Nuevo Amanecer

La bella y su obituario


A los 36 años de edad, María Eugenia --según dijo el obituario publicado en un diario capitalino-- era una mujer entera. Los vecinos de Las Colinas le agregaron el pintoresco detalle de un ex marido, dos ex amantes y un hijo anterior a la extirpación de su aparato reproductivo. No era bella ni muy bella, ni fea ni muy fea, estaba en el término medio. Era lo que no es propiamente bello ni feo, pero su vida se había convertido en una desgracia. Vivía en Los Ángeles desde mayo de 1979; cada día se había vuelto más antisandinista, pero no menos fea o más bella. Las cuatro cirugías plásticas fueron nulas contra un rostro predeterminado antes que sus padres se dieran un chapuzón, o se casaran, incluso antes que se conocieran. Los cirujanos demandados alegaron imposibilidad congénita del material reestructurado. Un gran jurado los absolvió; es más, María Eugenia se arrepintió de la acusación temeraria. En su vida, la belleza exacta era un teorema sin demostración posible. Una búsqueda fútil. Su carta final atribuía al sandinismo --específicamente, al neo-sandinismo-- las risibles facciones de su rostro. Su belleza o su fealdad o su término medio --según lo consignó-- habían crecido en proporción geométrica a la referida tendencia política. Su misa de aniversario la celebraron en San Jerónimo, Masaya. Las razones, realmente, la razón por la cual María Eugenia quiso que la enterraran en Masaya y que toda liturgia vinculada con ella se efectuara en aquella iglecita según la carta que te mencioné-- radicaba en la esperanza que el Santo Doctor le concediera en el tránsito a la otra vida un rostro con el cual presentarse ante el Creador sin melindres de ninguna ralea. Claro, el resto de la historia es materia de ultratumba y nadie puede decir si San Jerónimo tuvo más éxito que los cuatro cirujanos de Dallas. “Que el Señor la tenga en su Santo Reino”, terminaba diciendo el obituario sin foto que omití por pereza; pero sí te agrego un detalle curioso: su perro, un Pastor belga, fue entregado al cuido del capellán en cumplimiento de aquella eterna y fracasada voluntad aquí en la tierra.
―Considerada la señora, me dijo Silvia Helena. Era ya casi el alba; callé discretamente y me echó la pierna.

20, 07, 06