de María, impide que Dios nos introduzca en estas pruebas tan dolorosas que sufrieron y siguen sufriendo los grandes místicos. Haber entrado en esa prueba tuya, Señor, ha sido difícil. Todas las pruebas que hacían de mí un muchacho aislado, saboreando en su interior una voz que lo llamaba a servir en el dolor. Pasaron los años de formación y llegaron los inescrutables designios del Padre para hacerme padecer el dolor de la exclusión de mi propia Orden, la separación de mis hermanos, la muerte de mis padres y de mi hijo Rolando.
Y luego, sentir en carne propia el dolor del cáncer amenazador y la insuficiencia renal para caer ahora en un estado de tranquilidad y de calma, saboreando el triunfo de Daniel Ortega que desde el pasado 10 de enero tomó posesión de su cargo de Presidente. Se cumplieron todos los deseos, pero queda el enorme deseo de hacerme uno tuyo con tus sufrimientos en la cruz, en la soledad del desierto. Me dispongo a ello, Señor, sobre todo cuando me pongo a orar en mi capilla por las noches, cuando siento que en ese lugar de la Virgen de la Porciúncula, circulan ángeles y espíritus celestes que me confortan y ayudan a aceptar lo que me viene. En este lugar sencillo y solitario busco el acatamiento de la voluntad de Dios cuando me llegue de nuevo el dolor, el pre-final de mi vida creada a imagen del Señor. Y como nunca terminamos de encontrar a Dios, tenemos que buscarle siempre.
Como decía San Agustín: «Busquemos para encontrarle, sigámosle buscando ya encontrado. Para que le busquemos y le encontremos se oculta; para que le sigamos buscando una vez encontrado es inmenso. En el que le ha encontrado produce una mayor capacidad para que desee volver a llenarla desde el mismo momento en que se le ha ensanchado».
Nadie estuvo más cerca de Dios que María y, sin embargo, el dolor incomprensible de esta prueba y el ansia que puso en la búsqueda de Jesús perdido sin culpa suya alcanzan el valor de un ejemplar máximo. «¿Hijo, por qué nos has hecho esto? Tu padre y yo te hemos estado buscando con angustia» (Lc 2,48)- ¿Adónde se ha ido tu bienamado, oh la más bella de las mujeres? ¿Adónde se volvió tu bienamado para que le busquemos contigo? (Cant. 6,1). El dolor remansado, profundo, silencioso y nunca del todo explicable de María: ¡Le he buscado, pero no le he encontrado; le he llamado, pero no me ha respondido…! Yo os conjuro, hijas de Jerusalén, si encontráis a mi bienamado ¿qué le declararéis…? Que estoy enferma de amor (Cant. 5, 6, 8). Jesús era hijo de su propio vientre, pero ante todo se debía al cielo. Dios, su misión o su voluntad sobre nosotros tienen que prevalecer por encima de todo.
Pero ellos no entendieron la palabra que acababa de decirles (Lc 2,50). Ni podremos entenderla nosotros. ¡Oh hombre! Verdaderamente, ¿quién eres tú para disputar con Dios? (Rom. 9, 20). Dios nos reveló que su voluntad tiene que estar sobre todo, permitiendo aquel tormento de María. Sólo queda ofrecernos a ese dolor: «Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a ofrecer vuestras personas en hostia viva, santa, agradable a Dios: este es el culto espiritual que rendir (Rom. 12, 1).