Nuevo Amanecer

Los Impresionistas

Por encima de todo Cézanne quiso ser un pintor. “No seáis literatos de la pintura, ni filósofos: sed pintores.” Su ojo de pintor desdeña las composiciones alegóricas, los heroicos temas; va hacia los objetos humildes: una fruta, un paisaje familiar, un árbol, el rostro cansado de un campesino. Con este criterio indiscriminado trata sus naturalezas muertas – Manzanas y naranjas, bajo estas líneas; Museo del Jeu de Paume, París –y por eso poseen el grave aliento de las cosas contempladas con seriedad y amor.

Los viernes 15, 22 y 29 de diciembre Cinemax (MAX OLE) presentó una extraordinaria serie en tres episodios: THE IMPRESSIONISTS (LOS IMPRESIONISTAS). Extraordinaria por haber sido realizada artísticamente sobre una fundamental corriente de la pintura universal. Arte cinematográfico sobre arte pictórico, con el pretexto de un Cézanne documentando su vida y dando vida a la vida de sus amigos y compañeros a través de diálogos que recogen la historia de este movimiento. Hoy sábado, a partir de las cuatro y quince de la tarde, MAX OLE (Canal 19) presentará de forma continua los tres episodios. NUEVO AMANECER CULTURAL les recomienda muy especialmente LOS IMPRESIONISTAS, y con tal motivo, tomado de la “Historia del Arte” de Salvat, reproducimos para ustedes los primeros párrafos de la introducción a la pintura del impresionismo:
Pocos años antes de 1870, la pintura moderna france­sa experimentó, en sus filas más avanzadas, una trans­formación brusca y por varios conceptos trascendental. En esencia, ese cambio consistió en la aparición de un nuevo modo de ver, en una renovación de la visión pic­tórica, y lo determinaron dos factores sucesivos, casi coincidentes. Por un lado, hubo el ejemplo del maestro a quien hemos dedicado un capítulo monográfico en esta obra, Manet; el otro corrió a cargo de la actuación de un grupo de pintores excelentemente dotados, a la que se de­bió la aparición de la pintura impresionista.
Aparte de esto (pero íntimamente ligado con el fenó­meno de aquella transformación) hubo otro factor que denota cuán extraordinaria fue la vitalidad, en sentido francamente progresista, de la pintura francesa de aquel momento, y este factor se centró en la individualidad de otro pintor que, rigurosamente contemporáneo de Manet, a diferencia de éste se integraría por entero en la lucha que iba a entablar el grupo de los pintores impresionistas, compartiendo con ellos la hostilidad de que fueron objeto en sus años difíciles, aunque sin adoptar la especial téc­nica pintórica que desde el principio contribuyó a cohe­sionar, en su nuevo enfoque de la pintura, el impresionis­mo. Este pintor fue Degas, quien dio a sus creaciones, profundamente realistas, un sello propio que no dejaría de repercutir en la generación posterior. Igual ocurriría des­pués en la actuación de otro pintor que vivió durante su juventud, en París, las inquietudes de aquel momento, Cézanne, quien, ya separado del grupo parisiense de sus amigos, fue sentando las bases de una nueva formulación de la pintura.
Todo ello fue consecuencia de lo que se había fraguado en París durante los años a que ahora nos hemos referido, en plena exaltación del realismo, en un clima artístico que, bajo el signo de algunos predecesores franceses y del ejemplo de ciertos grandes maestros holandeses y espa­ñoles, habían creado, primeramente, el arte preconizado por Courbet e, inmediatamente después, el de Manet, que ya en su lugar se han examinado.
Todos los jóvenes pintores que, enamorados de la pintura al plein air, darían origen a la tendencia llamada impresionista, habían ya experimentado en grado diverso devoción por el realismo courbetiano antes de sentir por la pintura libre de Manet una atracción que constituyó su estímulo. Desde 1867, los componentes de este grupo se reunían cada viernes en el Café Guerbois, de la Avenida de Clichy.
