Nuevo Amanecer

“El GüegüenCe”


Edwin Sánchez

Cada vez que accedo a la Red y tecleo el nombre del Güegüence en la cajita de un buscador, me salta a la cara que nuestra historia, y ahí va el arte, cultura, identidad, geografía... la escriben los otros y no nosotros. Es la globalización contra mi particularidad. La imposición frenética de cómo debo leer, y por tanto entender mi país. Debo adecuarme, es decir, continuar siendo un subalterno hasta para entender mi propio origen.
Entonces, la Internet me rebota la palabra náhuatl Güegüence y la máquina “corrige” mi inteligencia, es decir, mi historia nacional y, por supuesto, personal y me manda acatar que el nombre de nuestro Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad no es como lo escribieran el grande Pablo Antonio Cuadra en su noveleta “¡Vuelva Güegüence!” o el enorme poeta, héroe y prócer José Martí en su ensayo dedicado a la obra. El mismo Ernesto Cardenal, el mayor poeta vivo de Nicaragua, hace una presentación en La Prensa Literaria del 28 de mayo de 1977 de su hallazgo Martiano, pero ahora resulta que la correcta forma de escribirlo es como lo dictan los autores actuales y el colmo, tal como se le antoja a un impersonal motor de búsqueda: No, “usted quiso decir Güegüense”.
Para mí, su expresión más sentida y que nos arrebata un símbolo de nacionalidad es la clara intención de apoderarse de El Güegüence, comenzando con el último despojo que se ha hecho: borrarle todo vínculo a su origen, en el umbral de un idioma castigado y decretado como delictivo, y la consolidación por la fuerza del que actualmente hablamos. La propuesta, disfrazada de acto meramente semántico, porque los nicaragüenses “seseamos”, es que todos obedezcamos en el siglo XXI la Real Cédula de 1770, firmada por Carlos III: “La única lengua del imperio debía ser el castellano”.
En los tiempos del hilo químico que no azul, cuando todo lo que sea público debe ser privatizado, asistimos a esta apropiación comercial y no cultural del Güegüence. Es el “Güegüense” marca registrada, privatizado de su nombre original, por uno que no sale del fondo de los siglos, sino de la comercialización secular, el mercado que lo escribe y describe como le da la gana. Es el largo tour de la ignorancia de los textos originales a través de vendedores de productos o promesas, escribiéndolo en publicidad, en anuncios, en establecimientos, cafetines, periódicos, calles y rotondas cosméticas, y no por generación espontánea por el uso, a como refiere Enrique Peña Hernández en su artículo “La grafía con “ese” de Güegüense”, publicado en La Prensa, página 11 A, domingo 16 julio 2006.
Ahí noto una suerte de apropiación sobre El Güegüence hasta el punto de decidir, ordenar, reglamentar y, en resumen, privatizarlo de su origen tianguero, popular y rebelde, comenzando desde su nombre: su registro original, náhuatl es “El Güegüence”, de Hüehüentzin, El Güegüence, El Viejo, el anciano más importante, no cualquier viejo, como me lo platicó Fernando Silva en mayo de 2002.
Así se escribe
El miembro de la Academia de la Lengua Nicaragüense asegura que “al vocablo huehue, güegüe, ueue, se le junta la partícula “tzin”, que es un adjetivo sustantivo, que determina o identifica a la persona de la manera que se quiera, resultando que el vocablo tzintli pierde tli, dejando precisada la partícula léxica TZIN que corresponde fonéticamente con el sonido de “ce”, siendo un sufijo agregado al vocablo que lo determina, no sólo como un término reverencial, como se ha dicho, sino, además, como un equivalente a condición, o característica diversa y variable, adaptable corresponda o se quiera designar al sustantivo que se adhiere”.
El mismo Peña Hernández asegura que el sufijo “ense” es para designar actividad como for-ense, castr-ense, o gentilicio como londin-ense, nicaragü-ense . Que uno sepa, nuestro Güegüence es un personaje y su identidad no refiere ninguna profesión, sino su propia cualidad: la sabiduría. Ser viejo no es un oficio, y dentro del mundo prehispánico su connotación era la de ser --con la partícula Tzin-- el viejo más importante. En todo caso es un reconocimiento a su saber. En la cultura náhuatl eran los güegües los viejos sabios, como nos comunicó directamente Julio Valle-Castillo. Fueron los integrantes del Monexico, el consejo de ancianos, antes que su mundo fuera destruido. Con la invasión española, estos güegües pasaron “a ser fuente de la mano de obra explotable, parte de la marginalidad”.
Jorge Eduardo Arellano propone erigirle un altar al error, renegando de su libro “Panorámica de la Literatura Nicaragüense”, editado en 1976, cuando escribía “Guegüence” con “c”. Su principal apoyo radica en lo que Carlos Mántica ha inferido. De acuerdo a Arellano, si bien “las partículas tzin y tz, respectivamente ´cin´ y ´c´, como en tzinco, cinco y tzipil, cipe”, Mántica “especifica que también tzin puede transformarse tanto en ´c´ como en ´s´.
Sin embargo, Silva refuerza su defensa con las palabras de Pedro Henríquez Ureña, “Mutaciones articulatorias en el habla popular” (Biblioteca de Dialectología Hispanoamericana 1938, donde el especialista es contundente: “Del náhuatl, donde no existía la “s”, pero sí tres sibilantes parecidas, de larga tensión, que los antiguos gramáticos representaron con c, z y tz”.
El maestro Silva subraya: queda aclarado de una vez que no había “s” en náhuatl, desde luego, lo correspondiente de ese fonema “s” en español que tuvo necesariamente que tomarse como una pronunciación c, z o tz.

