Nuevo Amanecer

Actual poesía femenina norteamericana


(Traducción de Horacio Peña)

Reunión de ancianas
Traducido del libro
“A Gathering of Spirits: The Women”
by Michele Aynesworth

Me visitan en sueños…

ELLEN
Ellen, la primera, vestida en su uniforme:
zapatos negros de abuela,
vestido casero, rizos de permanente.
En un abrir y cerrar de ojos
podía agarrar una gallina,
torcerle el cuello y desplumarla,
dejando en el porche una nevada de plumas,
en la olla, un ave desnuda.
Después me llevaba al establo,
donde tocaba las variaciones
en las tetillas de su vaca lechera
– más difícil de lo que piensas.
Me queda siempre en la boca
el gusto de esa espuma,
dulce y cálida, tomada al pie de la vaca.
Después volvíamos a la cocinita.
Con la mantequera de madera,
hacíamos mantequilla
para untar los panecillos
tamaño de platillos.

Inocente Eva no era.
Mientras paseábamos en su jardín,
sin poner atención, con un golpe de azada
expulsaba a las víboras.

A los noventa años, se la nombró
Reina del Mes en su asilo de ancianos
--la imagen de salud y cordura--
provocando la duda de que nunca se pudiera morir.
Por fin se cayó. Fracturada la coronilla
y su caparazón de bautista,
maldiciones reprimidas saltaron de su boca.

MAMA G.
Mama G. vino después
con su cálida risita
como arrullo de palomas.
El zumbar de su aspiradora,
su luciente vajilla de plata,
la frescura de los cuartos,
y su piano de marfil
desafiaron las desérticas afueras.
Le gustaba invitar a la gente,
comer pasteles y ganar al bridge.
Un día se salió del escenario,
rodando su carro dentro de una zanja.
Ahora es feliz, no hay más zancadillas para tropezarla.

En mis sueños, la veo:
baja, regordeta y suave, con el pelo teñido de azul
y con camanances en las mejillas;
lleva zapatillas enjoyadas y un delantal,
y mientras espolvorea harina con la punta de los dedos,
pasa la lengua ligeramente entre sus labios rosados.

ROWENA
Dentro de poco se juntará otra a estas ancianas:
Rowena, madre gitana, que me enseñó a ver,
ella de vista y arte espeluznantes.
A través de la niebla nocturna, trayendo visiones,
sus cartas venían veloces con sabor a limonada.

En las fotos tomadas en los años treinta,
se ve siempre arreglada acicaladamente.
Diseñaba sus propios vestidos y a ella misma.
Criada en una choza de campesinos,
se convirtió en maestra de un inglés rebuscado,
sintiendo gran placer en humillar a los meseros.

Anoche, en un sueño, fui crítica de arte.
El cuadro ganador fue un retrato de Rowena
cuando tenía su cabellera rojiza café,
como la de su padre. Uno podía distinguir
encima de su cabeza, vislumbrándose en la oscuridad,
un pálido y rosado castillo y la media luna.

Rojiza Madona, escribí una vez, su canto biselado
resuena claro y alto, templado en la arista del rubí.
Y ya me enseñaron las otras ancianas
a cantar el fin de sus días.