Nuevo Amanecer

Impresiones


“Salamanca que hechiza la voluntad de volver a ella, a todo aquel que de
la apacibilidad de su vivienda ha gustado”.

Las siete y cuarenta y cinco minutos de la mañana, me hago tomar una fotografía en el salón de espera del autobús Expres que me llevará a Salamanca, voy al estanco de al lado por un lápiz. y un cuadernillo de notas, hago una pausa y ya estoy de viaje. Las ocho de la mañana, hora de partida, sentado en el autobús, me siento tranquilo, no sé si feliz, sí con mucha esperanza, si se puede llamar así al sentimiento y al deseo de volver.... ah, cómo quisiera retroceder el tiempo... y la vida: a la espera en la estación sentí inquietud por encontrar a alguno de mis antiguos compañeros o a algún otro conocido, escudriñando las caras de los pasajeros que viajan a Salamanca, qué va, otra ilusión que se esfuma de esta maleta que cargo de viajero de añoranzas ... ; desayuné ligeramente en la cafetería de la estación, con leche con un poco de café con churros que mojé como en aquellos tiempos, sabor sencillo al paladar que me hizo recordar cosas pequeñas y sencillas ... ; llevamos ya media hora de viaje y siento un poco de acidez... ah, los años, el maltrato de los años, viene a mi mente la horrible imagen de una enorme máquina estrujadora de años y vida, y si volviera a ser ahora el joven que inició su historia con este mismo viaje hace tantos años, siento mucha nostalgia, estoy a punto de llorar y ya estoy llorando, dos lágrimas bajan por mis mejías que terminan en mis labios con un sabor tierno y dulce; hago una pausa, admiro el paisaje, la sierra nevada y allá más a los lejos quizá la sierra de Gredos a uno y otro lado de la carretera y frente a mí, en la dirección que lleva esta excelente autopista española, la gran cruz del Valle de los Caídos; vegetación circundante de pinos verdes y vivificantes, todo cae y reverdece... todo reverdece y cae, la misma historia indefinida e indefinitiva de siempre; yo, aquí, y la vida que marcha siempre adelante; de pronto desaparece la luz, un túnel, estamos atravesando una montaña, veo ahora luces suficientes, y no ceso de escribir, vuelve nuevamente la luz; qué tierna y apacible, qué amorosa es la luz del túnel; a lo largo y ancho del trayecto están los espacios abiertos de Castilla, horizontes sin límites, así fue Castilla, la España de La Mancha, la de Felipe II, la de los caballeros sin mancha que llevamos dentro, ancha y generosa, la Castilla esteparia del mundo que ayer estuvo aquí y ahora está en cualquier otro lugar; un pueblo precioso, todo sembrado de tejados rojos en que sobresale la iglesia con la torre afilada entonando cantos de victorias de piedra; borbotones de flores amarillas encendidas a ambos lados de la carretera, anunciando con primor el verano, rencorosamente, en estas tierras rutilantes de fríos inviernos; otro pueblito a la izquierda, más modesto y sin iglesia; hago una pausa para ojear un periódico de Madrid (ABC) del día de hoy, 27 de julio del año de nuestro señor; ah Carmen, mi pobre Carmen, que a esta hora, en un hotel de Madrid, aún duerme a pierna amarrada, no pudo acompañarme en mi entrañable viaje, por un designio no difícilmente descifrable, ella volverá, estoy seguro que volverá, mas yo, quién sabe; sé del optimismo y de sus bondades, pero prefiero pensar que este viaje puede ser el último; leo un artículo de Camilo José Cela sobre Guadalajara, Nobel recientemente galardonado; me encuentro sentado a la izquierda, segunda fila de asiento del autobús, cruzo la rodilla para estar más cómodo, qué sorpresa, qué desagradable sorpresa, mi zapato izquierdo está despegado, qué horrible esto de llegar a Salamanca con los zapatos rotos... bueno, después de todo, se rompen los corazones, la vida, el alma, y por qué no los zapatos. Otro paisaje, el mismo que inspiró la mística de San Juan de la Cruz y a Fray Luis de León, arbolitos bellamente esparcidos en estos anchos campos de majadas y oteros; pienso en viejos amigos españoles de Salamanca, Antonio, plácido y pensativo, buen amigo que estudiando en mi cuarto, al suave calor de un frío bracero de invierno, me dijo de repente, que tenía una falta después de estarme viendo detenidamente, algo sorprendente para mí, que no tenia ni la menor idea de lo que se trataba, mira Emilio, me dijo, tienes una oreja más alta que la otra, desde entonces supe por qué mis gafas terminaban teniendo inevitablemente una pata más baja que la otra, y decía además, que yo era más inteligente que todos los demás estudiante españoles a quienes tildaba de gilipollos bah, le decía; y a este lado de la vida te digo ahora, compañero y amigo, que te equivocabas… siento de nuevo deseos de llorar, y brota otra lágrima; Francisco González, el de los catarros sembrados en las calles de invierno de un pueblo de la provincia, un caballero de La mancha; Rodero, muy joven, casi niño, inteligente y persuasivo, que me invitaba insistentemente a pertenecer al Opus Dei, castellanos todos que me hacéis recordar la imagen viva del caballero de la mano en el pecho, dónde estaréis ahora, qué será de vosotros ... ; allá está ya, Salamanca con sus catedrales de piedras irizadas y monumentos antiguos; hago una pausa, y ya estoy entrando por fin a la ciudad dorada, ya estamos por el río Tormes en la carretera que lleva a Zamora y Valladolid sobre la calle Filiberto Villalobos...
Son las siete de la tarde, tomo el autobús de regreso a Madrid, me voy de Salamanca y siento que algo dejo, que algo me falta, sólo le pido a Dios que me dé vida para volver...

España