De cuando el Rey era imagen visible de Dios
El mismo Arellano reconoce las políticas lingüistas de los reyes españoles, para eliminar el náhuatl. Tampoco es cierto, como trata Peña Hernández, para afincar su inclinación por la Cédula Real de Carlos III, que el “nahua nicaragüense”, como él le llama, “en su aspecto fonológico se suavizó, mejor dicho se desasperizó”, algo así como por puro gusto. El académico escribe: “Así vemos que la raíz tepec (cerro) en México se conserva aguda, casi áspera: Chapultepec, Teuhantepec..., pero en Nicaragua se da el fenómeno de la elusión de la /c/, tornándose tepe como desidencia grave: Coyotepe, Jinotepe, etc. Del mismo modo Huehuenche o güegüenche (...) se suavizó güegüense entre nosotros”.
Ante esto, puedo decir que los nicaragüenses del siglo XVIII todavía pronunciaban en algunas regiones de la Gran Manqueza el Tepec mexicano “asperizado”, con la forma Tepet, que para el año 1784 así lo escribía un fraile, Blas Hurtado y Plaza: “Habiendo ido yo a confesar al pueblo de Masatepet, delante del señor Cura don Bernandino Solórzano...”
Es ridículo pensar que los nicaragüenses del siglo XVIII “suavizaran” nada, cuando había una ley terrible para aplicar la política monolingüe castellana, además que no eran leyes de hombres solamente, sino que “hablaba Dios en persona”. Por ejemplo, el carmelita José A. de San Alberto, obispo de Córdoba de Tucumán, compuso un Catecismo Real --la otra cara de la tal Cédula-- en el que podían leerse frases como éstas: «¿Por qué los reyes son llamados dioses? —Porque en su reino son una imagen visible de Dios. ¿El rey está sujeto al pueblo? —No, pues que esto sería como estar sujeta la cabeza a los pies.»

El “Bombacho”
El mismo Eprhaim Squier, en “Nicaragua de océano a océano”, notó el abuso colonial contra el idioma de nuestros mayores, desde su segundo paso por nuestro país: “El volcán Mombacho a veces es escrito Bombacho en los mapas antiguos...”. ¡Por qué si el mismo Squier siendo “yanqui” como él mismo se nombra, insistió en el vocablo mangue original voy, yo, desde la Gran Manqueza a aceptar las reglas de una cédula resucitada a través de un populismo que en vez de enaltecer lo popular lo vulgariza!
Dicen Arellano y Peña Hernández que los nicaragüenses “seseamos” y que decimos “Sesilia” en vez de Cecilia: ¿nos dará esto licencia, señores gobernadores, para despedazar ahora la lengua que nos quedó? Si por eso Güegüence se escribe “Güegüense”, también tenemos derecho a escribir sanate, Solotlán, Cosibolca, cacique, segua, sulo... Isla Sapatera. ¿Estaría de acuerdo don Miguel de Servantes?
El Güegüence es nuestro último mojón lingüístico, identitario, para marcar los linderos entre la letra india y la voz española, la cultura antigua y la europea, nuestra identidad en un mundo globalizado, casi como aquellos ídolos que ocupaban los indios de (los) Diriomo y Xalteva para determinar sus territorios, según cita Squier en la obra recién editada por la Colección Cultural de Centroamérica.
Escribir Güegüence de la manera correcta, propia, autóctona, es un reconocimiento que nosotros podemos dar a nuestros ancestros, y la última posibilidad de no acatar la Real Cédula y quitarnos del inconsciente colectivo el Catecismo Real de que siempre somos los pies de los Tastuanes sean caudillos, patriarcas, semidioses corporativos o como se les nombra en el idioma del Mercado: nuestros gerentes.