Nuevo Amanecer

¿Y mis caites?

A la profesora María Auxiliadora Mendoza

Edwin Sánchez

El otro día no amanecimos. Más bien alunecimos. En la radio habíamos seguido todas las incidencias del primer viaje del hombre a la Luna. Los que pudieron fueron a la ciudad a ver donde alguna gente rica las imágenes por televisión. Así que todos estaban con la fiebre lunar.
“Éste es un pequeño paso para el hombre y un salto gigantesco para la humanidad”, creo que dijeron. Mi tío me contó que las imágenes eran impresionantes, por malas y borrosas, y no se podía distinguir bien si en realidad estaban en algún desierto de la Tierra o era la Luna; ¿un foro le dicen?, o una película de marcianos.
Claro, mi tío siempre ha sido un poco duro con los yanquis. No los tolera. De él aprendimos las palabras “invasión”, “intervención”. Y antes pensábamos que “invasión” era la de los hombrecitos verdes y que los cohetes los conducía Flash Gordon y no los que, decía mi tío, tiraban en Vietnam.
Vi que todos estaban asombrados por la hazaña del primer hombre en la Luna. Menos mi tío. Parecía decepcionado. Casi como que pedía que le regresaran el dinero del boleto comprado, después de tantos años de haber pasado hablando los Estados Unidos que colocarían un hombre en la Luna y el tal hombre no se miraba, o mejor dicho, siempre mirábamos al mismo que parecía asomarse, sobre todo cuando estaba de Luna llena, por todo el pueblo.
Entonces, les decía que no amanecimos esa madrugada. Ahí estaba, casi como tocándonos a todos, la enorme Luna. Era bella, de verdad, pero no trasmitida vía satélite, lo cual podría interpretarse como que era una Luna de mentira. Para que algo sea cierto, debe salir por la televisión, por “Life” o “Selecciones”, aunque sea una mentirota. En ese alunecer, nos sentíamos livianos, casi como que flotábamos. Hasta vimos vacas que mugían en el aire.
Ustedes saben, después que mi tío habló de escenarios y ¿locaciones?, que si era en la Tierra, en algún desierto y no en el astro, algunos empezaron a dudar de la hazaña, más si el héroe estaba escondido. El nuevo Colón parecía un gruñón ermitaño que no daba la cara para nada, después de semejante viaje que se pegó.
Pensé: tanto que gastaron los tales cheles para ir a la Luna y ahora, nosotros, desde aquí, a un tiro de piedra y sin ninguna cámara que nos filme para que digan que es una Luna auténtica. A lo mejor, la cámara nos oculta y no nos da a conocer por todo el mundo como el único pueblo que alunece.
Mi tío dice que lo primero que hicieron los astronautas fue colocar una bandera. Con mis amigos, porque mi tío andaba en la capital, aguzamos la vista para buscar la bandera de los Estados Unidos y no la vimos. Juan dijo que le ayudáramos a trepar a la Luna, pero le dijimos que podía ser peligroso. ¿Por qué?, preguntó el rejodido. Porque es de los yanquis y si salís después que no viste nada de barras y estrellas en vez de tirar los cohetes a Vietnam como dice mi tío, la vamos a agarrar.
A lo mejor se les cayó y hay que volverla a colocar, dijo Mateo, condescendiente.
No, les dije, algo patriota. ¿No se acuerdan que acaba de pasar septiembre? Si vamos a poner una bandera será la nuestra.
Ah, caray, no lo había visto así.
Marcos, el más curioso, dijo que su papá había puesto en el biombo de la casa las fotos de “Life”, una revista de páginas grandes. Y que ahí se miraban las huellas de los astronautas. Así que era necesario subir a la Luna para buscar esas costosas pisadas, porque mi tío me había dicho que los yanquis habían gastado millones de dólares en el programa de la conquista del espacio.
Bueno, le dije, pero después se va a hacer un colocho. Van a estar las pisadas de los gringos y las de nosotros. ¿Crees que las huellas de tus caites van a ser fotografiadas y exhibidas por la revista “Life”? No, hombre. Que se te quite esa idea. Aunque subamos y andemos ahí, no vamos a dejar ningún rastro en la historia.
No seas pesimista, dijo Marcos, moviendo todos los dedos, bajo las correas de los caites. Aunque no salgan en ninguna parte, nosotros sabemos que son nuestros pies.
Bueno, quizás. Pero, ¿y si después vienen a buscarnos, por andar ensuciando la historia de ellos? ¿Adónde nos metemos?
Pues nos escondemos en la Luna, dijo Marcos. Si Joselito ha cantado que “ese toro enamorado de la Luna, que abandona por las noches la maná”, por qué nosotros…
Se supone, les dije, que ahora la Luna ya no es de todos, aunque hoy esté aquí, tan cerquita. A lo mejor, ellos la pusieron a la orilla para ver qué hacemos. ¿Por qué no despertamos a la gente? Que vengan, que vean. Ahorita sólo estamos nosotros, sólo los chavalos.
Yo vine porque hacía mucho calor y quería algo de fresco, dijo Mateo. Y ahí te vi a vos con Juan.
Yo estoy aquí porque me avisaron ustedes, dijo Marcos, si no ya estuviera en el quinto sueño. ¡Qué bonita es esta bola! ¿Por qué no subimos ya? Caminemos y borremos las huellas que vayamos dejando, para que no se arrechen los yanquis, ¿no es eso lo que te da miedo?
Sí, dijo Mateo. No sólo los yanquis pueden caminar en la Luna y donde se les ocurra, también nosotros.
¡Va, puej!
Recorrimos casi toda la Luna y no hallamos banderas ni huellas a rayas de aquellas botas grandototas de los astronautas, ni aparatos ni nada. Y los únicos vestigios de alguna presencia humana eran las marcas que fuimos dejando nosotros. Rastros de pies descalzos, de caites, de zapatos rotos, de chinelas de gancho, de botas de hule, porque se nos pegó Humberto.
Bajamos después calladitos al pueblo, para que nadie se despertara.
Marcos corrió a su casa, cuando la Luna iba regresando a su lugar. Me dijo después que le pidió a su papá que cuando tuviera reales, comprara “Life”, que ahí aparecería algo tremendo. Y ya sacaba pecho.
Su padre fue a la capital y a como pudo, logró conseguir la revista. Cuando llegó, ya su hijo había quitado las fotografías del biombo donde se apreciaban las huellas de los astronautas, para poner sus nuevas páginas.
Aquí está la revista, le dijo su papá. Marcos, apresurado, buscó y buscó. Ahí se veía la superficie lunar que parecía hecha de cuajada ahumada. También una foto del despegue del Apolo 11 y una más del Módulo Lunar. En primer plano, el retrato de Edwin Aldrin que ahora narraba su parte. Las huellas de sus pies se observaban más claras en el suelo selenita que las del propio Neil Armstrong.
¿Y mis caites?, preguntó Marcos.
No sé dónde los dejaste, le respondió su padre.
Jinotepe, sept.07