Nuevo Amanecer

Don Fernando Silva el poeta


Al concertar esta primera frase me percato de que hoy tengo la edad que don Fernando avecinaba cuando emprendí su trato, digo --increpa mi memoria-- cuando constaté mi afición por su ingenio y facha.
De lo primero por sus narraciones publicadas antes del 79, que argumenté en notas de estudio con afán de mostrar que prevalecen los diálogos sobre las descripciones espacio–temporales y el esbozo a trazos gruesos y pinceladas fuertes de sus personajes sin menoscabo de poder hurgar en su interior ni de crear aptas atmósferas; que al narrar en diálogo privilegia la veta oral y afirma su origen en la tradición popular con sus vetas mágicas y animistas.
En cuanto a lo segundo, don Fernando Silva y Espinoza érase ya un poeta a su abultada nombradía pegado, como lo estaba entonces con menuda exquisitez, a la mesa tupida de raras viandas prestas al ceremonial de sus amigos poetas en aquel comedor en patio donde la comadre.
Hacía gala de oficiante entre devotos consagrados al regodeo de la inteligencia y retozos del paladar, en rigurosa liturgia de comilona, parloteo y ágora; ajenos a la algazara en las otras mesas del frondoso solar extraviado por la Colonia Tenderí. Advertía complacido nuestra fiel adhesión a su hierática iniciación en los vericuetos de los platillos nacionales y su gama infinita de sabores y olores. Tortuga, venado, cusuco, guardatinaja, iguana, indio viejo, tamuga, criadillas; escuchamos en dueto al poeta y la joven lozana con delantal, en chinelas y sin libreta de pedido. Todos, dijo un vecino sin dar la cara, al modesto alcance de los suda camisas y medio pelos que vienen aquí con ínfulas de poetas.
Entonces no me atrevía escupir en esa rueda y me guardé de revelar mis notas, aun pensando que en vano habían intentado encasillar su obra de regionalista. Además, como buen granadino siempre supe que es médico y entonces pensé en la feliz coincidencia entre la literatura y su profesión por tratar asuntos de la vida y de la muerte. Auscultar el cuerpo excusa de asomarse al alma, pensé. Y no andaba lejos, puesto que ahora aseguran que las enfermedades ahí nacen. Del amor tratan también los poetas --me escuché decir adentro-- y del temor, cabe decir, dije, del terror a la muerte, como el que sentía cada vez que mi hija caía con asma, y cuando al fin fuimos a verlo nos tranquilizó con remedios caseros y la nueva que cesarían los ataques al salir ella de la etapa infantil. Y así fue.
Ya achispados alternaban ocurrentes y enciclopédicas noticias muy antiguas y muy modernas, entreveradas por bocadillos, sorbos, campante carcajeo y relamidas risotadas; resabidos del agasajo y afán que las camareras en pausados giros les obsequiaban revoloteando guiadas por el ceñudo celo de su dueña.
Debe ser influencia de Francia, y me tragué semejante idea antes que saltara sobre la mesa, por la pintura y la cocina. Es que me parece que el poeta cocina sus obras, si no fíjense cómo recomienda que hasta para hacer un gallo pinto es requerido el esmero del chef: hay que gotearlo con vinagre y dejarlo en reposo, tapado y a fuego lento. Antes, claro, había que seguir al pie de la letra las indicaciones de los aderezos en hierbas y condimentos, luego de freír el arroz y agregarle la exacta porción de frijoles.
Baja, recia, timbuca, con delantal y ojos de pájaro, la comadre desde un bajareque custodiaba la puerta a la cocina y la que daba a la calle, solazada con el aire suave que su butaca jalaba del fresco comedor de patio, para evadir el sopor y sus molestas consecuencias sobre su cuello entalcado y guarnecido de cadena y medallón de oro.
Los guiños, peladas de ojos y una que otra leve voz a su personal surtían suficiente soltura a sus manos ocupadas en nimias cuentas al aire y para atiborrar de billetes el fondo de su recargado delantal. Excepción hecha de los poetas a quienes distinguía con la titánica deferencia de arrimar a la mesa de cuerpo entero; sugerir platos, bocadillos y manjares; reacomodar y sacudir el mantel; sotanear camareras; increpar a los de cocina; sofrenar parroquianos díscolos; deshacerse en zalameras monerías y ofertar descuentos especiales en su condición de asiduos y fervorosos divulgadores; puesto ya lucía su local en programas y agendas orales de sonados eventos.
La verdad, asentí para mí, si CMR estimó envidiables las diligencias del pintor con sus cacharros y avíos, ¿no será, por el contrario, que el poeta Silva trasladó a paisajes internos del alma de sus personajes los aparentes externos, con posibles incidencias de la técnica pictórica de las corrientes en boga y anteriores a su estancia en Francia?
¿Baste pensar que traspuso la luz y su intrincada parafernalia en los objetos, a la que reposa adentro evocada en los subtextos de sus diálogos para teatrales?
No tuve ocasión a pesar de constantes oportunidades en reuniones varias o mejor aún en improvisadas visitas a sus entonces preferidos centros de peregrinaje como El Chalecito, El Manguito, El Gran Lago (a su vez preferido de Pérez Estrada, entre otros por la corvina a la plancha) o en Granada El Buen Gusto (entre nos, conocido por insuperable sopa de cola y de res como El Manguito; sede de un repicado agasajo a Josecito Cuadra).
En todas éstas poco o nada habló de su obra escrita (o por escribir, que siempre leo) y guardé agradecido silencio por compartir su impar saber de las culturas originarias, la tradicional popular y la nacional en su conjunto; intercaladas con sus interminables lecciones de gran conocedor y excelso sibarita.
Hace poco en razón de un seminario nos reunirnos y luego en su casa para continuar ideas y planes de trabajo. Hoy de nuevo topo con don Fernando Silva y Espinoza, protagonista de anécdotas propias y ajenas, a la mejor manera de sus antecesores barrocos y modernos.

Granada, enero de 2007