Nuevo Amanecer

La abrumadora soledad de Darío

Era un niño perdido en un camino… Vargas Vila.

Ayer conocí a un Rey… hablé con don Carlos de Borbón, escribió orgulloso en mayo de 1887 al Gral. Juan J. Cañas, poeta y diplomático salvadoreño, que un año antes lo urgió a marcharse a Chile, a nado, aunque te ahogues en el camino. Entonces Chile ofrecía las mejores condiciones intelectuales y culturales para el pleno desarrollo de las colosales facultades de este paisano inevitable que a los tres años sabía leer, a los 10 conocía al Quijote, y a los 13 le habían publicado sus primeros versos en El Termómetro, periódico dirigido en Rivas por el notable historiador José Dolores Gámez.
Un año antes, el 24 de junio 1886, Darío arribó a Valparaíso, de donde se trasladó a Santiago, para integrarse a la redacción del diario La Época. Sólo tenía 19 años. Allá publicó Abrojos (1887) y Azul... (1888), considerada el despegue del Modernismo hispanoamericano y convivió con la elite intelectual chilena.
A fines de 1888 escribió a un amigo que lo apoyó a costear su pasaje hacia Centroamérica: Estoy declaradamente enfermo de tisis y con una complicación de neurosis horrible. Antes de partir logró su anhelado cargo de corresponsal del diario La Nación, de Buenos Aires, en el que colaboró José Martí. A inicios de 1889 dejó el país austral, enfermo y padeciendo severas restricciones pecuniarias, sortilegio que lo perseguiría la vida entera. La impresión que guardo de Santiago --escribirá años después-- se reduciría a vivir de arenques y cerveza en una casa alemana, para poder vestirme elegantemente, como correspondía a mis amistades aristocráticas.
En marzo de 1889 llegó a Nicaragua. En mayo viajó a El Salvador a dirigir el diario La Unión. En 1890 se casó con Rafaela Contreras, Stella, su alma gemela, pero el cuartelazo contra el Gral. Menéndez, su protector, lo obligó a abandonar el país. En Guatemala dirigió El Correo de la Tarde, el que pronto suprimió el gobierno. Se instala en Costa Rica, donde nació Rubén Darío Contreras. Su amigo, el Gral. Jiménez, canceló sus deudas. En 1892 lo nombran secretario de la delegación que el gobierno de Nicaragua enviará a España a la conmemoración del IV Centenario del Descubrimiento de América. Llegado a Madrid se relaciona con la crema de la intelectualidad peninsular, destacándose Juan Valera, Menéndez Pelayo, Ramón de Campoamor y Emilio Castelar.
1893 fue trascendental en su vida afectiva. En enero, con apenas 26 años, enviuda de Rafaela Contreras. Dos meses después, y sin que su frágil espíritu hubiese asimilado el impacto provocado por esa muerte, es forzado a casarse en Managua con Rosario Murillo, cuya sombra lo perseguirá hasta su muerte. Siete años antes, al partir a Chile, le escribió esta premonición: Te conocí tal vez por desgracia mía…y no obstante lo que te he amado, se hace preciso que todo nuestro amor concluya… Ese año nació y murió Darío Darío. A finales de mayo viajó a Nueva York, donde tiene el célebre encuentro con Martí. En junio está en Francia, donde me inicié en aventuras de alta y fácil galantería. Agotados sus recursos, parte a Buenos Aires. En agosto se incorpora a La Nación, escribe para otras publicaciones y el gobierno argentino le otorga el exequátur para que se desempeñe en Buenos Aires como Cónsul General de Colombia.
Contrario a lo que muchos creen, en lo laboral Darío cumplía sus obligaciones periodísticas, sus compromisos diplomáticos y sus relaciones con la intelectualidad porteña a cabalidad. Empero, aun entre los torbellinos de la vida bohemia --que ya con frecuencia lo arrollaban-- empieza a mostrar su perfil de solitario, hilvanando versos o rumiando amarguras. En 1894 escribe: Pasaba pues, mi vida bonaerense, escribiendo artículos para La Nación y versos que fueron más tarde mis Prosas profanas, y buscando por la noche el peligroso encanto de los paraísos artificiales.
