Nuevo Amanecer

Fieras famélicas muerden la noche estrellada


A mi amigo Ronald Puerto,
a su pasión por la poesía.

Cuando en mi mente escribo repetidas veces
las mismas letras invisibles
sobre la inconsciente borrosa vida de los sueños,
la poesía transforma los sueños en hechos espirituales,
los transcribe de la fantasía al tormento de la obsesión.
El poeta pone los sueños en símbolos de letras
así como se pone una ciudad en el mapa del mundo.
El poeta en el sueño de sus símbolos se encarna en el alma;
espiritualiza la materia y materializa el espíritu:
fieras famélicas muerden la noche estrellada,
la beatitud se endemonia y los demonios son ángeles espirituales:
es el ángel que se transforma en luzbel
es el ser creado que se transforma en el creador,
es la invasión de la poesía que desarticula las defensas de la razón,
se acaba la historia y se niega la luz,
se desencarna la carne y se densa la sombra,
la irrealidad es indestructible,
la alteración es inalterable.
La poesía es una confesión de los sueños,
un presagio del pasado.
¿Quién puede someter a gritos un sueño
y sobrevivir en la encarnada alteración de la realidad?
Cuando el hombre reproduce sus fascinaciones,
cuando el hombre recrea el mundo de su caos
y pervierte el desorden de los sueños,
el sueño es el refugio frente a la intemperie
o frente a la agresiva enfermedad humana de la multitud,
o frente a las bajezas del hombre y sus virtudes.
Los sueños siempre están descubiertos pero escondidos,
siempre están presentes pero ausentes.
Soñar les hace bien a los ángeles y a los hombres.
Un soñador llega a donde se encuentran encimados
los pedazos de tierra de la memoria,
un soñador llega sin mapa, sin brújula, sin barco,
sin naufragio,
y descubre su Cabo de Hornos, su Estrecho Dudoso,
la desembocadura espiritual del Siquia, del Mico y del Rama,
su basura y su desperdicio,
la boca del volcán que te arrastra y te saca del infierno
como una estatua de la libertad incendiándose,
hecha de roja viva lava precolombina.
El soñador es un conquistador aventurero
que descubre el Cocibolca, el Océano Índico, el Peyote y el Pamir,
territorios fósiles o vivos, debajo del mar o encima del cielo,
poblados de hombres y mujeres
convertidos en lagartijas, dinosaurios, cormoranes y delfines,
que hablan idiomas desfigurados
y reptan y vuelan
en un cielo hecho de musgo, de sarro y de ángeles tuertos.
Yo he vivido en esos territorios
con mujeres más bellas que la Venus de Boticcelli
y las vírgenes de Fra Angélico,
mujeres atrevidas, desvergonzadas,
con el infinito impudor de la sensualidad;
mujeres que me han zarandeado mi desmesura,
el cataclismo de la piel y de la entraña y del chorro viril,
mujeres que me han hecho voltear los ojos hacia afuera
y hacia adentro;
yo he domado en una misma cama, la fiera sexual
de la Lucrecia Borgia, de la María Antonieta de Austria,
de la Jean Harlow, de la Shakira y de la Catherin Zeta Jones
y he desguazado almohadas de plumas de ganso
para volcarlas, como un rumor de ángel,
sobre sus cuerpos desnudos y sus pezones erectos,
o para vestirlas con el plumaje tornasolado de una pavo real;
he hecho perversas a las santas y santas a las perversas,
les he mordido la carne ámbar de su entrepierna
y me he comido su carne humana
sazonada con la perversidad y la lascivia de su espíritu.
Yo soy la lujuria y la gula de la mujer del prójimo.
Soy la maldad del pensamiento, de la palabra y la obra.
Yo me he sentado al banquete de los siete pecados capitales
y he sufrido porque mi arcángel de la poesía
me los ha transformado en Virtudes Teologales.

Granada, 26 de enero de 2007