Nuevo Amanecer

El humor entre las armas y las letras


Acabo de leer La Habana, paraíso de mis recuerdos, obra escrita por el teniente coronel Pedro Martínez Duarte, y el humor parece ser uno de los ejes que la atraviesan. Podrían ser ocho capítulos, pero él los organiza a manera de un diario, con el nombre de cada uno de los días de la semana que estuvo en Cuba, país del que nos da a conocer sus recuerdos cuando era estudiante de la carrera de Ingeniería en Combustibles. Los recuerdos están bien tejidos y van surgiendo al emprender un nuevo viaje a Cuba, pero esta vez no para seguir estudiando, sino para acompañar a Hernaldo, uno de sus primos, para hacerle un trasplante renal. Desde la entrada al aeropuerto de Managua para partir comienzan a brotar y a mezclarse con el humor, algunos de los cuales puede que no estén sustentados en su experiencia, como es el caso de sus recuerdos de París, donde nunca ha viajado, sino que tienen como asidero la documentación, la lectura y su propia imaginación.
Los personajes que viven en el recuerdo de Pedro no son trágicos, sino cómicos; los trágicos, según Henri Bergson, no beben, ni comen, ni se calientan a la lumbre, hasta rehuyen sentarse. En Sirinio la repetición de frases cuando habla y al parecer costumbre de tirarse pedos potencian sus rasgos cómicos, y como cómico yo diría que se queda después de asombrarnos con sus increíbles aventuras. Cómico es también Rommel Enrique Muñoz, a quien traiciona su novia después de haberle guardado tanta fidelidad con otras mujeres y de someterse a una vida, como bien apunta Pedro, de asceta. Y no podemos decir tampoco lo contrario de Billie Livingston, Shamina Senarantes y Marcela Guadalupe Mora (ambas la misma mujer), aunque después de haber compartido cama resulta hasta cierto punto inverosímil que no se reconozca rápido con Muacsil Belyeksy Kasilvery Macdalao de la Santísima Trinidad Estupiñán Otavalo, nombre por el que tampoco Pedro escapa a los rasgos del hombre contrario totalmente a lo trágico, pues el trágico, apunta el mismo Bergson, no tiene un nombre tan largo, sino breve como en algunas tragedias griegas, o inglesas, pienso en Edipo, de Sófocles; y en Hamlet y Mackbet, de Shakespeare.
En La Habana… ciertas dosis de humor también surgen de repente cuando se viola lo establecido, y ello, incluso, a veces puede conducirnos a pleitos. Papaya y bollo para los cubanos, por ejemplo, denotan el órgano sexual de la mujer; para ellos lo normal es decirles fruta de bomba o simplemente pan a estos productos. En este caso, la violación es producto del desconocimiento de los términos; por eso, si viajamos de Nicaragua a Cuba, y no queremos caer en problemas de comunicación, hay que leer La Habana, paraíso de mis recuerdos.
Es más, en San Miguelito, una garza morena en la nostalgia, el primer libro de Pedro Martínez Duarte, y donde el vuelo literario se queda a la zaga con relación a La Habana, paraíso de mis recuerdos, el humor de los personajes del pueblo hace que su lectura se vuelva amena, aquí está, por ejemplo, Chico Cuadra, pulpero, tacaño y soltero empedernido, cuyo ingenio y comicidad está en su lenguaje, al decir que no se casa, porque ¨es absurdo que yo mantenga a una mujer que no es ni siquiera familia mía¨; o en cómo llega diciendo el niño cuando va de parte de su madre a cobrar a la casa de un barbero llamado Rigoberto Balladares: ¨Dice mi mamá que aquí manda¨. Rigo sólo interrumpió el corte de pelo que realizaba y le respondió: ¨Dígale a su mamá que aquí, en esta casa, quien manda soy yo¨; y José Báez, el telegrafista, quien explicaba que el telegrama se enviaba enrollando el papel en forma de cartucho, metiéndolo en el hilo de alambre y soplándolo hasta llegar a su destino, deja de dar esa explicación cuando Chuchú le dice: ¨Ahora ya no solamente mandan el papel, también pueden mandar alambre de púas, porque Roberto Vega dijo que iba a pedir por telegrama seis rollos de alambre de púas¨.
Tal humor de la población sanmigueleña no es nada raro, pues los latinoamericanos tenemos mucho en común, y el humor entre la población es parte de eso. Tampoco es raro que un hombre de San Miguelito, como Pedro, arroje humor en su libro. Lo raro es que este humor se junte con las armas y las letras, pues el conflicto entre ambas ya lo dijo Cervantes en el Quijote: ¨Dicen las letras que sin ellas no se podrían sustentar las armas, porque la guerra también tiene sus leyes y está sujeta a ellas, y que las leyes caen debajo de lo que son letras y letrados¨, en tanto, las armas responden ¨que las leyes no se podrían sustentar sin ellas, porque con las armas se defienden las repúblicas, se conservan los reinos, se guardan las ciudades, se aseguran los caminos, se despejan los mares de corsarios; y, finalmente, si por ella no fuese, las repúblicas, los reinos, las monarquías, las ciudades, los caminos de mar y tierra estarían sujetos al rigor y a la confusión que trae consigo la guerra el tiempo que dura y tiene licencia de usar de sus privilegios y de sus fuerzas¨.
Y el humor en Pedro se junta con las armas y las letras para darle colorido y final feliz, por ejemplo, a la operación que al fin le realizan a su primo Hernaldo, cuando al lector se le hace creer, por un instante, que al donante del riñón, Ismael, también le han cortado los ¨huevitos¨. Quizás ello es saber hacer uso del recurso, tal como supo hacerlo Cervantes en el Quijote para burlarse de las novelas de caballería que tan agotados tenían a los lectores. Y viene a colación lo de Cervantes, ya que si bien éste no estuvo para entonces en academias militares ni nada semejante como Pedro, sabemos que también fue hombre de armas y que no en vano se le conoce como El Manco de Lepanto.
No obstante, según nos cuenta Azorín, a Cervantes no se le reconoció su verdadera dimensión de hombre de letras, sino más bien como un escritor ¨burlesco y chocarrero¨; jamás en su tiempo se vio la verdadera trascendencia de su obra, ¨y que en resolución, hubiera sido temeridad, absurdo, desatino, colocar a Cervantes al lado de un Gracián, o de un Lope de Vega, o de un Quevedo.¨ ¿Y esto por qué? Pienso en Máximo Gorki: la vida del escritor es una vida dura, abnegada, llena de pruebas y desengaños. No hay que esperar reconocimiento de nadie y menos que nos comparen con otros. Una de las mejores armas ofensivas y defensivas es el humor, y si se sabe usar en una obra literaria (como lo usa Pedro, en La Habana…), ésta podrá defenderse sola y el autor ponerse a reír, silbar una tonada o morirse tranquilo.
El autor es Licenciado en Artes y Letras y Master en Literatura Hispanoamericana y de Centroamérica.