En julio de 1895 confiesa su dolor y sus tormentos: He sufrido… lo que usted no puede imaginarse. ¡…la puñalada ha sido la muerte de mi madre! Y así, triste, y completamente solo he padecido inmensamente. ¡Tan solo!... Cosas que he tenido que me han dejado el alma adolorida… y usted, que sabe cuáles son los pesares de mi vida, comprenderá la cantidad de mi sufrimiento. Y son sus laceraciones: Enfermedad, desazones, perrerías de la vida, torturas de ánimo, soledades, amarguras íntimas han tenido a mi espíritu abrumado y agitado en estos últimos días… Jamás he visto días tan grises como estos días. Jamás he comprendido mejor lo que es la ausencia de la patria, por chica que ella sea. Jamás he creído ser más extranjero.
El mal de patria es una aguda contradicción en su vida: ¿Tengo yo a qué volver? No… ¿Tengo yo, he tenido yo, familia acaso en toda aquella gente de mi apellido que es mío hoy únicamente? Tengo un hijo y un recuerdo sagrado: esa es mi familia… mis amigos de infancia, que son los únicos, han concluido también. Unos han muerto, otros se han alejado; otros, cuando he llegado, me han mirado como a un extranjero. En fin, cada vez que me he acercado a la tierra en que nací ha sido para padecer… ¡Tú sabes las tristezas morales de mi niñez, las penas de mi juventud, las cosas dolorosas del hombre…!
A inicios de 1896 tiene 29 años. Los estragos que en él han provocado sus duelos y el alcohol lo llevan a orillas del suicidio: Ya era tiempo que vinieran las desgracias. El lado color de rosa de la vida se había repetido demasiado. Comenzó el lado gris o negro con estas fiestas seguidas que me han causado un sinnúmero de males físicos y un sinnúmero de penas morales… mi cerebro ha estado a punto de estallar, mi sangre a punto de paralizarse; dolores, desmayos, una calamidad. Luego el inmenso hastío que ve hasta la misma muerte como un refugio…y luego, noticias malas y decepción, y otra vez la vida sombría…he estado completamente solo cuando menos debía de estarlo. Y cartas que llegan, dándome pésimas noticias y cosas de qué arrepentirme. [Esta noche] será la tercera de insomnio y de ideas negras.
1898. La guerra hispanoamericana lo conmueve y en sus artículos de El Tiempo censura acremente a los Estados Unidos: No, no puedo, no quiero estar de parte de esos búfalos de dientes de plata. Son enemigos míos, son los aborrecedores de la sangre latina, son los bárbaros. Así se estremece hoy todo noble corazón, así protesta todo digno hombre que algo conserve de la leche de la Loba. La Nación tomó partido por España y lo designa corresponsal. Su misión es informar sobre la situación española. El 3 de diciembre de 1898 se embarca para Europa. En pleno océano, rumbo a Barcelona el último día del año, escribe: Creo en que Dios grande siempre ha estado guiando mi vida; aun en medio de los mayores dolores, está hoy poniéndome en una nueva y grata vía. Con este segundo viaje a Europa, inicia sus últimos 17 años y su etapa cosmopolita, como la califica Jorge Eduardo Arellano. Durante ese período produce con intensidad. Viaja a España, Francia, Inglaterra, Bélgica, Italia, Marruecos, Estados Unidos, Brasil, Argentina y México. Después de 15 años, en 1907, regresa temporalmente a Nicaragua.
