Nuevo Amanecer

La inapreciable mercancía de Pedro Chatarra

“Pedro Chatarra” es un cortometraje totalmente producido en Nicaragua, bajo la dirección del nicaragüense José Wheelock. Su actor principal, Germán Pomares, alude aquí a la cotidianidad de la muerte y al valor de quienes se han sumido en ella y nos dejan llenos de incontables vacíos

“¡Hay muertos! ¡Hay muertos!”, pregona Pedro Chatarra en las calles de la ciudad, entre el vaho intolerable que resulta de la mezcla entre pobreza extrema y la perfumería de diseñador de los repartos residenciales.
Grita a cada paso ante todas las puertas: “¡compro muertos!”. Lo sigue la mirada indiferente de quienes habituados a tanta muerte, lo ven pasar cargado de restos, y en su rostro no hay un signo de dolor ni piedad; apenas la costumbre de vivir abandonado a su suerte de muerto. “Hay muertos, destazados, destripados, se lo compramos”.
Tiene que ser así: la muerte es la única seguridad del viviente; van a morirse, lo saben; vamos a morirnos, lo sabemos; vas a morirte, te lloraremos. Y llega, queremos creerlo, inesperada; tarde pero segura; lenta e inevitable; feroz y fría; inexorable, indiferente; muerte ya marcada.
Pedro sabe que no todos quieren a su muerto, y de eso vive, de los que con el muerto, ya sin habla, saben que es apenas una memoria de lo que podría ser y no es, ya sin ojos para querer se convierte en una pieza de equipaje excedida en peso, carga incómoda, artículo fuera de moda -llega un momento en que la viudez pierde su glamour-, un gasto innecesario, un lujo de otros tiempos.
Los hay quienes no pueden con su muerto pero se resisten a la venta, se aferran a las historias en común, los sueños compartidos, el pasado que por ley siempre será mejor.
“¿Te acordás de tus cafecitos a la luz de las estrellas?”, pregunta la mujer ya cansada del silencio de su muerto, cansada de esperar su muerte y no morirse, cansada del vacío que deja en el pecho la muerte de quien nos es querido.
“¡Hay muertos! ¡Hay muertos! ¡Se compran mueeertos!”, continúa Pedro Chatarra con su voz desgarrada. En algún lugar de la ciudad una mujer toma el sol en la piscina acompañada por su siempre presente muerto de lentes oscuros; aún no se ha decidido venderlo, quizás lo regale al siguiente carretonero que pase y pregunte por un muerto, su muerto.
A unos metros de ahí, en su traspatio, una mujer –que podrías ser vos o alguien que llora por adelantado tu muerte- está obligada a vender su muerto y marcharse para siempre del terreno que desde hace años ilegalmente ocupa. “Tengo que venderte”, le dice y sobre sus ojos cae un manto de tristeza; venderá con su muerto el destino que quiso tener y casi obtuvo, pero no estaban los tiempos para cumplir las más puras ilusiones.
“¡Compro muertos! ¡De hambre! ¡De soledad! ¡De tristeza!, continúa Pedro anunciándose; lo empuja la necesidad, el negocio no está bueno en esos días y tiene que ganar algo para cubrir los gastos de agua, comida para su fiel can y la electricidad que le permite un poco de felicidad cada noche: un televisor de 30 pulgadas que anuncia en dónde encontrará los muertos frescos en la mañana siguiente.
Quiere comprar al mejor muerto que ha visto en años. “Huele bien”, le dice a la mujer, consciente de que no puede pagar el precio real del muerto; nadie puede. La historia no tiene precio.
Aprovecha mientras la compra de muertos sea un negocio informal y no parte de una transnacional. Pedro tiene la oportunidad de vivir a costillas de los muertos, de tanto dolor que quita de las manos de los que venden un cuerpo. “Ya no puedo mantenerte, ya no puedo dormir al lado de la muerte”.
Pedro sabe que hay gente con el suficiente olfato para valorar el potencial en el mercado y pronto lo sacarán del negocio. Mientras tanto regatea un precio que le convenga y deje satisfecho al cliente. La única satisfacción que ofrece: llevarse para siempre el muerto, liberarte de esa angustia en el cuerpo, del impulso de gritar: “levántate y anda”, porque en estas horas ni Lázaro regresa al mundo de los vivos, sabe que son más felices los muertos.
Cuando Pedro revende un muerto, no se pregunta por el destino, en alguna ocasión escuchó que a los buenos muertos algunas personas los usan para exhibirlos como si de un muerto propio se tratase. “Esos son los mejores muertos, son los que ocupan un lugar privilegiado en la sala, los que a pesar de todo, no se olvidan”.
En ocasiones se pregunta, antes de caer hipnotizado por la televisión, si tras su hora final alguien reclamará el derecho a guardarlo o lo despojarán de sus carnes los perros callejeros. Lo piensa mejor, prefiere la segunda opción. Total, los muertos para los vivos no sirven de mucho.
Después de estas líneas verás a Pedro en tu ventana, no lo prometas, no le vendas nada, no le entregues a tu muerto, porque entonces no queda nada.

FICHA TECNICA:
Pedro se levanta como todos los día por la mañana y con su nuevo carretón de llantas de automóvil sale a negociar por las calles y barrios la compra y reventa de muertos, objetos sin valor que son vendidos como la chatarra.
Elenco: Germán Pomares, Zoá Meza, Ariel Bravo, Irene Guido, Martha Martínez, Heydi Salazar, Milton Guillén. Guión y dirección: José Wheelock. Dirección de fotografía: Alejandro Martínez. Edición: Kathy Sevilla. Producción: José Wheelock, Elena de Sojo. Cámara: Freídell Urbina. Sonido: José Luis Bravo, Luis Fuentes, Armando Moreira. Mezcla de sonido: Gerardo Arce. Casting y dirección de arte: José Wheelock. Foto Fija: Heydi Salazar. Asistente de dirección y continuista: Kathy Sevilla. Asistente de cámara: Yalí Steber. Asistente de edición: Ricardo Zambrana. Música: Eduardo Araica.