Nuevo Amanecer

Su obra desde mis recuerdos

“He acariciado a la gran Naturaleza, y he buscado, al calor del ideal, el verso que está en el astro en el fondo del cielo, y el que está en la perla de lo profundo del Océano.” El Rey Burgués (cuento), Rubén Darío.

De los primeros años de adolescencia recuerdo con fresco entusiasmo algunas obras de la narrativa nicaragüense, principalmente: “El Comandante” (1969) y “De tierra y agua” (1965) de Fernando Silva (Granada, 1927), “Bananos” (1942) de Emilio Quintana (1908-1971) y “Los monos de San Telmo” (1963) de Lizandro Chávez Alfaro (Bluefields, 1929-2006). A esos libros y autores debo en parte la cómplice afición que me despertaron por la lectura que se volvió inagotable, derivando en una irresistible necesidad interior por escribir como una consecuencia de desahogo y un refugio de soledad.
Cuando remonté las anchas aguas curvilíneas del río San Juan, El Castillo, Sábalos y San Carlos, cuando bordeé las orillas del Gran Lago de Nicaragua desde Puerto Díaz en el departamento de Chontales, me resultó imposible no recordar las primeras referencias que sobre estos paradisíacos lugares de aguas, verdor, ganado, aves, gentes y anécdotas encontré en el cuento y la novela de Fernando Silva. Al ver entre la bruma, desde San Carlos, el Archipiélago de Solentiname, vino rápidamente a la memoria Ernesto Cardenal; cuando me tomo un café caliente en una mecedora bajo la fresca brisa del ese río y su lago, siento en el aire flotar, como un murmullo al oído, un poema de José Coronel Urtecho.
¿Qué puedo escribir sobre Fernando Silva, quien ronda con altivez de cóndor las alturas de Los Andes con sus ochenta años bien vividos, bien leídos y bien escritos?, como hace poco también lo hicieron el padre Ernesto Cardenal (Granada, 1925) y el maestro Guillermo Rothschuh Tablada (Juigalpa, 1926).
Busco en el estante de libros viejos de la casa de mi madre la novela El Comandante, leída por obligación escolar y disfrutada como paseo matutino de domingo. La encuentro, es de pasta celeste descolorida, hojas café-amarillentas manchadas, algunas despegadas, es la tercera edición (Pinsa, 1974) de 213 páginas. No se distingue con claridad en la portada y contraportada el dibujo del Castillo del río San Juan y del puerto lacustre San Carlos del Frankeslinie´s Ilustrated News Paper de 1857 que Pablo Antonio Cuadra arregló. Dentro, las huellas de la vieja maña, cada vez más asentada, de subrayar los libros y textos, hacer notas al margen. Después de 33 años no entiendo por qué señalé unas líneas y no otras.
Leo algo, parte de lo subrayado: “-Y, ¿cuánto tiempo tardó allí? /- Pues poco tiempo. / -¿Nada hizo pues? / -Nada, más bien me parecía que estaba perdiendo el tiempo, y eso me aflige a mí, porque --pensé un ratito-- viéndolo bien, dijo: el tiempo es el verdadero oficio del hombre”. Más adelante: “La lancha a media vela, arriado el foque y con la brisa nada más viéndose de costado. En el palo de proa uno con una palanca tanteando, porque hay bancos de arena que se forman solos; tal vez una corriente se viene y desmorona arriba, lo que hace que entre al lago un basural de troncos y también los ríos llenan y entra más agua a un lado y a veces eso hace que se tapen los corrales de piedras.” …“La Santa María cogía bajo cubierta, en la bodega, unas treinta reses y arriba de la cubierta unas diez más. Allí encima, las plastas se aguadean con la pateadera de las reses y corren verdosas y chirres, saliendo por los lados, que todo el tiempo van echando baldadas de agua.” …“Sin vientos esas costas son aburridas, …más plomizo se veía el cielo y así también el agua, como negruzca…”
“Ya de noche estábamos bajo las luces de Sábalo, nos fuimos acercando y buscando el lado del caño, porque el muelle queda alto para el bote…” …“queda una lluvia fina como pelo de gato que moja el monte, …sobre esa hierbas de Cholcas que flotan como si fueran empanadas gruesas y enrolladas, …abajo el agua se mira verde porque hay lama espumosa como baba de árboles, …como un caracol que se despliega, la madrugada enseñaba lo de adentro, liso y tornasol… Empezaba a verse más claro, la neblina pasaba encima como humo…”
Volver a leer lo leído y lo subrayado despierta recuerdos del pasado visto con los ojos de ahora, como para Fernando Silva escribirlos significó las imágenes de su infancia desde las riberas del río San Juan, donde trabajaba su padre como comandante de El Castillo. La imagen del San Juan y su lago derivada en la lectura se fue haciendo igualita a la que después vi con mis propios ojos, sentí la humedad que todo lo abarca y la claridad del sol que escondidito sale a hurtadillas a ratos mientras una nueva nube gris revienta nuevamente en un aguacero o una fugaz llovizna. Se ve en las casas y los rostros el abandono y el olvido. El ruido del agua en los rápidos raudales, el flujo y reflujo del río sobre su cauce es un murmullo que se suma al concierto que junto a los pájaros, las ramas de los árboles azotadas por el viento, los animales de monte y los lejanos gritos de un pescador, orquestan como en una inimitable armonía.
¿Sabe usted, mi apreciado don Fernando, de la alegre figura, cuántas huellas ha venido dejando sobre el camino andado por estos ochenta años que el primero de febrero conmemora?

www.franciscobautista.com
Managua, 20 de enero de 2007.