Nuevo Amanecer

Bibliotecas: centros de conspiración contra el subdesarrollo


Bibliotecólogo
jcampbellj@yahoo.com

Hace aproximadamente tres años me tocó facilitar varios talleres sobre la organización de bibliotecas comunitarias para poblaciones urbanas y rurales que la institución donde laboraba promueve como forma de empoderar a la población, según la filosofía de su fundadora. La audiencia era variada. Adolescentes recién salidos de la primaria, y algunos jóvenes a punto de salir de la secundaria. En ella se encontraban también varios técnicos y/o funcionarios o asalariados de otras instituciones, incluyendo profesoras de primaria y secundaria. Todas y todos protagonistas de la vida agitada del Distrito VI de Managua y del municipio de San Francisco Libre. Este último tan cerca y tan largo del desarrollo de la “metrópoli”.
Explicar la importancia de la biblioteca ante una audiencia tan dispar se convirtió en un gran reto para mí. ¿Cómo explicar el rol de una institución que, aunque en forma inconsciente, es menospreciada por el imaginario colectivo de la población? En el país de ríos, lagos, volcanes y también de poetas y escritores, la biblioteca no tiene valor, aparentemente. ¿Cómo explicar que sin la biblioteca, la enseñanza formal no tendría futuro? ¿Cómo explicar que la biblioteca no es sólo acomodar libros? ¿Con qué elementos podría compararla para hacer de la explicación un argumento comprensible?
Se me ocurrió un término propio de los políticos cuando buscan en los demás las causas de sus propios males, de sus defectos, de sus errores de apreciación y cálculo. Se me vino a la mente el temor que sienten estos personajes cuando en tiempo de crisis, ante la presencia de más de dos personas reunidas, fácilmente salta la acusación: conspiración. Se acusa a la población de conspirar. Cuando los políticos y los que ejercen el poder sienten que están perdiendo el control, el status quo, se recurre a buscar culpables en otros y no en el sistema que representan. Y por qué no, me dije, la biblioteca es el lugar ideal para conspirar. En ella concurren no dos, sino varios miembros de una comunidad específica. Por ahí enfocaría el tema. Y me dispuse a preparar la charla.
Entonces la biblioteca, pensé --y fue el hilo conductor de mis charlas sobre la importancia de la misma-- tiene la misión de promover la conspiración de la población contra el subdesarrollo. En otras palabras --continuaba explicando-- la biblioteca debe promover que se junten no dos, ni tres personas, sino toda la población alrededor de un eje: el desarrollo comunitario. El desarrollo del barrio. En tal caso --continuaba-- no hay mejor ejemplo de comparación y afirmaba que la biblioteca pública, la biblioteca comunitaria, la biblioteca del barrio y también la de la escuela deben ser consideradas centros de conspiración contra el subdesarrollo.
Y ésta es la misión --proseguía-- y para cumplirla debe de asumir una serie de funciones y acciones que la evidencien, que la pongan al descubierto. Sus funciones entonces las separé en dos grupos para auxiliarme en la explicación. Y mencioné las funciones bibliotecológicas propiamente dichas, y las funciones culturales, y sociales. Éstas asumidas por compromiso. Función por antonomasia.

Funciones bibliotecológicas
En principio --discurría ante una audiencia perpleja-- la biblioteca cumple con la función de poner al alcance de la población aquellos libros que ella no puede adquirir por sus propios medios. Y lo hace (debe hacer) de forma tal que cuando la persona llega a pedirlo la biblioteca se lo facilite en forma rápida y precisa. Dos premisas fundamentales que denotan la eficacia y eficiencia de su quehacer. Y ésta es su principal función bibliotecológica. De ahí se derivan dos grandes acciones: la primera es que la biblioteca --le decía a mi audiencia-- tiene que saber con quiénes se relaciona, a quiénes va a servir, para poderlo hacer bien. De hecho la biblioteca es como el comercio, que sólo vende productos que le interesan a la clientela o que ésta está en capacidad de pagar. ¿Y cómo el comerciante --perdón, el bibliotecario-- conoce los intereses de la población si no es mediante un proceso conspirativo?
La segunda acción es la aplicación de técnicas de organización de libros y de información de las que más adelante me ocuparía, pero que en ese momento la continuaba comparando con el comercio. Y preguntaba a mi audiencia si sabía cómo estaban organizados los productos en el supermercado? Y de las respuestas que obtenía iba poco a poco construyendo un esquema de clasificación para los --hasta ese momento-- imaginarios libros en la también imaginaria biblioteca. Hasta aquí, les decía, la principal función bibliotecológica.

