Nuevo Amanecer

Recuperar la memoria


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Frederick Jameson habla de alegoría para referirse a la literatura latinoamericana en tanto y en cuanto funge como horizonte estético y encuadre gnoseológico del territorio. Podríamos decir que le atribuye un importante posicionamiento al escritor ante la degradada realidad política y social que ha dominado en el área. Para Jameson todas las obras latinoamericanas son alegorías debido a que en ellas se narra el empobrecimiento progresivo de la sociedad y su vínculo con la pérdida de valores, así como con la construcción de la nación desde los pliegues populares. Una obra como la de la guatemalteca Margarita Carrera, titulada En la Mirilla del Jaguar (FCE, 2005), porta en su trama toda una carga significativa, a su vez que una pluralidad instrumental en lo que refiere a procesos sociopolíticos y hechos sangrientos en sí, lo que la emparentaría con la propuesta jamesoniana, aunque desde una perspectiva, una época y un contexto más convulso.
Carrera es parte integral de una buena cantidad de escritores y específicamente mujeres que han tomado conciencia de esta situación y ha decidido enfrentarse a ella (otras son Carol Zardetto; y Yolanda Colom, para mencionar dos guatemaltecas) tanto en los campos del periodismo como en el de la creación literaria.
Esta obra nos narra con pericia técnica la memoria reciente del pueblo guatemalteco, uno de los más asediados por los conflictos internos, al igual que Nicaragua y El Salvador, en el área centroamericana. El personaje principal de la novela, Monseñor Juan Gerardi, refleja aspectos de la Teología de la Liberación, a través de su entrega a los pobres, los indígenas, como resultado de una intensa preocupación social, la práctica de una educación liberadora basada en principios de Paulo Freire, y la convicción de que la religión debe estar intensamente ligada a la situación social, política y económica del país. Ello es, según se deduce de la obra de Carrera, el malestar que causa a los militares el obispo y el origen de su asesinato.

Esta obra está tomada en gran parte del denominado informe REMHI escrito por el mismo Gerardi. Este informe fue presentado el 24 de abril de 1998, en éste, Monseñor responsabilizó al ejército, a otras fuerzas oficiales, a las patrullas civiles patrocinadas por el Estado y a los Escuadrones de la Muerte del 90 % de las violaciones de los derechos humanos durante la guerra civil de 36 años que sufrió el país, y atribuyó el 10 % restante a la alianza guerrillera URNG. Dos días después, el 26 de abril, Monseñor Gerardi fue golpeado hasta la muerte con un bloque de hormigón cuando entraba en su casa en la parroquia de San Sebastián, en Ciudad de Guatemala. Carrera leyó este documento, el que le sirvió para crear un entramado literario, de lo cual surgió lo que ella subtitula Biografía novelada de Monseñor Gerardi. Por ello es que la correspondencia con los hechos es un nivel fundamental en la urdimbre de esta narración. Es necesario saber qué pasó realmente en tales situaciones. Me refiero a la correspondencia con los “hechos vividos”, en el sentido fenomenológico y no positivista de la expresión. Digo esto porque, según la misma Carrera, el informe de Gerardi denuncia tácticas monstruosas como “Tierra arrasada” y la política de volver a hermanos contra hermanos, por “medio de fusiles y frijoles”, ideadas por Ríos Montt, entre otros.
Podemos decir que Carrera transgrede las fronteras fictivas (género novelesco) y las interpola con la vericondiconalidad que le confiere el documento escrito por el propio Gerardi. Asimismo, contrasta el testimonio de protagonistas y testigos. En este sentido, la voz de las víctimas tiene aquí un lugar central, éticamente prioritario.
No es gratuito que la coherencia constituya un punto de vista no menos importante. En la Mirilla del Jaguar, en tanto logra una lectura crítica, vasta y penetrante de todo un contexto, que no sólo ha balcanizado Guatemala, sino que lo ha sumergido en una crisis política convulsa. Carrera se da a la tarea de elaborar una narración que permite inmiscuirse en los hechos de violencia, fenómenos sociales vinculados a estos hechos y cómo esto marca no sólo la memoria del pueblo guatemalteco, sino sus procesos rutinarios como ciudadanía en transcurso.
Esta obra se vuelve una especie de investigación interdisciplinaria seria y bien documentada, desarrollada argumentativa y narrativamente, e hilvanada según un telos disciplinario, como es el testimonio, la documentalidad y la literatura como narración develizadora. Pese a que en ocasiones el apego a la documentación se superpone a la narratividad, Carrera logra un juego literario a ratos sueltos, a ratos estrecho, pero lo que es compensado con estrategias como monólogos, omnipresencia, cortes, entre otros, que le confieren la literaturización que anuncia el subtítulo.
Hay también en esta obra una reconstrucción de la memoria. Una recuperación de la historia reciente. Llama la atención que Carrera narra un hecho que ha causado controversia en su país y que ha producido al menos cuatro textos que lo mismo que ella se tratan de erigir en “tutores” del acontecimiento, de ahí que se contradigan entre sí.
Lo que sí dice mucho es que la des-memoria desaparece y no ha habido intentos por recuperar la memoria “desde arriba”, es decir, desde las instituciones oficiales. Esto demuestra que al menos, en lo que refiere a este hecho, hay una configuración de la memoria y en general, de la historia desde diversas alternativas. Dicho de otra manera, es la ciudadanía, aunque representada por los intelectuales, y ahí entraríamos a otro debate, la que elige lo que debe ser recogido en la historia narrativa de nuestro pasado reciente, en contraste con lo accesorio, que puede ir cayendo o no en el olvido.
Ahí la literatura, y, en este caso Margarita Carrera, juegan un papel fundamental dentro de este proceso de contextualización de la dimensión axiológica y recuperativa de los procesos y los acontecimientos. Entonces Carrera enfoca, quiérase o no, la necesidad de una solución social a través de un proceso dialógico en el cual la mujer, el pobre, el indígena como símbolos del oprimido dejen de serlo. Además inquiere el surgir de un pensamiento que reclama acción y, por ello mismo, cuestiona el papel del intelectual como apenas “donadores de voces”.