Nuevo Amanecer

Tres poemas de Pablo Antonio Cuadra

Selección de Pedro Xavier Solís

Autosoneto
Llaman poeta al hombre que he cumplido.
Llevo mundo en mis pies ultravagantes.
Un pájaro en mis venas. Y al oído
un ángel de consejos inquietantes.
Si Quijote, ¡llevadme a mi apellido!
-De la Cuadra-: cuestor de rocinantes,
y así tenga pretextos cabalgantes
mi interior caballero enloquecido.
Soy lo sido. Por hombre, verdadero.
Soñador, por poeta, y estrellero.
Por cristiano, de espinas coronado.
Y pues la muerte al fin todo lo vence,
Pablo Antonio, a tu cruz entrelazado
suba en flor tu cantar nicaragüense.
(1938)

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Interioridad de dos estrellas que arden
a Mario Cajina Vega
Al que combatió por la Libertad
se le dio una estrella, vecina
a la luminosa madre muerta al alumbrar.
—¿Fue grande tu dolor? —preguntó
el Guerrero.
—No tanto como el gozo
de dar un nuevo hombre al mundo.
—¿Y tu herida —dijo ella—
fue honda y torturante?
—No tanto
como el gozo de dar al hombre un mundo nuevo.
—¿Y conociste a tu hijo?
—¡Nunca!
—¿Y conociste el fruto de tu lucha?
—Morí antes.
—¿Duermes? —preguntó el Guerrero.
—Sueño —respondió la madre.
(De El Jaguar y la Luna)

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Manuscrito en una botella
Yo había mirado los cocoteros y los tamarindos
y los mangos
las velas blancas secándose al sol
el humo del desayuno sobre el cielo
del amanecer
y los peces saltando en la atarraya
y una muchacha vestida de rojo
que bajaba a la playa y subía con el cántaro
y pasaba detrás de la arboleda
y aparecía y desaparecía
y durante mucho tiempo
yo no podía navegar sin esa imagen
de la muchacha vestida de rojo
y los cocoteros y los tamarindos y los mangos
me parecía que sólo existían
porque ella existía
y las velas blancas sólo eran blancas
cuando ella se reclinaba
con su vestido rojo y el humo era celeste
y felices los peces y los reflejos de los peces
y durante mucho tiempo quise escribir un poema
sobre esa muchacha vestida de rojo
y no encontraba el modo de describir
aquella extraña cosa que me fascinaba
y cuando se lo contaba a mis amigos se reían
pero cuando navegaba y volvía
siempre pasaba por la isla de la muchacha de vestido rojo
hasta que un día entré en la bahía de su isla
y eché el ancla y salté a tierra
y ahora escribo estas líneas y las lanzo a las olas en una botella
porque ésta es mi historia
porque estoy mirando los cocoteros y los tamarindos
y los mangos
las velas blancas secándose al sol
y el humo del desayuno sobre el cielo
y pasa el tiempo
y esperamos y esperamos
y gruñimos
y no llega con las mazorcas
la muchacha vestida de rojo.
(De Cantos de Cifar y del Mar Dulce)