Nuevo Amanecer

PARADISO (1966) José Lezama Lima (La Habana, Cuba, 1910-1976)


franciscosancho@hotmail.com

El pasado mes de agosto se conmemoró el treinta aniversario de la muerte de Lezama en Cuba. En la revista Carátula (www.caratula.net) se publicaron varios textos en recuerdo de uno de los mejores poetas de todos los tiempos. Paradiso es su obra capital, y antes de que acabe el año quise rescatar este texto de las cien novelas para siempre, para que viniera a navegar con nosotros en este viaje de ida y vuelta.
Y ahora, queridos amigos y amigas, compañeros de camino de esta sección, revístanse como merece la ocasión, con la túnica de los iniciados. Están a punto de asistir al rito de entrada a una de las hermandades más exclusivas de la Literatura Universal: la de los amigos y lectores de Lezama Lima. Pero el maestro cubano exige ciertas pautas para abrir las puertas de su mundo secreto.
Recuerdo que cuando hablábamos de Proust, decíamos que a través del episodio de la Magdalena mojada en la taza, el genio francés nos adentraba en un mundo de recuerdos que construían un enorme edificio de ficción y memoria. A Lezama se le ha comparado a ratos con Proust por la búsqueda de ese agujero que une el pasado y el presente de la creación a través de los pequeños detalles. Aunque muchas otras características los diferencian, quizá el lector latinoamericano se sentirá más atraído por el barroquismo y el verbo de Lezama, pero siempre todos entenderemos más a Proust. Aun así, “se puede comprender sin entender”, diría Lezama. Sigan esta recomendación, no intenten entender el desarrollo de la novela Paradiso, como no intenten entenderlo en el Ulises de Joyce o en El Ruido y la Furia de Faulkner. Sólo sigan la propia recomendación de la hermana del autor, Eloísa, que en el prólogo a la edición de Cátedra nos avisa de las tres lecturas de la obra:
a).- lectura inocente de Paradiso y frenético disfrute poético;
b).- lectura en busca de claves y respuestas en la poesía y ensayística lezamianas;
c).- volver a Paradiso a ciencia y conciencia para lograr ese acto de comunión que exige todo texto de la religión Lezama.
En voz baja, he de confesarles que yo sólo me quedé en la primera. Me ocurría con frecuencia que me perdía en la lectura de varias páginas y me asombraba de la sustantivación o adjetivación de palabras imposibles que resumían en ellas esencias de páginas no escritas; cuando quería darme cuenta de qué parte de la historia estaba leyendo, debía regresar atrás para tomar de nuevo el hilo, pero ya lo había perdido. No importaba, simplemente seguía adelante a seguir enfrentándome a redescubrir un mundo de palabras, a gustar de poesía en prosa. Como muestra un botón, sólo observen este párrafo al final del capítulo III: “-Coge, puerquito -le dijo Alberto, lanzando contra la irregular proyección estelar de su chaleco de fantasía, el escarabajo. Rebotó el montaje de la joya, aplacándose, en la alfombrilla y la saltada piedra cruzó errante hasta la esquina sonriéndose”. Lezama Lima descubre nuevas vueltas, otras esquinas donde la palabra se tuerce y sirve a más significados, a más palabras con las que asociarse en un universo que no parece tener fin.
Universo es la palabra precisa que define esta novela. Es un universo, y como todo universo es caos, cuya carta de navegación se nos escapa si no es a través de la sola intuición inspirada del poeta. Me atrevería, salvando el tiempo (escollo fundamental de la poesía) a comparar esta obra de Lezama con la Divina Comedia, de Dante, por su ambiciosa creación gigantesca de un mundo con la materia de la imagen poética. Ninguna otra obra lo ha logrado hasta lo que yo sé. Ninguna otra. A ello se debe que Paradiso haya permanecido todavía hoy tan inexplorada por la mayoría de los lectores, aunque entre los pocos navegantes se encuentran ilustres marineros como Julio Cortázar, también uno de sus más fervientes críticos. Creo que fue Cortázar además el primero en apuntar la enorme lista de errores ortográficos y hasta de sintaxis que contiene la novela. Salta a la vista el uso arbitrario de las comas por ejemplo que, a veces, más bien parecen un estorbo. Pero Lezama es un poeta no un filólogo, que sin embargo acumuló en su vida intelectual una riqueza de vocabulario incomparable. Y como poeta, al igual que el andaluz y premio Nobel Juan Ramón Jiménez, le parecía que la ortografía no podía detener el manantial retórico de la poesía. Juan Ramón precisamente, en su estancia en Cuba, descubrió el potencial de Lezama. Esto es siempre una historia de ida y vuelta, el potencial de Juan Ramón fue descubierto a su vez por Rubén Darío, no deja de ser curioso.
Si ustedes salvan los escollos de los primeros capítulos, van a navegar por este universo ya más libres, sin detenerse a cada línea, aceptando que en una lectura jamás podrán aprehender las miles de reminiscencias, ramificaciones y referencias que están en las metáforas e imágenes que Lezama emplea. La historia es el desarrollo poético de José Cemí paralelo a su madurez vital y con la compañía en momentos de Fronesi y Foción. Difícil separar este Cemí del mismo Lezama. En realidad, Lezama no ha hecho más que convertir su vida, su historia, su existencia en una creación poética. La poetización de su propia vida. En este trayecto de Cemí hasta convertirse en poeta es interesante asistir a la mezcla de las referencias mitológicas griegas o bíblicas mezcladas con las indígenas del Popol Vuh, por ejemplo. También, el clasismo, las divisiones sociales reflejadas en las estructuras de los edificios, las descripciones suculentas de las cenas y los banquetes en una exaltación del placer que evoca muchas otras cosas más. Hablando de placeres, está el capítulo VIII, escandaloso y a punto de ser censurado, incluso en los primeros años de Fidel Castro, por su contenido erótico y hasta pornográfico, lleno de carnalidad, animalidad y mitología. Siguiendo a éste, mi preferido que es el capítulo IX con un diálogo casi socrático, donde salen a relucir las figuras del maestro, de Platón, de San Agustín y de esos pilares culturales donde se fundamenta nuestra concepción del mundo, ignorándolo muchas veces hasta nosotros mismos.
No es de extrañar que Paradiso sea una obra de madurez donde confluye toda la obra anterior y la idea poética de Lezama. La novela póstuma Oppiano Licario, centrada en un personaje que ya aparece en Paradiso, puede que por no estar terminada, no tiene ya la misma grandiosidad de Paradiso. Me aventuraría a decir que para sentir y llenarse de Lezama hay que leer Paradiso y su libro de poemas Dador. Todo ello no quita la confesión íntima y pública a la vez de que Paradiso en realidad nos supera a todos, nos desborda, nos deja indefensos ante un mundo donde sólo la balsa del poeta es capaz de llevarnos sin perecer en la confusión más absoluta. No les estoy intentando dar miedo para que no lean esta novela, es al contrario. Lo cierto es que al concluir (si es que alguna vez se concluye claramente) a uno le queda la sensación de estar leyendo un libro prohibido capaz de hacer temblar muchos esquemas, muchas seguridades que no está mal que se alboroten frente a este terremoto verbal y poético de Paradiso, un terremoto que puede comenzar tan sólo con el tintineo de un cucharilla sobre un vaso. Pónganse a salvo, o déjense llevar.