Nuevo Amanecer

El poeta Silva y Eunice Odio

El poeta Silva entreviendo “la sangre atariada” y “a Dios mismo en plena tarea” en Eunice Odio y en las entonces novísimas poetas en chote

Es en la Granada post-terremoto. Las mesas están al aire libre. El cielo es claro y esponjado. La luz se endulza al caer de la tarde. El suelo de tierra está apisonado y recién mojado. El mantel de la mesa es a cuadros y de plástico. Encima hay botellas de ron y muchas bocas que hacen agua la boca.
El maestro de la llamada Generación del 50, Fernando Silva, tiene agarrada de la chiva nuestra atención. Comienza a hablar en lenguas. Habla en francés. Borbotea en nicaragüense. Se deshace en poesía.

Así nos dice de Eunice Odio:
Eunice vive en Granada y el poeta Silva le va a hacer una visita. La casa está en un campito y mientras espera que la poeta se despierte y lo reciba, agarra un machete y se pone a rozar el zacate. Se aparece entonces José Coronel de punta en blanco. También va a visitar a la poeta. Cree que mañaneando va a tener el campo libre. Cuando se encuentra con la sorpresa de que “custodiando” la casa y machete en mano está el poeta Silva, sale embarajustado. Cuidadito y no tenga que batirse a duelo, zanganea en milésimas de segundo.
El poeta Silva, como todos —nos dice—, se percata y arrebata ante la belleza euniciana. Pero también escarba entre los pliegues de la belleza de la lince costarricense. Y se ha percatado no sólo de la musa, sino de la creadora que escribe con plenos poderes. El poeta Silva percibe “la sangre atariada” y “a Dios mismo en plena tarea”. Ve en Eunice a la mujer mujer, a la mujer completa.
En ese entonces, 1974, soy una muchacha risueña y preguntona. Entre el grupo de jóvenes que tiene hipnotizado con su palabreo, el cuentista nicaragüero por excelencia, observa mi nariceo en la poesía y el arte en general. Y así me dice:
El silencio es oro. No querás imponerte con tu cháchara. Callando vas a aprender. Tenés mucho que decir, pero aprendé a decirlo.
En ese entonces, 1974, soy una pregunta de inquietos ojos que empieza con su abecedario. El poeta Silva, nos dijo, entreveía también en nosotras, las novísimas, un “ajetreo de los ángeles” en chote, “las poleas de lo monumental” a punto de brotar, una andadura que se enrumbaba apuntando el exigente y duro oficio de las cosas bellas. Tienen mucho que decir, nos dijo, aprendan a decirlo, pues.
Hoy en la celebración de sus ochenta años, quisiera dejar dicho cuánto significó para mí que en aquel entonces —siendo ya él el poeta Silva—, se bajara a mi altura y me mostrara cómo escuchar y callar cantando.

Nueva York, enero 2007