Nuevo Amanecer

Cosas de la Luna


1.-

Ahora me ha dado por la tristeza, le comento a mi compadre. Son los años, me dice él, sonriendo. A mí me pasa lo mismo, me confiesa. Lo que hay que hacer, me dice poniéndome la mano sobre el hombro, es no darle chance a la depresión. Entonces siento el calor tibio de la amistad en su mano y una brisa natural en sus palabras. Porque si no compadre, póngase chiva, me advierte antes de sentarnos en la terraza a ver morir la tarde y tomarnos un trago.
Uno ya desesperado, continúa diciéndome apretando los ojos como queriendo recordar algo que se le escapa de la memoria, hasta se puede pegar su tamarindazo. Y la verdad es que la vida es lo único que tenemos y hasta prestada. El asunto es que no sabemos cómo administrarla y es una vaina.
Por eso pienso que los amigos son importantes, fundamentales. Es necesario compartir con ellos los clavos, las esperanzas, las ilusiones, los días de jolgorio y también los días grises, como éste de hoy, con un cielo cenizo lavado, que me ha puesto triste, con una luna tempranera que asoma su hombro desnudo detrás de una nube deshilachada con forma de isla en medio de un cielo como de “bluyín” desteñido en el paisaje terroso de la vieja Managua.

2.-

El otro día me dio por quedar viendo la luna un gran rato. No lo hacía desde niño. “Quizás eso es lo que hace falta...”, creo haber oído decir por ahí. “El hombre necesita ver más hacia el cielo, como lo hacían nuestros abuelos”… Porque nos hemos olvidado de contemplar las estrellas, el rumbo del vuelo de los pájaros, el rastro que dejan los cangrejitos en la playa. Observar las maravillas del universo que todavía podemos compartir en este mundo de mierda, o mejor dicho, ¡en este mundo que hemos hecho mierda...! Me acuerdo ahora, como que es hoy, que, acostados en el traspatio de mi abuela Lucila, con Pancho, el sirviente negro de mi tío Justo Rufino, le poníamos nombres a las estrellas y hacíamos un inventario de ellas como si fuéramos los dueños de aquel rebaño de lucecitas parpadeantes desperdigadas en la cúpula del cielo del pueblo.

Pancho me decía que el mejor cielo del mundo era el del Caribe, porque las estrellas se repetían en el mar. Cuando me mostró el caracol que trajo de Laguna de Perlas y me dijo que traía el mar adentro, me imaginé que cuando me marchara a Managua yo podría llevarme la canción del viento entre los pinos segovianos dentro
de un calabazo para escucharla cuando me entrara la cabanga.

3.-

“Es una manera bonita y barata de soñar”, me dijo el barbero cuando le conté que yo había bautizado a una pareja de luceros con el nombre de su hija Ana María al recordar sus ojos negrísimos y parpadeantes, cuando aquel día, por primera vez, me fijé en ellos al verla venir de comulgar con las manos juntas y el pechito de Palomita de San Nicolás, así levantadito, un Domingo de Ramos, con luna llena.

4.-

Yo le tengo miedo a la luna llena, me dijo Pedro el joyero. “Desde que vi la película El hombre Lobo no hay manera que me acueste tranquilo en noches de luna”, me confesó. Mi mujer me ha dicho que dormido, a veces me da por aullar. Y yo le creo porque en esos días amanezco ronco… Pero ya fui donde el doctor Herrera y me recetó un té de floripón para que me distraiga el sueño...
Pero a la mujer de Pedro, la Candelaria, lo que le quita el sueño son esas enormes uñas que a Pedro el joyero le crecen en noches de luna llena y con las cuales le rastrilla suavemente la espalda, y ya no digamos ese llantito como de lobo consentido cuando hacen el amor bajo la luna, en medio del traspatio.

5.-

El único que logró tener su propia luna en el pueblo fue Paco Loco, que de loco no tenía nada. En su casa del cerrito, dentro de un tinajón con agua del río hasta la mitad, metió la luna llena y tapó el tinajón con un gran guacal. Allí la guarda sólo para él y su mujer. Pero ella dice que le gusta más cuando está tiernita y sólo ve la
astillita de una luna temblorosa al fondo, donde también brillan sus ojos.

