Nuevo Amanecer

Poema de la pena irremediable


(En memoria de una aldea llamada
Estelí, que fue devorada por una
ciudad del mismo nombre)

Yo no sé cuándo ocurrió, ni de qué manera.
Estuve distraído y no pude percatarme
del momento preciso en que la ciudad devoró a mi aldea.
El peligro nadie lo vio llegar, porque estábamos ocupados
en las importantes cosas de la vida: el invierno
con sus lluvias apacibles y lentas,
el cielo casi siempre azul, entre los árboles,
y el entrañable río entre las piedras;
el caballo desnudo comiendo hierba junto a las aceras,
la vaca filosófica de ubre gigantesca,
la procesión de santos familiares,
el cura padrino de todos, el mendigo epiléptico,
la kermés pueblerina en el parque de siempre
y en el Viernes Santo, desde lo alto de la torre,
el llamado insistente de la matraca de madera.
Ahora no sé cómo se fueron para siempre
las suavísimas tardes de la aldea,
ni por qué de repente, sin el menor motivo,
se despertó y echó a trotar el tiempo.
¡Les digo que era amable hasta el querido cementerio!
Teníamos una plaza fangosa o polvorienta
y un cercano horizonte de pinares
dormitando en los cerros.
Las noches de verano, tan frescas y sin nubes,
nos acostumbraron a su extravagancia de estrellas,
y abajo, entre nosotros, por las oscuras calles,
por los patios abiertos, por las plazas,
un número mayor de azuladas luciérnagas.
Y una paz muy profunda dentro de cada pecho.
La gente se dedicaba, lo recuerdo como hoy,
a nacer, a crecer feliz, a casarse
y a marcharse en silencio.
No del todo, porque una vez al año,
bajo una cruz de palo nos decían : “Presente”.
Mi aldea era, no sé por qué lo pienso,
graciosa, mansa y amable como un ternero.
Lo más importante ocurría con las lluvias,
cuando chapoteando alegre iba al río la gente
a ver durante horas la corriente fangosa
con un árbol desgajado, alguna vaca muerta
y en una ocasión, cosa de risa, un ataúd viajero.
Pudo ser así por siglos. ¡Pero qué extraño,
qué doloroso que no pudo serlo!
El momento preciso en que ocurrió,
tal vez porque duele tanto, no lo recuerdo.
Sólo sé que un día, por en medio de las casas
se nos echó encima una carretera.
Llegó gente extraña, apresurada, hablando a gritos
y removiendo con máquinas la tierra;
nos dejaron al margen, tomados por sorpresa
y oyendo desde fuera, sin saber qué decirnos,
el tumulto feroz de los burdeles.
¿Cómo pudo cambiar todo tan rápido?
Los extraños llegaron y los nuestros se fueron.
A veces, sin quererlo, viejos nombres
que creíamos olvidados nos vienen a la mente.
O fugaces momentos de entonces, conservados
como espinas encarnadas, en secreto.
No haré el doloroso inventario, pero puedo decirles
que ahora hay aquí semáforos, pero ya no hay luciérnagas,
y que el oloroso rumor de los antiguos pinos
se convirtió en el aullido de los aserraderos.
El río, si me lo preguntan, sólo es otro recuerdo.
Hay tanto que decir, pero no sigo,
¡porque no saben ustedes cuánto duele!