Nuevo Amanecer

Canto a Amerrisque


Parafraseando a Ernesto Mejía Sánchez, Orlando Sobalvarro quiere pintar el mundo y lo que le sale es la Cordillera de Amerrisque, el mundo de Chontales que fue paradigma de una idea de nación en el siglo XIX: unas paletas, una temática, una fatalidad o pasión; no en vano esta exposición es un canto a esas montañas rocosas de Nicaragua, que dicen le dan el nombre a las Américas, en una de cuyas minas, El Jabalí, nació el artista en 1943.
Este pintor ha vivido obsesionado no sólo por el tema de Amerrisque, su color, sus animales, sus aires, sus nubes, sino por la textura de la tierra, por las capas y estratos terrenales.
El ha sido en este sentido una sensibilidad telúrica, un ser terrígeno, lo cual ha dotado a su obra de una experiencia brusca, elemental.
No en vano es hijo de mineros y de niño, conoció las entrañas de la tierra, los tonos del barro; no en vano perteneció al grupo Praxis, que fue una búsqueda identitaria y artística; pero como chontaleño es un paisajista, emerge de la tierra a los espacios de la tierra y del cielo, al llano que por sus cuatro costados es galope, a las ubres rosas y lácteas al celeste y al oro.
Y entonces el art brut se convierte en tersura, textura visual, no táctil, en lisura deliciosa, en llaneza sensual que se abre a profundidades y a transparencias, que casi al vuelo, a la ascensión lírica, que casi llegan a negar el color de un pintor colorista como Sobalvarro; pintó con tierra y ahora pinta con aire; un aire teológico a veces. Ha retomado en medio de su concepto, el Búho, muchos motivos, oscilando entre el abstracto y la figuración, entre la música más sublime y el balido de las vacas. Otra expresión raigalmente americana, donde no sólo la tierra firme, sino el viento, el aire y el azul celeste y sus áureas afirman una identidad.