6.-

Tengo amigos de esos que les gusta que les digan poetas. En noches de luna llena les da por escribir. A mí, en cambio, me da una especie de tristeza y nostalgia por algo que no sé cómo explicarme. Cuando mi padre me regaló la primera guitarra, recuerdo que en noches de luna me gustaba cantar canciones ajenas bajo el alero del corredor de la casa. A mi perro le daba por ladrarle a la luna, tal vez él también tendría sus razones, como todos los perros... Pero esta tristeza que tengo ahora, estoy claro que son los años, me lo ha dicho mi compadre, que él de estas cosas sabe bastante, me dice, y nos bebemos la luna de un trago con boca de paisaje…

7.-

He visto la luna llena en Japón, roja como la de su bandera. Y en Holanda, rielando en los canales de Amsterdam. La he visto en Nueva York y Ciudad México tosiendo sobre los rascacielos. Y en Moscú, blanca y desnuda sobre la plaza roja. Sé que es la misma luna de Buenos Aires, zalamera y ronroneante como un tango de Piazzola. Y la de Santiago de Cuba, redonda y frágil como un plato de china. O como la luna de Río de Janeiro en febrero, blanquísima luna de la negra diosa Yemayá. Pero la luna llena detrás de los cerros de mi pueblo es la más hermosa y distinta de todas. Inédita como una tortilla de maíz recién echada en el comal de la noche. Luna de pobre.

8.-

Se mira en el espejo la mancha de la cara. Eclipse de luna. Cuando sale al jardín, sus ojos negros llenan todo el espacio vital. Los pájaros buscan sus nidos, las hormigas interrumpen su fila de hojas, de boronas de pan y su burocracia. Los gatos zalameros hacen el amor sobre el tejado bajo la luna negra.

9.-

Sentada sobre sus talones en el patio de nuestra casa en el barrio Pancasán de Managua, con las manos sobre las piernas y los labios pintados en rojo sangre, mi amiga japonesa Nobuyo Yagui, con sus ojos rasgados, ve de frente y sin temor el eclipse de sol que sobre el Xolotlán hace anochecer a Managua en pleno día. Después, toma papel y lápiz y dibuja un árbol oriental visto desde este lado del mundo, como un haiku. Hoy escribo este relato, diez años después, cuando la luna de octubre, desnuda y blanquísima, se baña en el Malecón del lago terremoteado.

10.

Ahora estoy claro. Treinta años después lo entiendo y se me paran los pelos. Aquella luna de diciembre de la Managua del setenta y dos se hizo añicos entre las ruinas de la ciudad desaparecida. Nunca más tendremos una luna tan hermosa como la que se apagó para siempre un veintidós de diciembre.

Desde entonces, una ciudad llena de sombras y miseria duerme bajo una horrible luz de neón.

11.-
En sueños, el poeta ordenó a sus sentidos: “Dejad que la musas vengan a mí...” Entonces llegaron todas hasta donde él escribía sin poder lograr lo que quería. Pero su mirada melancólica sólo se fijó en una de ellas. Una musa morena con una estrella en la frente y un lunar sobre el lado izquierdo de sus labios carnosos de gitana. El poeta le dijo: “Baila para mí” y ella bailó una sensual danza miskita. ¿Cómo te llamas?, le preguntó el poeta, sorprendido por su belleza, por el brillo de su piel y la gracia de sirena del Caribe. “Sirpikin Mairin”, contestó ella con su mejor sonrisa. Entonces sucedió lo que ya todo mundo sabe de esta historia.
Hizo el amor con ella y el poeta se llenó de inspiración. Ella supo que jamás lo abandonaría y la poesía llenaría para siempre su vida. Entonces los cantos y poemas salieron como pájaros de colores por la ventana del cuarto del poeta y poblaron el mundo de luz y de ternura. Desde ese día, el poeta escribe en noches de luna llena, cuando la luz plateada alumbra el camino por donde llega la mujer serpiente.

12.-

Dios, arquitecto de sueños, espejos y laberintos, nos invita a los poetas a soñar o reinventar que la luna es un barrilete con el rostro de una mariposa, un jaguar o algo así como una canción para vencer el tedio. O una inmensa aspirina para quitarnos la resaca de un desamor, por ejemplo…

13.-

Alunizo en tu pecho. Navego en la tranquilidad del mar de tus ojos. Se llenan mis sentidos de diminutos cristales de colores. El dulce aliento de la noche me sabe a fresco de guayaba. La luna se derrama sobre el patio como un bolero.