Nuevo Amanecer

Alejandra Sequeira


El primer poemario de Alejandra Sequeira ofrece recorrido femenino-feminista de vivencia interiorizada, cuyas referencias son, las nombradas, la homónima Alexandra Pizarnik, Silvia Plath, y, las no nombradas, Francisco Ruiz y Cioran. De Ruiz Sequeira reutiliza, tanto en el título Quien me espera no existe como en los poemas de la última parte (75-79), el principio de desdoblamiento del sujeto a través de otro, desconocido, que lo determina sin aparecer; también común a Ruiz y Sequeira es la influencia reivindicada de Pizarnik y Plath. De Cioran, y de la joven poesía nica, Sequeira hace mismo uso cardenaliano de lo epigramático para describir malestar y soledad en la ciudad y la sociedad. El libro se divide en 3 partes: la 1a titulada “Confesionario” en la que Sequeira da su concepto de la existencia, la 2a “Ciudades” ampliando la 1a parte a lo ciudadano, y la 3a “A veces la noche” reduciéndolo a la noche, que con su velo reintegra las problemáticas vivenciales y sociales de la 2a al mundo personal de la 1a.
“Confesionario” empieza (9-10) presentando la soledad como verdad y la espera como mentira o muerte, sentimiento contrapuesto al que sigue (11-21) la imagen de la boca como objeto concreto para nombrar, el nombrar identificándose con la misma actividad poética, como en el díptico “Nombr(es) Nada”: “Cuántas Alejandras/.../ no pronunciés mis nombres (verso inspirado en los de Roque Dalton en “Alta hora de la noche”: “Cuando sepas que he muerto no pronuncies mi nombre/ porque se detendrá la muerte y el reposo”, de la misma manera que las letras del nombre del ser ausente en Sequeira recuerdan las de Dalton también en “Alta hora de la noche”: “mis once letras”),/ te lo he dicho,/ pues tengo miedo de no saber decir/ lo que hay de ellos,/ lo que no existe”, y “Algunas verdades sobre Alejandra”: “¿Soy quien?”; igual en “Sofía” III: “Ya no pude rezar Sofía, sólo escribir poemas”; y en “¿Quién está tras el invierno?”: “Él está tras el invierno/ llueve a raudales en mi boca su nombre”. De este ser ausente llamado se abre el concepto (22-25), que devuelve al último verso del poema sin título de la p. 20: “Cuando te llamo y no vienes”, de enajenamiento respecto del ser acompañante, como en “Restropectiva”: “Vistió con mis trajes/ y se llamó por mi nombre/.../ lo traigo llagado/ a fuerza de cicatrices”. Llaga que opera como parte de otro díptico con el poema anterior “A un noctámbulo”, y prefigura la llaga de “Demencia” (41): “miro al cielo con las pupilas llagadas en blanco”. De este enajenamiento nace la soledad como muerte y silencio de los poemas siguientes (26-29), que a su vez devuelven al poema “A la Plath” (10). De ahí el concepto femenino, presente en Gioconda Belli o Daisy Zamora, de la muerte como envejecimiento (30-38), ya abordado en “Algunas verdades sobre Alejandra” (14), y la definición de la situación de la mujer atada a su realidad predeterminada en el poema sin título de la p. 39, que continúa el grupo de poemas sobre vejez y refiere al poema sin título de misma problemática de la p. 34. Siguen dos poemas (40-41) sobre la muerte, vista ésta en “La muerte:” como soledad lesbiana, con palabras similares a las empleadas al hablar de otra imagen femenina baudelairiana p. 24: “La locura: ¿Mujer o monstruo?/ la vida ¿Proxeneta de la muerte?”. Asimismo en los dos poemas 40-41 se evoca a la locura como suicidio y expulsión del reino. Vuelve Sequeira, 42-43, sobre los contornos del ser ausente y, 44-47, da un último giro, inverso, a la problemática de la 1a parte, asumiendo al sexo como relación y hablando en “Matrimonio” de éste, aunque como institución para locos y como muerte, conforme Carlos Martínez Rivas, creando así juego dialógico entre los poemas “Demencia” y “Matrimonio”, y abriendo sobre el reverso, social, de la 2a parte, de las evocaciones emocionales individuales de la 1a.