A los primeros contertulios de aquel grupo, que fue­ron el periodista y novelista Zola, Cézanne (entonces pro­vinciano perdido en París) y Monet, se habían sumado, poco después, jóvenes compañeros de Monet que seguían las enseñanzas, en la Escuela de Bellas Artes, impartidas en el taller de Gleyre; eran éstos Renoir, Sisley y Fré­déric Bazille. A estos concurrentes se sumaron después Degas y Pissarro, amigo de Manet; el crítico Duranty y el amateur Duret, así como el pintor y grabador Félix Bra­quemond, el famoso fotógrafo Nadar, el anciano diseña­dor Constantin Guys, que ya durante la guerra de Crimea tanto se había distinguido por sus apuntes de las inciden­cias de aquel conflicto bélico, que eran publicados en el London News.
Era una tertulia muy heterogénea, a la que Manet concurrió con regularidad en 1868 y 1869, pero que esta­bleció profunda conexión entre sus componentes. De este ambiente habría de surgir la pintura del impresionismo.
Anteriormente --si prescindimos de las recientes in­novaciones cromáticas de Manet--, ni Courbet, ni el mis­mo Corot (pese a la luz plateada que empleó en sus cua­dros de paisaje), se habían dado nunca cabal cuenta del papel que cabía asignar a los efectos de la luz. El auténti­co promotor de la nueva inquietud, que implicó --según veremos-- una reforma radical de la técnica de pintar, fue Claude Monet (1840-1926), nacido en París, pero criado en Le Havre, donde había transcurrido su infancia y adolescencia y donde después de orientarse hacia el cultivo del dibujo caricaturesco, se había iniciado en la pintura al plein air junto a un buen paisajista, Eugène Boudin (1824-­1898), que la practicaba especialmente en marinas y en escenas de playa. Monet pronto aplicaría también, a sus lienzos juveniles, el vigor luminoso que infundía a sus acuarelas y óleos el holandés J. B. Jongkind (1818-189l), quien pintó largas temporadas en Normandía. Boudin, aunque mucho mayor, se incorporó después al grupo impresionista, al hacer empleo, en muchos de sus cua­dros, de la digitación lumínica que caracterizaba las producciones de los jóvenes maestros que cultivaban el impresionismo.
El hallazgo del nuevo modo de pintar debióse casi a una corazonada, o por mejor decir, fue algo a que se llegó por tanteo, buscando determinados efectos.
Digamos, para empezar, que la aparición de la técni­ca impresionista nada tiene que ver con las pretensiones a una exactitud científica, de raíz positivista, que infor­maron la tendencia literaria ultranaturalista preconizada por el novelista Zola y sus amigos de Médan; en todo caso, fue Degas quien representó en pintura ese designio rigurosamente analítico y lo supo expresar con una fuerza plástica nueva.
La impresionista fue una técnica pictórica que con­siste en el empleo de pinceladas yuxtapuestas de tonos puros, que forman como una textura de toques de color, con relegación del negro al mínimo, o incluso su total su­presión, y fue resultado de ciertos ensayos hechos por Renoir y Monet, a iniciativa de éste, cuando, durante el verano de 1869, pintando uno al lado del otro en Bou­gival, se sintieron atraídos por un tema que juzgaron in­teresante, La Grenouillère, islita circular que existía en el Sena, en aquel suburbio de París, junto a su embarca­dero fluvial. Era un lugar bullicioso, al que concurrían canotiers y bañistas. Alrededor del único árbol que había en esta especie de plataforma se reunían los jóvenes dedi­cados a barquear con sus parejas. La tentación de captar el mariposeo luminoso de las aguas del río en torno y el movimiento de las manchas del sol que, filtrándose a tra­vés del follaje, caía sobre las vaporosas toilettes de las señoritas, había ocasionado el espontáneo descubrimiento de aquella técnica que, desde entonces, ambos pintores aplicaron con metódica persistencia.