Nuevo Amanecer

POESÍA. TRILCE (1922) Y POEMAS HUMANOS (1939)

César Vallejo (Santiago de Chuco, Perú 1892- París, Francia 1938)

A Vallejo, no hay duda, lo han rescatado los jóvenes. En particular, los jóvenes poetas. Se han adelantado todos ellos en América Latina y en España a los aniversarios, y los “revivals” del mercado editorial. Desde hace tiempo César Vallejo ha resucitado de forma natural, sin marketing. Un boca a boca, verso a verso, como golpes… “golpes tan fuertes como el odio de Dios” Ese verso, por ejemplo, yo no lo conocía hasta que lo vine a escuchar en un patio de una casa de un barrio de Managua, dicho por un joven poeta que no sabe que lo es, y eso que dicen que en Nicaragua todo el mundo lo es.
Hace poco, era Blas de Otero, el poeta español que se mostraba en Ida y Vuelta. Para mí, Blas de Otero fue un descubrimiento tardío. Pero nunca es tarde, si… Y precisamente, como una cosa lleva a la otra, Blas de Otero se sabía de memoria muchos poemas de César Vallejo, y gustaba de recitarlos en público. Y es que a pesar de ser dos poetas parecidos en intensidad y entrega en todas las etapas por las que sus obras caminaron, Vallejo es un poeta de unión, más que de Ida y Vuelta. Tanto dio a España como a su América Latina. Su voz sirvió a generaciones en lucha contra la opresión, o contra el sentimiento de derrota. Su voz ha vuelto ahora, desde hace algunos años por la forma más linda, por las voces de jóvenes poetas de un mundo que ha traspasado todas las fronteras, y que lo han acogido como un hermano luminoso y a la vez terrible. Pero auténtico, el valor que anhela la poesía más joven. Francisco Ruiz Udiel, un joven poeta nica, decía en uno de sus versos. “Pasa Vallejo, pasa la muerte”.
Y en esta ida y vuelta habrá que volver a Nicaragua, porque ahí están los comienzos de Vallejo. Bueno, así dicho, puede que parezca una sinécdoque pues quise decir Rubén Darío. Los cimientos de Vallejo están en Rubén Darío (una parte del todo Nicaragua). En Darío, Vallejo vio el atrevimiento de una modernidad que reta al clasicismo e instaura el imperio del ritmo y de la imagen.
Luego Vallejo se separa, aún llevando las semillas de Rubén, y nos regala Trilce, un título y un nombre inventado. Empieza a ser Vallejo, sin nadie más a sus espaldas. Empieza a desordenarlo todo, buscando nuevos caminos de expresión, revolucionando la sintaxis. Es una búsqueda que lleva a un mismo fin desangrado y rotundo que no admite medianías.
Pasó un tiempo eclipsado por la arrolladora figura de Pablo Neruda, pero como vivimos historias de ida y vuelta, puede que sea hoy Vallejo el poeta mejor leído de América Latina, es decir, el escuchado con más atención junto a Nicanor Parra. Discípulos post mortem se cuentan por legión, y lo reclaman para sí, como un símbolo latinoamericano que no estoy seguro que buscara ser.
Pero qué tiene Vallejo para que se le permita caminar como un compañero fantasma entre nosotros. Pues tiene versos como éste de los que se dice que escribió en la cárcel:
Rumbé sin novedad
por la veteada calle
que yo me sé. Todo sin novedad,
de veras. Y fondeé hacia cosas así,
y fui pasado.

Doblé la calle por la que raras
veces se pasa con bien, salida
heroica por la herida de aquella
esquina viva, nada a medias.
Aun en Trilce tiene deslices tan jugosos como éste, que no buscan la invención de la palabra ni la ruptura de la sintaxis:
He encontrado a una niña
en la calle, y me ha abrazado.
Equis, disertada, quien la halló y la halle,
no la va a recordar.

Esta niña es mi prima. Hoy, al tocarle
el talle, mis manos han entrado en su edad
como en par de mal rebocados sepulcros.

Y por la misma desolación marchóse,
delta al sol tenebloso,
trina entre los dos.

“Me he casado”,
me dice. Cuando lo que hicimos de niños
en casa de la tía difunta.
Se ha casado.
Se ha casado.
Y otros como éste:
Tahona estuosa de
aquellos mis bizcochos
pura yema infantil innumerable, madre.

Madre, y ahora! Ahora, en cuál alvéolo
quedaría, en qué retoño capilar,
cierta migaja que hoy se me ata al cuello
y no quiere pasar. Hoy que hasta
tus puros huesos estarán harina

que no habrá en qué amasar
¡tierna dulcera de amor,…
Tal la tierra oirá en tu silenciar,
cómo nos van cobrando todos
el alquiler del mundo donde nos dejas
y el valor de aquel pan inacabable.

Y nos lo cobran, cuando, siendo nosotros
pequeños entonces, como tú verías,
no se lo podíamos haber arrebatado
a nadie; cuando tú nos lo diste,
¿di, mamá?
Vallejo buscó en la frontera de los tiempos y las tendencias poéticas, y también entre la vida y la literatura, entre su propia vida y su propia muerte. Buscó y buscó pero como él mismo escribió en una de sus estrofas:
Hay un lugar que yo me sé
en este mundo, nada menos,
adonde nunca llegaremos.