Nuevo Amanecer

Las memorias de Fernando Silva


Cada vez que ojeamos las fotografías que hemos recopilado de los momentos trascendentales vividos a lo largo de nuestros años, vemos allí nuestra historia reunida, que, en ese momento, de alguna manera, se vive de nuevo o al menos nos despierta la nostalgia del pasado. Cuando son recuerdos agradables, se vuelve a esas imágenes una y otra vez, con especial interés.
Y es que las fotografías –hablo de las que se hacen deliberadamente-- casi siempre reflejan momentos de celebración y de unión, para dejar constancia de un hecho, y casi siempre son hechas conscientes de que luego se reconocerán en ellas tiempos idos y rostros de quienes no están momentáneamente y de quienes no estarán nunca más. A veces, son fotos de personas solas y otras, de espacios geográficos, que de igual forma hacen aflorar recuerdos y sentimientos.
Pues don Fernando Silva es eso lo que ha hecho con esa su última obra que se llama La foto de familia: ha pegado una a una las fotos de todas las personas y paisajes y cosas que lo han rodeado en su bregar por el mundo, por su mundo o su historia.
“Esta novela trata de mis memorias, es decir, de todo lo que yo me acuerdo y que ahora lo cuento, como un cuento mío, donde el personaje soy yo mismo, que está diciendo todo lo que se acuerda”, dice el hijo del Comandante.
Al viajar, normalmente llevamos las fotos de los seres amados, como para recordarlos mejor ante su imagen, para enseñarlos a otras personas y para que así, de alguna manera, los conozcan también. Cuando llegan visitas a nuestra casa, es tradicional nuestra costumbre de enseñar los álbumes, haciéndoles partícipe de nuestra historia familiar.
Siempre son fotos de familia y así lo explica Fernando Silva en “su foto”: “Estas cosas que ya las he dicho antes y que las sigo diciendo de aquí en adelante, las voy sacando, poco a poco, de las caras de unas fotografías que guardo. Fotografías donde las personas que aparecen ahí en el cartón, y que ya uno no se acordaba de muchas de esas caras; pero en cambio quedan ahí otras caras que, por la causa que sea, a nosotros nos siguen interesando, todavía” (pág. 99).
Fernando Silva nos dibuja ahora, con lo mucho de pintor que posee su ingenio, las imágenes que lo han seguido de Granada, al río San Juan, a París, a Managua y a todas partes, y ahora nos las enseña a nosotros pintadas con sus palabras, nos cuenta sus fotos con esa forma de hablar y escribir que él logra auténticamente, en la medida que logra plasmar en la escritura el lenguaje oral, el lenguaje cotidiano nuestro, es decir nuestra habla, y lo logra en el diálogo, que es un elemento muy importante para contar lo que va sucediendo:
“Después de anotar lo que se le iba hacer, me aparté a un lado, pero noté que él me buscaba y en seguida me llamó.
–Eih, muchachó, ve hom… vení. Me le acerqué y me senté a un lado de su cama.
-Ve hijitó –me dijo temblándole la voz –estoy bien mal, ¿verdad que sí? ¿Ya te dijeron que yo soy Balbino Juárez, el de Acoyapa? Así me llamo, ya lo sabés –me recomendó.
Yo me quedé solamente viéndolo.
-Yo me siento fregado –dijo- y veo que todo va mal.
Le puse mi mano sobre su cabeza y él volviéndome a ver fijo, me pidió:
-Contame algo hijitó, algo que sea, contame. ¿Ah?
-Es que… -empecé a decirle yo, buscando cómo inventar algo- pues, que estaba sabiendo el asunto de una señora que parece que tenía una venta en el mercado y torcida la pobre mujer, que alguien llegó como que iba a comprarle las cosas y lo que hizo fue robarle su mercancía.
-Pobrecita la mujer –dijo él- qué torcida. Contame otra cosa, contame más”. (Pág. 155)
Y luego, sigue contando más y más cosas Fernando Silva de su vida, infinidad de cosas que puede contar un médico y un escritor a la vez, profesión y oficio que, en el caso de Silva, desde muy joven, se van mezclando con los recuerdos de sus familias paterna y materna y, más adelante, de su nueva familia.
Fernando Silva, a sus 79 años, que recién los cumplió el primero de febrero, ya tiene sus memorias, en una foto que él mismo pintó de su vida.