A partir de 1912 empeoran los terribles tormentos de sus recaídas alcohólicas. Perdón por mi largo silencio. Tristes y habituales enfermedades lo han causado. Y ahora mismo te escribo enfermo. De esas crisis Diego Carbonell, en su obra Lo morboso en Rubén Darío (1943), escribirá: Apresuré mi desayuno y a las diez de la mañana me encontraba en la calle Miguel Ángel, donde Darío estaba sumido en el misterio de los ruidos de su casa y en las hecatombes provocadas en su imaginación por los ruidos de la rúa. Me entregué pacientemente a la observación del hombre que huía de los fantasmas sugeridos por un suspiro o una puerta que se abre, no sólo por la curiosidad natural en los de mi oficio, sino a causa de haberlo encontrado en plena crisis absíntica y de otros alcoholes. El poeta me hizo la siguiente confesión: Desde el día 19 --dijo-- a causa de la impresión que me produjo la lectura de un parricidio en Nanterre y el sacrificio o degollación utilizada en Armenia, bebo alcoholes que no atenúan la sensación que han producido en mí aquellas noticias…
Logré que durmiese, le dejé indicaciones para atenuar sus angustias y con la “relativa” supresión de los alcoholes apareció en Darío, como acontecía con Allan Poe y Verlaine, la manía de los viajes que después de una crisis dipsomaníaca lo impulsaba a dejar París. Empeoró. En un día llamó varias veces a Carbonell, quien comentaría: La crisis que yo creí haber detenido y que parecía confirmar el optimismo de los viajes que regeneran e inclinan al arrepentimiento, apareció más vehemente, más ansiosa y como una furia de dipsómano. Después de esta crisis viaja a Mallorca en busca de paz y recuperación y comienza la novela El oro de Mallorca. De esa estancia dice: Hago una vida singular de paz y ejercicio. Como y duermo bien. No pruebo alcohol ninguno, ni lo necesito. El riñón creo que ha mejorado, y los intestinos juzgo que se compondrán. Un mes después recayó: Como todo lo fatal, y como usted lo había dicho, llegó la archi temible crisis… No es esto decir que haya habido complicaciones de ninguna clase, ni deteriorizaciones que usted sabe que vienen en estos casos… Le advierto que todo esto ha sido provocado por un arroz de Anglada, el célebre pintor de París y por otro, comido con maravillosas muchachas de Palma que, posiblemente a usted le hubieran puesto, si no en idéntico caso, en irresistible tentación…
De esa crisis Juan Sureda --su anfitrión en Valldemosa-- escribió: Anglada nos llevó por mar en una barca a la playa hermosísima de Tormentos. Diónos un mal día Rubén. La noche siguiente hubimos de pasarla en la fonda y se entregó de nuevo al alcohol. Como una cuba me lo volví a Valldemosa. Después once días mortales… Dejó Rubén de nuevo el alcohol. Volvía a una buena vida. Escribió prosa y versos, de forma impecable. Rubén está consciente que es prisionero de una fiera: Sigo desgraciadamente, lentamente el calafateo de mi cuerpo y de mi espíritu, pero lo creo, por fin, muy difícil, y, sobre todo, la crisis fatal. Por consecuencia, no se podrá, jamás, sino domar, cuando se presenta la fiera, es decir, periódicamente.
A fines de noviembre dice estar bien a Dios gracias, para comenzar los próximos doce meses. Cinco días después agrega: Aunque mi salud va mejorando, siento a veces grandes desalientos y tristezas…Yo contaba, para poder rehacer mi vida, con la hacedera separación [de Francisca Sánchez]. No obstante, siento ya lo triste de mi soledad... Desconsolado dice: El estado moral, o cerebral mío, es tal que me veo en una soledad abrumadora sobre el mundo. Todo el mundo tiene una patria, una familia, un pariente, algo que le toque de cerca y que le consuele. Yo, nada. Tenía esa pobre mujer, y mi vida, por culpa mía, de ella, de la suerte, era un infierno. Y ahora la soledad… ¡Mi misma fe es tan a tientas! Sea lo que Dios tenga dispuesto.
El 11 de diciembre escribió: Hoy me encuentro con el espíritu y la carne tranquilos, alegres, y al parecer sanos. Soy optimista. El ejercicio, el apetito bueno y el uso exclusivo del agua llovida, de cisterna, que aquí se acostumbra, me han tornado a rehacer. Esto continuará así, si Dios y los acontecimientos lo permiten. Dios sobre todo. No fue así. Los espíritus burlones del alcoholismo lo atraparon y jugaron con él a su gusto y antojo, hasta doblegar al genio y arrastrarlo por las calles de Palma de Mallorca.
