Nuevo Amanecer

Si Fernando Silva en vez de poeta hubiese sido actor de cine…


Si Fernando Silva en vez de poeta hubiese sido actor de cine, sus roles estelares los imagino así: a. vestido de pantalones bombachos y turbante emergiendo de la lámpara de Aladino, enorme, con los brazos cruzados, tocándose la barba, dispuesto a cumplirle al joven sus deseos, pero gozando con malicia haberle provocado semejante susto; b. dirigiendo las huestes del desierto en Lawrence de Arabia, cabalgando sobre un brioso alazán árabe con la túnica blanca al viento; la luna de zinc sobre el desierto al fondo; c. personificando a Fidel Castro en un remake monumental de la gesta de la revolución cubana; d. amigo y cómplice de Marcello Mastrioanni en 8 y medio de Fellini, o discurriendo sobre la belleza de Anita Ekberg en la Dolce Vita…; en fin, tantos roles magníficos le cabría personificar a este panida de nuestro Olimpo criollo, pues es, sin duda, de los poetas de su generación quien posee la más interesante, expresiva e hidalga figura.
Pero no es sólo su figura lo que me lleva a imaginarlo en versátiles caracterizaciones, en un medio fluido y dúctil como el cine. Precisamente lo imagino en un medio que registra la totalidad de la expresión del artista, porque es difícil imaginar a Fernando Silva quieto – ¿Fernando Silva retrato, escultura, fotografía? Nada de eso le cabe. Él es un ser cuya poesía está unida a su movimiento, a su gestualidad, a su voz, como un niño está unido a su madre por el cordón umbilical.
Siempre que leo sus poemas, lo oigo diciéndolos, lo veo. Veo su rostro angular, la nariz, las cejas tupidas, los ojos penetrantes detrás de los cuales la risa y la jovialidad tienen una morada permanente y veo sus manos delicadas y largas de médico, apuntando, señalando, tocándose la barba en un gesto reflexivo que indica que detrás de esa energía hay un ojo de agua profundo de donde brota ese caudal. Y es que Fernando Silva difícilmente logra contener cuanto nada en ese ojo de su memoria, en la percepción poética de la realidad y de su ser nicaragüense. Por eso más que montaña --a pesar de su estatura-- es río, un río donde la música de la naturaleza sencilla --la de las ranas y los colibríes y las libélulas-- encuentra palabras para decirse. Siempre recordaré como un momento encantado de mi vida una reunión de amigos en su casa, cuando se puso a contar cómo hacían el amor, cómo se llamaban entre sí las ranas y los sapos, los pájaros.
Recuerdo sus manos, su cara y su camisa blanca contrastada contra la verde enredadera de su jardín, mientras describía el cortejo amoroso de las libélulas, cómo éstas hacían el amor volando, encontrándose en el aire. Todo él, mientras hablaba, se convertía en lo que describía, lo “remedaba” con un acierto casi sobrenatural y uno sentía, en esa capacidad suya, la increíble consustancialidad de su alma de poeta con todo eso que lo rodeaba, eso que él lograba transformar en onomatopeya, en celebración asombrada y dulce de las sencillas y accesibles maravillas, para las cuales él nunca ha necesitado el verbo rebuscado, ni la pirotecnia verbal.
Fernando Silva ha sido un poeta “naif”, en cierta forma, un poeta que confía en la esencial gracia y armonía de lo que narra y más que hacernos partícipes de un complejo proceso de elaboración, se esmera en hacer de médium entre lo observado, entre la vibración de sus propias antenas, y nuestra propia percepción. Ha sido un gozo tener a Fernando Silva entre nosotros durante estos ochenta años y así esperamos ver su hidalga y siempre efervescente presencia entre nosotros describiéndonos la edad de Matusalén. ¡Felicidades poeta! Lo queremos.