Nuevo Amanecer

La emoción de existir

Ésta es una edición especial de Nuevo Amanecer Cultural con motivo del 43 aniversario del fallecimiento del “Padre de la Autonomía Universitaria”, Dr. Mariano Fiallos Gil. Su deceso ocurrió el 7 de octubre de 1964. El próximo 16 de diciembre se cumplirá el centenario de su nacimiento. Por tal motivo, la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua ha llevado a cabo una serie de eventos en celebración, entre ellos el Concurso Nacional de Literatura “Marianos Fiallos Gil”, el que se convocó este año en el área de Cuento Breve, y se entregó ayer viernes durante la clausura de actividades que se realizó en el Paraninfo de la Universidad Nacional en León

El 25 de marzo de 1958 se publicó el decreto de ley número 38, que concede la autonomía docente, administrativa y económica a la Universidad Nacional de Nicaragua, radicada sólo en León. Desde 1951 no había otra universidad en el país, porque ese año Anastasio Somoza García había cerrado la Universidad de Granada y en 1947 había clausurado la Universidad Central de Managua. El diario Novedades publicó que la decisión de los cierres era porque los estudiantes no estaban demostrando la educación que adquirían en las cátedras impartidas en los diferentes planes de estudios.
La Universidad de León se fundó en 1812, comenzó a funcionar en 1914, fue elevada a Universidad Nacional en 1947, en 1951 pasó a ser la única universidad del país y en 1958 adquiere autonomía total. Este hecho histórico y ansiado tanto por estudiantes como por docentes desde hacía más de cien años tuvo el privilegio de celebrarlo, dirigirlo y vivirlo como rector el Dr. Mariano Fiallos Gil. Pero no lo habría logrado sin haber luchado como docente. Desde antes de 1958 predicaba la libertad de pensamiento, los derechos humanos y jurídicos, el deber y hacer cultural de la sociedad universitaria.
Cuando la autonomía no existía, el Poder Ejecutivo regía y administraba las universidades, elegía al rector, el secretario general, al cuerpo de secretarias de las oficinas, a los catedráticos y hasta los conserjes y porteros; era un dominio total que regulaba a través del Ministerio de Educación. El rector no tenía ninguna incidencia en la toma de decisiones. Los presidentes elegían como rectores a intelectuales allegados al partido de gobierno.
La autonomía se gestó por una generación de muchachos que ingresaron en 1950 y 1951. Con el cierre de las universidades los jóvenes se volvieron críticos ante la injusticia; la Guardia Nacional se lanzaba contra los estudiantes que hacían manifestaciones, huelgas y marchas, apresando a quienes podía. Al ajusticiamiento de Somoza García en 1956 le sucedieron acontecimientos tensos, las calles eran más vigiladas, las noches eran tenebrosas para los estudiantes; se llevaban detenidos a los sospechosos –cualquiera era sospechoso- y los encuentros entre estudiantes y autoridades dieron más fuerza a la lucha universitaria hasta culminar con la autonomía.
El régimen pretendía que los estudiantes fueran sumisos, regidos por un claustro, había una línea que dividía al profesor del alumno, una línea de superioridad de parte del maestro. Las universidades eran calificadas de claustros, lugares inaccesibles, los estudiantes debían aprender con libros antiguos, vestir de saco y corbata en el ambiente caluroso del Pacífico, obedecer leyes y reglamentos que normalmente atentaban contra la libertad de pensamiento, y a la vez sus autoridades estaban a merced del gobierno.
Los muchachos de 1950 tenían otros pensamientos, exigían respeto para ellos y sus ensayos y artículos críticos, sobre temas de actualidad; exigían participar con libertad, querían leer libros modernos, estar actualizados y a la altura de las universidades en América Latina. El profesor Mariano, como le llamaban al futuro rector, tenía una cátedra de Criminología donde les asignaba trabajos de redacción libre, para idear casos y resolverlos, discutir hechos de la actualidad con recortes de periódicos, hablaban de historia y del futuro político del mundo. Su cátedra se convertía en un diálogo con los estudiantes. Los libros en la biblioteca eran del siglo XVII y muchos tomos estaban en francés, aún la universidad no había comprado las traducciones, y las cátedras de Mariano Fiallos Gil se llenaban, porque con las discusiones la vida florecía y las enseñanzas surgían de los casos reales del mundo. Todos querían matricularse con él.
Había inconformidad con los materiales bibliográficos, con el atraso en los planes de estudios y rechazo a éstos al comparar los de Nicaragua con los de los países centroamericanos que habían alcanzado la autonomía universitaria, como la Universidad de Costa Rica (UCR), la Universidad de San Carlos de Guatemala que la había recuperado en 1954; en 1956 la había logrado la universidad de El Salvador. En Nicaragua era prohibido hablar de autonomía. Unos estudiantes formaron el grupo CEJIS (Círculo de Estudios Jurídicos y Sociales), auxiliado por el profesor Mariano Fiallos Gil y José Pallais Godoy, para salirse del antiguo plan de estudios y buscar nueva bibliografía. Elaboraron una lista de los libros y textos generales que se debían estudiar en la carrera de Derecho, los profesores siguieron el modelo propuesto por los estudiantes; una mañana salieron por los pasillos de la universidad a regalar el librito que contenía la lista para la renovación de los sistemas de estudios.
El Dr. Mariano Fiallos Gil enfermó y fue sometido a una cirugía del estómago; decidió cuidar su salud y dedicarse únicamente a escribir y pintar. Se había retirado, a pesar de estar siempre inyectado de la energía y cariño de sus alumnos de la universidad. Durante su tiempo de enseñanza procuraba conservar la calma y no someterse a los engorrosos casos jurídicos que le agitaban y afectaban su salud. Con la muerte de Somoza García, su hijo Luis había sido electo por el Congreso para continuar el período de gobierno, y en 1957 eligió al Dr. Mariano Fiallos Gil como rector de la universidad. Después de negociar las condiciones expuestas por Mariano Fiallos, Luis le prometió la autonomía universitaria en el período de un año. Aceptó, y puso a prueba a su gobierno para saber si era verdad que la autonomía sería una realidad o una simple promesa.
El Estado estaba acostumbrado a elegir sin recibir nunca ninguna objeción. Pero este abogado y catedrático de contextura delgada, escaso cabello y diálogo suave… ¡le había puesto condiciones al presidente Luis Somoza! Y supo, como escribirá después en sus cartas a los estudiantes, “enfrentarse a un régimen con intelectualidad”. Y marginó sus enfermedades con lo que más le ponía contento: la libertad de pensamiento y de cátedra, el derecho a elegir a su equipo de trabajo, enseñar a los estudiantes con materiales y libros modernos, en fin, la autonomía universitaria.