A fines de 1914 Rubén afirma: Mi salud está mala, más moral que físicamente; pero para ambas cosas los médicos me recomiendan por algún tiempo campo y reposo. ¿Qué mejor campo que el de nuestra América? A la verdad, fuera de motivos íntimos que me hacen sufrir mucho y que me hacen llevar una vida nerviosa e inquieta, bueno es alejarse de París en mi caso. En enero de 1915 envía de Nueva York un irónico telegrama a un médico: Según opinión médica, tengo solamente un millón ochocientos mil glóbulos rojos. ¿Qué hago?
Enfermo y auspiciado por el presidente Estrada Cabrera de Guatemala, dejó Nueva York. Quizá en junio de 1915 escribió a Enrique Gómez Carrillo a París: en esta generosa Santiago de los Caballeros, su amigo Estrada Cabrera ha hecho el milagro de prolongar mi existencia con sus amabilidades y sus mercedes… Él me ha dicho vive, trabaja, canta, y gracias al fluido de su carácter maravilloso, yo, casi un difunto, he cantado…Pero como todo tiene un fin, hasta el sobrevivirse, ahora me alejo de Guatemala en busca del cementerio de mi pueblo natal…
Rosario Murillo llegó a Guatemala (julio de 1915) para trasladarlo a Nicaragua. El 12 de agosto, en la última carta a Francisca Sánchez, le dice: He tardado en escribirte porque de nuevo he estado a las puertas de la muerte. Estoy hecho un esqueleto y apenas puedo andar. Mi enfermedad aquí se ha complicado y requiere muchos cuidados y ningún trabajo. Me confesé. Vivo de lo que me ayuda el presidente; hace meses que no gano nada y si te puedo mandar algo es gracias a la nobleza de esa mujer, como tú llamas a mi esposa, quien vino cuando yo estaba al morir, aconsejada por el Arzobispo de Nicaragua…Yo he dado los pasos necesarios para que el señor Presidente me dé para que recibas todos los meses una pensión. Si yo vivo siempre velaré por ti y por Güichín, y si muero, su educación quedará asegurada.
El 25 de noviembre desembarcó en Corinto. En la primera semana de enero escribió de Managua a don Emilio Mitre, Director de La Nación: Me hallo en mi patria, enfermo. Los médicos se equivocan: unos me hacen tuberculoso, otros hidrópico, y hasta me suponen medio loco... En mis deseos está el mejorarme un poco para irme al campo, gozar de soledad, de buena mesa, y montar un burro como Sileno para caminar al sol, y sentir el soplo libre del monte. O de no restablecer, pues hacer vida epicúrea, ¡hasta reventar!
Reflexionando sobre su estado señala: Las cosas que me suceden son consecuencias naturales del alcohol y sus abusos, también de los placeres sin medida. He sido un atormentado, un amargado de las horas. He conocido los alcoholes todos: desde los de la India y los de Europa hasta los americanos, y los rudos y ásperos de Nicaragua, todo dolor, todo veneno, todo muerte. Mi fantasía a veces hace crisis; sufro la epilepsia que produce ese veneno del cual estoy saturado. Me siento entonces agresivo, feroz, con instinto de destruir y matar. Así me explico los grandes asesinatos cometidos por el licor.
En sus últimos días Darío padeció terribles pesadillas en las que ve que ¨descuartizaban mi cuerpo y se disputaban mis vísceras¨, pesadillas premonitorias, pues durante cinco horas --en la práctica de la autopsia-- las cuchillas de los cirujanos extrajeron sus órganos. La madrugada del día siguiente, el doctor Debayle cortó con una sierra el cráneo hasta dejar a la vista el hermoso cerebro con sus hendiduras y destacadas circunvoluciones, el que extrajo, depositó en un recipiente con formalina y entregó a Andrés Murillo, el cuñado fatídico, quien después se negó a devolvérselo.

Debayle se apoderó del cerebro. Murillo recurrió a la Policía. El cerebro permaneció varias horas en la cárcel mientras el director consultaba al Presidente de la República, quien finalmente ordenó que se lo entregaran a Rosario Murillo. En compensación, Debayle recibió el corazón. Los riñones fueron donados a la Universidad…
A las 10:15 de la noche del 6 de febrero de 1916, el más grande de los intelectuales nicaragüenses exhaló su espíritu hacia la inmortalidad.

Managua, marzo/abril 2006.