Nuevo Amanecer

80 años pesan


Ochenta años pesan. Esta carga que Sísifo nos heredó, y que a puro pulso hemos subido el poeta Fernando Silva y yo, se mantiene allá en la altura pese a las adversidades, unas emanadas de nuestra propia generación y otras por el entorno vil que vivimos. Hoy, por razones especiales se nos ha hecho la carga más leve, porque amigos en quitar pesares querían que por un día fuéramos felices.
Ochenta años pesan si el fardo adobado por nuestro limo, limo de río o fango pisoteado por el ganado, saturara nuestra carga. Ochenta años pesan si el localismo recorrido es lo mejor de nuestra comarca: las cuestas de Morrito a caballo, y en panga el largo caudal del río San Juan. Socando la cincha o enderezando la quilla como lo hacía el poeta Silva en su edad de adolescente o ahora que sumamos edades, cuando montaba caballos en San Pancho o remontando raudales frente a los Sábalos. Cuando con pluma de garza redactaba “Barro en la Sangre” o con péñola colonial retaba a las tribus indígenas en su terraza domiciliar. Ochenta años no pesan si convierte la pediatría en un simple juego de niños, y a la vuelta de la esquina combate a los más antiguos nahualistas, y entre sus contemporáneos al más tildado hispanista. Encrespa al Güegüence, a los güegüencistas.
Ochenta años pesan si escritor funcional intenta levantar con todo y su pedestal al caudillo. Ochenta años pesan si a la carga cotidiana sumas vidrio o vitriolo; toda la transparencia del cielo y toda la ira santa extraída por sus presiones a horacianos y salomonianos. La carta abierta a los hermanos salomonianos Pisones o el pórtico de “Tropical town and other poems”. Escindir la frase con poemas espléndidos nicaraguanismos o reforzar la prosa con dariimos retomados de las obras magnas del Maestro de Maestros. Pesado osario de quinientos años de literatura castellana, pero más pesado el herbolario que el poeta Silva transportó desde el campo a la ciudad: hojachigue, albahaca, orégano, romero, nancite, matepiedra, zarzaparrilla, cilantro, mencionado por Carlos Martínez Rivas, y ortiga mencionada también por Carlos, cucumeca, manzanilla, verdolaga, malva, salvia, ruda, cola de alacrán, tapón de tamagás, caña_brava, menta, chayote y más, mucho más. Larga es la lista de plantas medicinales, pero pediatra al fin, Silva excluye a todas y sólo deja la amapola, pariente de cannabis, para que después de un té se durmiera el niño. Que las bestias pasten en las plazas públicas es una prueba de que aún estamos en la era del caballo, aunque el caricaturista Manuel Guillén sostenga que no hemos salido de la era del chancho. Pesados son los rimeros de libros escritos en estos verdes escenarios: en las riberas de Morrito Carlos A. Bravo. En la costa lacustre Pablo Antonio Cuadra y en ambas orillas del río San Juan, José Coronel Urtecho y Fernando Silva Espinoza. Robleto, Rothschuh Tablada, Matus Lazo y Molina Rothschuh vendrían después. Todos consecuentes con una chontaleñidad que no tiene visos de agotarse. Ochenta años, poeta Silva, pesan. Émulo de Sísifo usted subió al Olimpo para no bajar jamás.