Nuevo Amanecer

Mi niñez es el corazón de mi madre


No arrullo a un niño muerto dentro de mí
porque nunca me deshice del tesoro de mi vida.
Mantuve limpia la Casa Vieja de mi niñez:
los corredores, el quiosco, los jardines, las paredes de adobe,
el cielo raso de pecho de paloma, la capilla de la Virgen de la Flor,
las celosías, los roperos, las lámparas de lágrimas.
Se repiten las iluminaciones de las vidas cotidianas
que celebran el ritual de lo irrepetible.
Y aparece mi madre con un gran puñado de flores.
Ella baila descalza, se pone de rodillas, me derriba y me aterra,
y nada es importante sino ella y el mundo pierde sentido,
y siento su corazón y el mío siempre a punto de estallar,
su corazón que sangraría por el mío si fuera necesario;
siento sus manos en la suavidad del aire
y su rastro de lirios.
Yo tengo esa película muda
salvada con suspiros dulces en la honda violencia del mar.
Son imágenes sobrevivientes del naufragio.
El adulto derrotado en su delirio
es como una madre que aterrada por un alud de desdichas
le canta canciones al niño que lleva en su vientre.
Las visiones aparecen
con la misma naturalidad con que las flores cambian de color,
y veo los gestos antiguos de la belleza de mi madre.
El adulto derrotado hace con la niñez la fábula humana.
La vida ancha de la niñez
permanece viva en el plan de un embudo bocabajo
y desde allí continúan cantando el ruiseñor y los gorriones,
vuela un garrobito engreído y nada un leoncito pelón,
escucha mis confidencias mi caballito volador
y lanzan bocanadas de fuego unos dragones minúsculos,
altivos y orgullosos.
No. Yo no arrullo a un niño muerto dentro de mí,
porque nunca me deshice del tesoro de mi vida.
Ese niño vive en un enjambre de Hadas y mariposas,
en un atolladero de estrellas
apretándole las tuercas a los tornillos de mi mundo.

Granada, 13 de agosto, 2007