Funciones sociales/culturales derivadas de las anteriores
Pero faltaba la mejor parte de mi elucubrada inspiración. Y es que en el desarrollo de las charlas, cuando ya tenía la plena atención de mi audiencia sobre esta misión, resultaba más fácil extraer con ella una serie de ejemplos de acciones que justificaran mi tesis de conspirador advenedizo. Es la biblioteca un lugar de aprendizaje, preguntaba, y la respuesta era un rotundo sí. Entonces, decía, acuso a quienes están ahí de conspirar contra el analfabetismo, contra la baja calidad de la enseñanza, de fomentar el hábito de lectura entre la población, de permitir que a través de la palabra escrita la imaginación muestre el camino de un futuro prometedor para las y los niños, adolescentes y jóvenes. De ayudar a las tareas que dejan en la escuela. De favorecer el aprendizaje y el autoaprendizaje, como lo fue para Rubén Darío y para Carlos Fonseca. Indudablememente, verdaderos conspiradores contra el subdesarrollo, contra el injerencismo, contra la ignorancia, contra la opresión. Formados, según las crónicas, en bibliotecas.
Pero --repetía más para mis adentros-- la biblioteca comunitaria debería ir más allá. Y volví a preguntar si la biblioteca comunitaria podía ser considerada un centro cultural, o un centro de recreación, o ambas, y no sólo un centro de estudio. Quizás mis alumnas (y pocos alumnos) en la universidad hubieran pensado más antes de responder. El raciocinio académico hubiera prevalecido en ellas y ellos. La espontaneidad estaba a flor de piel en una audiencia que de la biblioteca sólo tenía la imagen de ser una bodega, o como se enseña en la escuela a partir de la raíz etimológica griega del término: Biblion= libro, y théké= caja. Un depósito de libros, nada más. La respuesta fue un rotundo sí también y llovieron ejemplos: “Se puede crear un grupo de danza”, “se puede organizar una competencia de ajedrez”, o “un concurso de pintura”, o... había más ejemplos en la sala. Me sentí pleno. La biblioteca convertida en el centro conspirador contra la delincuencia, contra la vagancia, contra la drogadicción. Promoviendo la recreación sana, ayudando a padres, madres y hermanos a tener una vida más plena o menos llena de problemas.
Sin embargo, en mi tesis todavía estaba incompleto el cuadro. Lancé las preguntas finales: ¿cómo la biblioteca termina ayudando al desarrollo de la comunidad?, ¿cómo termina convirtiéndose en un centro conspirador contra el subdesarrollo? Y si bien las respuestas no calzaban en mis preconcebidas ideas, tampoco estaban fuera de la mira de este variado grupo.
La biblioteca no consigue trabajo para el padre o la madre de familia. No instala fábricas, ni comercios, como me sugerían algunos. Pero la biblioteca, a partir de ese conocimiento necesario de la población para poder facilitarle libros que le ayuden, debería de promover la formación de grupos determinados, que a partir de la lectura o el estudio de temas específicos (impacto de las drogas en la niñez y la adolescencia, la violencia de género e intrafamiliar con mujeres, formación de microempresas y/o crédito alternativo para hombres y mujeres, economía de patio o la alcancía de la familia, sólo por señalar ejemplos que mencioné en dichos talleres) se consoliden como grupos buscando en algunos el cambio de actitud y comportamiento ante la vida, y en otros, alternativas de trabajo para el sustento familiar, que obviamente pasa por el primer aprendizaje señalado, que es el cambio de actitud ante la vida.
El cumplimiento de una función por sí sola ayuda. Pero es la combinación de todas ellas, la que facilitará el camino del cambio en la comunidad. Indiscutiblemente, entran en juego como factores determinantes el conocimiento y la actitud de la persona a cargo de la biblioteca y la forma como estimulará la participación de la comunidad.
Ésa es la biblioteca que anhelo para Nicaragua en un futuro próximo. Es la que voy dejando en la imaginación de cuantas personas puedo en cuantos lugares me toca visitar. Ese nuevo bibliotecario y bibliotecaria debería de estarse forjando.