“Ciudades” se abre así (51-55) sobre la ciudad entre neones, publicidad y atareo del trabajo diario, regida por vidas múltiples que nunca se encuentran, salvo la noche con toque amoroso pero sin esperanza. Reduciendo el propósito, en los poemas 56-58 la “niña sin pies” se vuelve símbolo de las mujeres atadas a su destino que las lleva a la muerte de sí, como en el poema sin título de la p. 34, y “Pieces of me at the atrium” (35), sólo que en “Ahora,” los huesos roídos ya no son los de la autora, como en “Pieces of me at the atrium”, sino de todas las mujeres. La “niña sin pies” de los nuevos poemas refiere asimismo a la autora “niña sin pies” de “La poesía y la muerte/ como un revólver” (24), alusión a la novela de Rosario Aguilar, en poemas (27-28) donde Sequeira consecutivamente utiliza epígrafes de Alfonso Cortés y Rubén Darío, con evidente deseo de evocación poética nacional. Después de “Ahora,” los poemas 59-64 se vuelvan, en un giro similar al de final de la 1a parte (42-43), hacia la ciudad como soledad y tristeza, siendo “Los amantes” culpables no tachados por esta falsedad de la vida diaria (correspondiente en la vida personal al vaivén de la ciudad de “6:00 PM”, 52-53). Termina la parte (65) sobre la niña muerta, imagen de los poemas 56-58, aquí símbolo de la ciudad muerta, lo que introduce la 3a parte: “A veces la noche”, con epígrafe de Pizarnik: “En la noche/ un espejo para la pequeña muerta/ un espejo de cenizas” (67).
Los amantes sobre quienes terminó la 2a parte abren la 3a (69-70) vistos ahora en el sepulcro de la noche como separación, de ahí los poemas 71-73 evocan la noche como muerte, y p. 74 como cadáver cuyo silencio vence la palabra de la poesía, que, como en la 1a parte, es la nominalista de la boca de la poeta. En los poemas 75-79, cuyos títulos y situación evocan el 1er poemario de Ruiz, la noche se presenta como alguien/algo que predetermina enajenación. Es el ser ausente de la 1a parte, similar a las evocaciones de Ruiz o Avellán también en su 1er poemario, implícitamente dialectizado por la tensión dicotómica de género de “Las estrellas” (75), que “P/E/N/D/E/N/ de la noche, no del cielo”, poema cuya conformación en caligrama crea díptico con “N/o/c/h/e” (70). Termina poemario con “Si digo noche” (80), donde la poeta se pregunta si nombrar da realidad a lo nombrado, volviéndose la noche con su silencio y proceso de enajenación de los cuerpos símbolo de lo anterior en el poemario, e identificándose noche en su figura de dilema con “niña muerta” y/o “sin pies” con la que concluyó la 2a parte, dando así valor general a los dos principios del poemario: 1/ el uso del nombre de pila de la autora como auto referencia permanente para problematizar la vivencia, ya que como apunta desde el 2o epígrafe a “Confesionario” elegido de Borges: “Todo es poético en cuanto nos confiesa un destino”; 2/ además del uso epigramático nacional como revelador crítico de lo real, la elección varias veces de no poner a los poemas título, o título numérico, o título primer verso, hasta en “N/o/c/h/e”, el título conforma los cinco primeros versos de una sola letra cada uno, elección formal que implica recurso minimalista, como en la portada toda negra con sólo el título en letras blancas, reafirmando por lo mismo la axiología del verbo como fenómeno de conexión perceptiva y auto revelación.